Cuando decidas buscarme

EL VIAJE

Gael, Metió sus documentos, la tarjeta, algo de efectivo… y, con un cuidado casi reverente, guardó el paquete de cartas dentro de su chaqueta.

Volvió a subir a la moto y se fue sin mirar atrás.

Había tomado una decisión: ir a buscarla.

Quizá era demasiado tarde.

Quizá Leila ya había rehecho su vida.

Quizá había olvidado completamente ese amor adolescente que él llevaba clavado en el alma como una espina que nunca sanó.

Solo imaginarla tomada de la mano de otro…

O, peor, casada…

El corazón le dio un vuelco doloroso, como si un alfiler se le incrustara directo en el pecho, robándole el aliento.

Pero quedarse con la duda era todavía más insoportable.

Al llegar al pueblo, dejó la moto guardada sin hablar con nadie. Caminó hacia la terminal sin ver los saludos, sin escuchar los comentarios.

Justo a tiempo, vio llegar el autobús. Subió. Pagó. Buscó un asiento vacío junto a la ventana.

Se sentó, apoyó la cabeza en el vidrio frío… y por primera vez en años, sintió verdadero pánico.

El motor arrancó y el paisaje comenzó a retroceder, lento al principio, luego más rápido.

Gael abrió el paquete de cartas con un suspiro quebrado. Sacó otra. El sobre estaba doblado, arrugado, como si hubiera sido manipulado mil veces por manos ajenas a las que jamás debieron tocarla.

La abrió.

Querido Gael:

A veces siento que soy muy poca cosa para usted.

Usted es responsable, trabajador, respetado…

Y yo apenas estoy aprendiendo quién soy.

Sé que le fallé, y que quizá no lo merezco,

pero aun así pienso en usted cada noche.

No sé si algún día podré hacerlo orgulloso,

pero quiero intentarlo.

No por obligación,

sino porque lo quiero.

Leila.

Gael apretó los labios.

Sintió un ardor en los ojos.

Tuvo que respirar hondo para no soltar un gemido ahogado ahí mismo.

Ella sí había dicho lo que él siempre quiso escuchar.

Lo había dicho, escrito, rogado…

Y él jamás lo supo.

Miró por la ventana. El cielo empezaba a tornarse gris, como si fuera a llover, o como si el día reflejara exactamente cómo se sentía él por dentro.

Y entonces llegaron los pensamientos que le perforaron el pecho:

¿Y si ya no siente nada por mí?

¿Y si ahora me odia por haberla ignorado?

¿Y si se casó…?

¿Y si tiene hijos…? ¿Y si es feliz sin mí?

¿Y si soy un intruso regresando a una historia ya terminada…?

Un vacío helado le recorrió el estómago.

Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, las manos entrelazadas en la nuca.

—Dios mío… por favor —susurró, sin darse cuenta de que lo hacía en voz alta—. Que no sea demasiado tarde…

El autobús avanzaba por la carretera, kilómetros y kilómetros alejándolo de su vida de siempre y acercándolo, quizá, a una verdad que podría romperlo o salvarlo.

Él no sabía cuál.

Pero siguió leyendo, porque ya no había vuelta atrás.

Gael pasó los dedos por los sobres restantes, había poemas de amor, de separación, de melancolía, cartas en las que solo escribía un gran TE AMO con corazones pintados a su al redor, otros decían TE EXTRAÑO, BUSCAME. Cada uno parecía pesar más que el anterior, como si cargaran años de palabras que él nunca escuchó.

Tomó uno más. Era pequeño, sin dibujos, sin adornos. Solo su nombre escrito con una caligrafía temblorosa.

El borde del papel estaba ligeramente húmedo, como si alguna vez hubiera sido tocado por lágrimas.

La abrió con cuidado.

Dentro había una carta más larga que todas las anteriores, pero escrita con una honestidad cruda que lo desarmó desde la primera línea.

Querido Gael:

Hoy es mi último día aquí.

Mi trabajo terminó, mis maletas están listas y el autobús sale en unas horas.

He esperado… he esperado hasta el último minuto,

esperando ver aunque sea su sombra a lo lejos,

que aparezca en la esquina, que me diga algo… lo que sea.

Una señal que me permita quedarme con un poco de esperanza.

No quiero irme.

No quiero alejarme de usted.

No quiero que el único lugar donde pueda verlo sea en mi memoria.

Si me voy, no sé cuándo podré regresar.

Tal vez nunca.

Y eso me duele más de lo que puedo poner en papel.

Por favor, Gael…

Respóndame.

Dígame algo.

Una palabra.

Una frase.

Aunque sea para decirme que ya no quiere saber de mí,

aunque sea para que pueda irme con el corazón roto,

pero no con esta incertidumbre que me está consumiendo viva.

No se imagina lo que siento al pensar

que mañana ya no podré verlo pasar frente a la tienda,

que ya no escucharé su voz saludando a alguien más,

que no podré cruzar la calle y fingir casualidad solo para verlo de cerca.

No quiero irme sin escucharlo una última vez.

Sin verlo, aunque sea un instante.

Sin saber qué piensa… qué siente…

o si todavía existo para usted.

Si aún le importa un poco,

si aún queda algo de lo que alguna vez fuimos,

por favor…

dígame que vaya, o dígame que me quede.

Pero dígamelo.

No sé si me está ignorando, si está molesto,

o si simplemente no le importo ya.

Solo sé que me voy sin saber nada

y ese vacío… me está destrozando.

Gael…

Si de verdad ya no siente nada por mí,

siempre podrá olvidarme.



#5409 en Novela romántica

En el texto hay: historia amor, romance

Editado: 17.07.2026

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