Capítulo 6 — La casa bajo la lluvia
Cuando Allan salió detrás de las cortinas del Aula 3-B, todavía sentía el corazón acelerado.
La llamada de su padre seguía resonando en su cabeza.
Y peor aún…
La cercanía con Alicia seguía dándole vueltas en la mente.
El ambiente afuera parecía más oscuro que antes. Las nubes habían cubierto completamente el cielo y el viento comenzaba a entrar por las ventanas abiertas del pasillo.
—Creo que ahora sí estás metido en problemas —dijo Mateo desde uno de los pupitres.
—Gracias por el apoyo emocional —respondió Allan.
Mateo iba a contestar algo, pero una voz fuerte interrumpió todo desde el corredor.
—¡Hey!
Todos giraron la cabeza.
Era Héctor.
Pero algo estaba mal.
Muy mal.
Entró tambaleándose ligeramente, respirando rápido, con el cabello húmedo pegado a la frente como si acabara de correr bajo la lluvia.
Sus manos temblaban.
Y sus ojos…
Parecían completamente perdidos.
—Héctor —dijo Alicia levantándose de inmediato—. ¿Qué pasó?
Él intentó responder, pero apenas podía respirar bien.
—No… no puedo…
Se apoyó contra una mesa con fuerza.
Allan lo observó confundido.
El chico que parecía invencible en la cancha ahora apenas podía mantenerse en pie.
—Ey, tranquilo —dijo Allan acercándose—. Respira.
Pero Héctor negó rápidamente.
—No puedo ir a mi casa.
Su voz salió rota.
—No hoy.
Hubo un silencio extraño en el aula.
Mateo intercambió una mirada seria con Alicia.
—¿Tu papá otra vez? —preguntó ella.
Héctor cerró los ojos con fuerza.
—Me llamó el entrenador… dijo que bajé notas… mi padre se enteró…
Se pasó una mano temblorosa por el rostro.
—Va a matarme.
Allan sintió un nudo incómodo en el pecho.
Héctor parecía estar al borde de un colapso.
Entonces notó algo más.
Sus pupilas estaban extrañas.
Demasiado dilatadas.
Y había un leve olor raro mezclado con el agua de lluvia.
Alicia también lo notó.
—¿Qué te metiste? —preguntó seriamente.
Héctor desvió la mirada.
Eso fue suficiente respuesta.
—Mierda… —murmuró Mateo.
Héctor volvió a mirar a Allan de repente.
Directamente a él.
Como si en medio de toda su desesperación solo pudiera enfocarse en una persona.
—Ayúdame.
Allan parpadeó confundido.
—¿Yo?
—Por favor.
Su voz salió casi quebrada.
—Llévame a la casa de mi abuela.
Alicia frunció el ceño.
—Héctor, eso queda lejos.
—No puedo ir a mi casa —repitió él—. No puedo verlo así.
La lluvia comenzó a golpear fuerte las ventanas del aula.
Como si el cielo acabara de romperse.
Veinte minutos después, Allan ya no entendía cómo había terminado caminando bajo una tormenta junto a Héctor.
Alicia les había prestado una chaqueta vieja antes de irse.
Mateo solo había dicho:
"No lo dejes solo."
La casa de la abuela de Héctor quedaba en una zona antigua del barrio, alejada del ruido principal de la ciudad.
Cuando finalmente llegaron, ambos estaban completamente empapados.
La casa parecía abandonada desde afuera.
Pequeña.
Vieja.
Con un jardín descuidado y una luz amarilla encendida en el porche.
Héctor sacó una llave temblando.
Entraron.
El lugar olía a madera vieja, café y lluvia.
Todo estaba oscuro excepto una pequeña lámpara junto a un sofá antiguo.
Héctor dejó caer la mochila al suelo y se apoyó contra la pared respirando agitado.
Allan comenzó a preocuparse de verdad.
—Oye… ¿estás bien?
Héctor soltó una risa nerviosa.
—No.
Luego comenzó a caminar torpemente por la sala.
—Siento que todo se mueve.
La lluvia golpeaba las ventanas con fuerza.
El ambiente se volvió extraño.
Demasiado silencioso.
Demasiado cercano.
Héctor se quitó la sudadera mojada de golpe, dejándola caer al piso.
Su camiseta estaba completamente pegada al cuerpo por el agua.
Allan apartó la mirada un segundo.
Pero Héctor seguía observándolo fijamente.
Como si intentara reconocerlo.
Como si estuviera viendo a alguien más.
—Te pareces a él… —murmuró.
—¿A quién?
Héctor no respondió.
Solo se acercó lentamente.
Demasiado.
Allan podía notar el temblor en sus manos y la confusión en sus ojos.
La sustancia que había consumido claramente estaba afectándolo.
—Héctor, creo que deberías sentarte.
Pero él soltó una pequeña risa perdida.
—¿Sabes qué es lo peor?
Allan tragó saliva.
—¿Qué?
—Que cuando alguien te mira esperando perfección…
Se acercó un poco más.
—Empiezas a romperte por dentro.
El aire parecía pesado.
La lluvia seguía cayendo violentamente afuera.
Héctor levantó una mano lentamente y sostuvo apenas el borde de la camisa mojada de Allan.
No de forma agresiva.
Más bien…
Como alguien intentando no derrumbarse.
Allan sintió el corazón acelerarse violentamente.
Había algo vulnerable y peligroso al mismo tiempo en aquel momento.
Algo que no sabía cómo manejar.
Entonces Héctor cerró los ojos con fuerza y apoyó la frente contra su hombro.
Y fue ahí cuando Allan entendió algo.
Héctor no estaba actuando extraño por deseo.
Estaba completamente roto.
Héctor respiraba de manera inestable, todavía apoyado contra él mientras la lluvia golpeaba con fuerza las ventanas de la vieja casa.
Allan podía sentir el calor de su cuerpo incluso a través de la ropa mojada.
Y eso lo estaba poniendo extrañamente nervioso.
No sabía si era la cercanía.
La tensión.
O simplemente la intensidad del momento.
—Héctor… deberías sentarte —dijo otra vez, más suave.
Pero Héctor apenas negó con la cabeza.