cuando cupido te odia

La señora Feith

 

Sin duda el ganar los papeles estelares había sacado a relucir algunos envidiosos que

no les quedó de otra que esforzarse en la próxima oportunidad, los ensayos eran

exhaustivos y demandantes, tenían que memorizar todos los diálogos y no solo eso,

esforzarse en interpretar el amor, la pasión y cada emoción como si en realidad lo

supieran como si de verdad se amaran, pero la conexión era algo que aún no podían

conseguir.

—Muchachos ¿enserio vamos a seguir con lo mismo? Ya les dije que deben esforzarse

más, háganse amigos de perdida, salgan a tomar un café juntos o al parque que sé yo,

hagan algo para que se vea el clic entre ustedes, que la gente crea que realmente

están enamorados.

Isabela y Liam desviaron la mirada cansados, ni siquiera se caían bien, esto se volvía

cada vez más fastidioso para ellos.

—Váyanse a casa, disfruten su fin de semana y tomen enserio mis palabras, no echen

a perder esta oportunidad. —les dijo su profesor mientras recogía sus cosas.

Liam tomó su mochila y dio un salto del escenario y antes de cruzar la puerta Isabela le

gritó casi en contra de su voluntad.

—¡Oye! Hagamos le caso, tratemos de llevarnos bien, al menos hasta que termine todo

esto, después no tendremos que vernos las caras.

—¿Y cómo se supone que voy a soportar la escena del beso sin vomitar? —le exclamó

Liam sin siquiera mirarla y siguió su camino dejando a Isabela roja de enojo.

—Imbécil… como si yo quisiera tenerte encima. —refunfuñó indignada.

Isabela se dirigió camino a su casa, pero antes de llegar se desvió aun centro

comercial de renombre, un lugar donde solo compraban las personas adineradas, por

muchos meses había ahorrado para comprar una nueva urna donde pudiera poner la

parte de las cenizas de Dany, sin que su madre supiera tomó un poco para conservarlo

cerca de ella, pero no juntaba el suficiente presupuesto para conseguirla hasta que por

fin lo hizo.

Desde que entró a ese sitio se sintió intimidada, fuera de lugar, las mujeres y los

hombres lucían ropa costosa, a comparación de ella que llevaba un conjunto gris

sencillo.

—Qué lugar más presuntuoso, igual compraré lo que necesito y me iré de aquí.

Isabela entró a la tienda y por suerte la urna de porcelana aún estaba en la exhibición,

pero su cara se puso pálida al ver que ya no tenía la etiqueta de rebaja.

—¿La podemos ayudar en algo señorita? —preguntó la asistente con una mortal

propiedad.

 

—Eh…sí… ¿No tenían esta urna en oferta? —preguntó con nerviosismo.

—Eso fue hace meses, ahora ese es su precio oficial, es una pieza de buena calidad,

no tendrá rebaja en un futuro.

Isabela se quedó pensativa, su expresión de preocupación se hizo evidente, pero no

podía seguir teniendo las cenizas de su hermano en una corriente caja de madera.

—¿La va a llevar o no? —le preguntó la mujer con prepotencia.

—¿Me da un segundo por favor?

—Está bien.

Isabela rebuscó con desesperación en su bolso, tenía el dinero que le quedaba para la

comida de la semana y para su transporte y decidió usarlo sin pensar.

—¿La va a llevar o no? Tengo a otros clientes esperando.

—Sí, lo haré, me la llevaré.

—Espere un momento, enseguida le entrego.

La mujer miró con desagrado las monedas y los billetes arrugados de Isabela

haciéndola sentir incomoda.

—Aquí tiene.

Isabela salió de ahí sin agradecerle, se sentía avergonzada de que los otros clientes la

vieran de esa forma.

—Malditos clasistas, ¿Qué serian sin su dinero? Un montón de mal educados sin

valores.

Mientras Isabela caminaba, se detuvo a observar una tienda de ropa donde vendían

vestidos hermosos, no pudo evitar fantasear un rato y se quedó mirando la vitrina como

una niña ve un dulce.

—¿Es todo lo que va a llevar? —le pregunto la señorita a la bella mujer rubia que tenia

a su costado una montaña de ropa.

—Sí, esta temporada los vestidos les quedaron preciosos.

—Seguro que usted los lucirá mejor que cualquiera señora Faith.

—Que amable eres jaja, también llevaré los zapatos de allá.

Mientras la señora Faith salía de la tienda vio a Isabela que sonreía mirando los

vestidos y le causó mucha ternura.

—¿Se lucieron esta temporada no crees? —le pregunto sonriéndole con amabilidad.

—¿perdón?

 

—Los vestidos ¿te gusta alguno?

—Ah, solo estaba viendo, en realidad ya me iba.

—¿Cuál te gusta de todos esos?

—El blanco con flores, ese me parece lindo.

La señora Feith la miró con cuidado, de pies a cabeza y se dio cuenta que era humilde.

—¿Te puedo pedir un favor? Señorita….

—Isabela, Isabela Adams. —expresó casi titubeando.

—Isabela, que bonito nombre ¿podrías hacerme un favor?

—Eh… ¿Qué puedo hacer por usted?

—Tengo una amiga ala que le quiero regalar exactamente ese vestido y resulta que es

muy bonita ¿podrías medírtelo por ella? Es un regalo sorpresa.

—¿Yo? Pero…

—No te preocupes así el vestido le quedara perfecto.

—Ok… está bien. —Isabela no pudo negarse ante la señora Feith tenía algo mágico,

transmitía confianza y bondad.

Isabela se midió el vestido, sus ojos brillaban al verse con él, mientras ella estaba en el

vestidor la señora Feith sostenía la urna y más con pación le dio.

—Me llevare ese vestido también. —dijo la señora Feith con una sonrisa, ella le pidió a

Isabela que esperara en la puerta en lo que envolvían el vestido.

—Listo, ya lo compré.

—Me alegra que haya podido serle de utilidad, pasaré a retirarme.




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