El pasillo estaba casi vacío.
La mayoría de los estudiantes ya había entrado a sus siguientes clases mientras Allan y Alicia caminaban lentamente hacia el área de tutoría.
O al menos… ese era el plan.
Allan llevaba las manos en los bolsillos, todavía algo frustrado.
—No entiendo cómo terminé castigado por una ventana.
Alicia caminaba a su lado con absoluta calma.
—Porque aquí existen reglas tontas.
—Eso ya lo noté.
Ella lo observó unos segundos.
Luego sonrió apenas.
—¿Quieres un consejo?
Allan levantó una ceja.
—Depende.
—No vayas a tutoría.
Allan casi se ríe.
—¿Y qué hago entonces? ¿Desaparezco?
—Más o menos.
Ella cambió de dirección en el pasillo, alejándose de las oficinas.
Allan dudó unos segundos antes de seguirla.
—Espera… ¿hablas en serio?
—Muy en serio.
Subieron unas escaleras antiguas que Allan no había visto antes. Esa parte del colegio estaba mucho más silenciosa. Las paredes tenían marcas viejas, algunos murales despintados y ventanas enormes cubiertas de polvo.
—¿A dónde vamos?
—Al único lugar donde los profesores casi nunca suben.
Llegaron al último piso del edificio antiguo.
Había una puerta metálica al final del corredor con un letrero desgastado:
“Aula 3-B”
Parecía abandonada.
Allan frunció el ceño.
—Está cerrada.
—Obviamente.
Alicia dejó su mochila en el suelo y se acercó a una de las ventanas laterales del pasillo,
La abrió un poco y metió la mano hacia adentro.
—¿Qué haces? —preguntó Allan.
—Mira y aprende.
Desde dentro, Alicia movió algo cerca de la puerta.
Un pequeño sonido metálico se escuchó.
Click.
La puerta se abrió lentamente.
Allan parpadeó confundido.
—¿Había una llave ahí dentro?
Alicia sonrió apenas.
—No exactamente. La ventana conecta justo con el pestillo.
Entró primero al aula.
—Todos aquí saben abrirla así.
Allan soltó una pequeña risa mientras la seguía.
—Eso significa que esta puerta realmente nunca está cerrada.
—Exacto. El colegio todavía cree que sí.
La puerta se abrió.
Allan la miró sorprendido.
—Eso fue demasiado fácil.
—La cerradura lleva rota años.
Empujó la puerta lentamente.
El aula estaba oscura, iluminada apenas por la luz que entraba desde las ventanas cubiertas de polvo. Había pupitres viejos, grafitis en las paredes y un ventilador que claramente había dejado de funcionar hacía décadas.
Pero lo más extraño…
Era que no estaba vacía.
Había varios estudiantes dentro.
Uno dormía sobre dos pupitres juntos.
Otro dibujaba algo enorme en la pared con marcador negro.
Dos chicos jugaban cartas al fondo.
Y alguien había conectado una pequeña bocina desde donde sonaba música baja.
Todos levantaron la mirada cuando Alicia entró.
—Miren quién apareció —dijo uno de los chicos.
—Y trajo compañía —añadió otro.
Allan se quedó quieto observando todo.
Aquello no parecía parte del colegio.
Parecía otro mundo escondido dentro del Jacinta.
Alicia dejó su mochila sobre una mesa.
—Relájense. Es nuevo.
Mateo apareció sentado encima de un escritorio cerca de la ventana.
—Sabía que terminarías aquí tarde o temprano.
Allan lo señaló inmediatamente.
—¿Tú también vienes aquí?
Mateo sonrió.
—Hermano… todos los interesantes terminan aquí.
Una chica desde el fondo levantó una bolsa de papitas.
—Bienvenido al Aula 3-B.
—¿Qué es este lugar exactamente? —preguntó Allan.
Hubo un pequeño silencio divertido entre todos.
Finalmente Alicia respondió:
—Un lugar donde el colegio deja de fingir.
Allan caminó lentamente observando el aula.
Había nombres escritos en las paredes.
Frases.
Fechas.
Secretos.
Incluso una esquina llena de fotos viejas de estudiantes.
Era como si generaciones enteras hubieran pasado por allí escondiéndose del resto del mundo.
Entonces notó algo escrito enorme sobre la pared del fondo:
“Todo empieza aquí.”
Y por alguna razón…
Sintió un pequeño escalofrío.
Mientras el resto hablaba y reía en el Aula 3-B, Alicia caminó hacia el fondo del salón.
—Ven.
Allan dudó un segundo antes de seguirla.
Al final del aula había un enorme librero viejo colocado de lado, como si alguien hubiera querido dividir el espacio. Detrás colgaban unas cortinas oscuras sujetadas con cinta adhesiva y ganchos improvisados.
Parecía un escondite dentro del escondite.
Alicia apartó una de las cortinas y entró.
Allan la siguió con curiosidad.
Detrás había una especie de pequeña zona privada. Un sofá viejo, algunas almohadas, una lámpara pequeña conectada con extensiones, revistas, dibujos pegados en la pared y hasta un ventilador portátil.
—¿Qué es este lugar? —preguntó Allan.
—Mi rincón.
Alicia dejó caer su mochila en una esquina y se sentó cómodamente en el sofá.
—Aquí nadie molesta.
El calor dentro del aula era sofocante. Alicia se quitó la sudadera gris que llevaba encima, quedándose con una camiseta corta negra de tirantes.
Allan apartó la mirada por instinto… pero algo llamó su atención.
En uno de sus hombros había una pequeña marca de quemadura que bajaba ligeramente hacia la clavícula.
No se veía desagradable.
Al contrario.
La forma irregular de la marca parecía casi una pintura sobre su piel.
Allan la observó unos segundos más de lo normal.
Alicia lo notó enseguida.
—¿Qué pasa?
Allan reaccionó rápido.
—Nada. Solo…
Se señaló el hombro con torpeza.
—Eso.
Ella bajó la mirada hacia la marca.
Por primera vez desde que la conocía, su expresión perdió un poco de ironía.
—Es vieja.