Cuando decidas buscarme

CARTAS OCULTAS

Gael vivía en su pueblo natal como siempre: entre el rumor del viento en los pastizales, el sudor del trabajo bajo el sol inclemente y el cuidado constante de los animales. Esa era su rutina, su refugio, su forma de sobrevivir a todo lo que la vida le había arrebatado.

Aquella tarde, tras terminar las labores del día, se dirigió a la tienda que con tanto esfuerzo había levantado junto a su hermana. El pueblo estaba casi desierto; la mayoría de los habitantes se encontraban en la casa barrial, celebrando el agasajo navideño.

Iba a abrir la puerta cuando una voz quebrada lo detuvo.

Era Martina.

Reconoció de inmediato el tono ahogado, el sollozo contenido. ¿Por qué estaba llorando? ¿Y de qué hablaba con tanto pesar? Se asomó discretamente.

Martina estaba acompañada por su sobrina, Alejandra.

—Ella jamás lo iba a hacer feliz —decía Martina, limpiándose las lágrimas—. Era una mujer floja. Eso no le convenía a él.

Alejandra, que era algunos años menor, la miró con fastidio.

—Ya no deberías seguir pensando en eso. Esa chica se fue hace cuatro años. Y si alguna vez estuvieron enamorados… ya debe estar más que superado, ¿no?

Martina negó con la cabeza, temblorosa.

—Es hora de que le digas a mi tío lo que sientes, —insistió Alejandra—. No creo que él sea indiferente contigo.

Gael sintió un vuelco en el estómago.

¿Martina?

¿Enamorada de él?

Toda la vida habían sido como hermanos. Por eso la contrató. Por eso confiaba en ella. Jamás se le había ocurrido verla de otro modo.

—¿Y qué hago con esto…? —continuó Martina con voz temblorosa—. Esa mujer le dejaba cartas… regalos hechos a mano… mira.

Sacó una bolsa de tela. Alejandra frunció el ceño.

—Debiste quemarlas desde el principio. O decirle a esa Leila que Gael no quería saber nada de ella. Hubiera dejado de molestar.

—Yo… —Martina bajó la mirada—. La curiosidad me ganó. Quería leerlas, saber qué decía…Sabía que nunca se las iba a entregar a Gael, pero necesitaba saber cuánto insistió ella. Hasta dónde llegó.

Gael sintió que el aire se volvía espeso.

El corazón le golpeaba el pecho como si quisiera escapar.

Leila.

Las cartas.

Las señales que él esperó.

Los años que creyó que ella lo había olvidado.

La ira lo consumió de golpe.

Entró a la tienda sin pensarlo más.

—¡Entrégame eso ahora mismo! —rugió.

Alejandra dio un salto.

—Tío… ¿qué haces aquí? ¿Nos estabas escuchando?

—Cállate, Alejandra —su voz era dura, irreconocible—. Hablo contigo después.

—Martina… dame todo lo que Leila dejó. Ahora mismo.

O puedes despedirte de tu trabajo.

Martina abrió los ojos con horror.

—Gael… yo solo…

—¿Cómo pudiste!? —su voz se quebró, pero no de debilidad sino de furia—. ¡Tú eras mi amiga! ¡Mi hermana de toda la vida!

Te conté cuánto me dolió perderla… cuánto esperé que me buscara, ¡cuánto quise perdonarla!

Me viste desesperado, casi llorando… ¡y aun así no te importó!

Martina también estalló.

—¡No te lo dije porque te quiero!

Si estuviste escuchando, entonces ya lo sabes… te amo, Gael.

Y sí… oculté esas cartas porque quería protegerte. Esa mujer no te merecía.

Mírame a mí.

Soy tranquila, soy estable, te respeto… somos de la misma fe… ¡¿no ves que todo nos une?!

Gael retrocedió como si sus palabras fueran un golpe.

—Martina… —su voz salió helada—.

No sé qué versión te contaste para justificar lo que hiciste, pero esto… esto es una traición.

Ella intentó acercarse, pero él la apartó.

Sin una palabra más, le arrebató la bolsa de tela, tomó también las cartas que alcanzó a ver sobre la vitrina y salió de la tienda con pasos rápidos, conteniendo la tormenta que le rugía por dentro.

Nada volvió a ser igual en ese instante.

Y por primera vez en años, sintió que el destino le estaba devolviendo un pedazo de su historia…uno que alguien había decidido ocultarle.

Gael caminó sin rumbo durante varios minutos, con la bolsa apretada contra el pecho como si fuera un animal herido.

No sentía el viento frío.

No escuchaba los villancicos a lo lejos.

No registraba las luces navideñas que encendían el pueblo.

Solo escuchaba el eco de la misma frase retumbando en su cabeza:

“Me moría por ella.”

Y él lo había dicho.

Y Martina lo había sabido.

Y aun así lo traicionó.

Llegó hasta el establo, el único lugar donde sabía que nadie lo interrumpiría.

El olor a heno y tierra húmeda lo envolvió como un viejo abrazo.

Ahí, bajo la tenue luz de la lámpara, abrió la bolsa.

Las cartas estaban atadas con un cordón rojo.

Había de todos los tamaños: algunas en papel sencillo, otras decoradas con flores secas, ramos de flores diminutos hechos de papel, cajas incluso con dulces, sus favoritos…

Y arriba de todas, una que reconoció al instante.

Su letra.

Su nombre.

Gael.

La sostuvo entre sus manos por un largo minuto antes de abrirla.

Cuando lo hizo, fue como abrir una herida vieja.

La primera carta tenía el borde ligeramente doblado, como si Leila la hubiera sostenido demasiado tiempo entre los dedos antes de entregarla. Gael la abrió con cuidado.

El papel aún conservaba ese aroma tenue a flores secas que ella siempre usaba para perfumar sus cajones.

Querido Gael:

Entiendo muy bien tu enojo.

Sé que lo que hice no estuvo bien…

Fue una locura y una falta de madurez de mi parte.

A veces me dejo llevar por mis compañeros,

incluso cuando sé que eso va a terminar mal.

Lo hago igual, sin pensar.

Pero quiero que entiendas algo:

esto no lo hice para herirte.

No lo busqué.

Simplemente… se me fue de las manos.

Solo quiero que sepas que te extraño.



#5409 en Novela romántica

En el texto hay: historia amor, romance

Editado: 17.07.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.