Al empezar a caminar, tomó un respiro profundo.
Se detuvo frente a aquel edificio y miró a su alrededor. Eran casi las cinco de la tarde; el tiempo se le había ido sin notarlo. Algunas luces ya estaban encendidas. La ciudad comenzaba a recogerse, mientras él apenas reunía el valor para avanzar.
Se sentó en la banqueta.
Su mente se llenó de escenarios posibles, todos igual de aterradores.
¿Qué iba a decirle?
¿Cómo iniciaría la conversación?
¿Qué pensaría ella al verlo de nuevo?
Y, más importante aún… ¿estaría realmente allí?
Las preguntas lo acechaban como fantasmas del pasado, extendiendo manos invisibles que parecían querer envolverlo y alejarlo de ese lugar. Por un instante, estuvo a punto de rendirse. Entonces recordó las palabras del taxista, dichas con una convicción que aún le quemaba el pecho:
“El amor no se demuestra con lo que uno guarda, sino con lo que se atreve a decir.”
Abrió la mochila y sacó la bolsa de cartas. Entre ellas, un sobre rosa llamó su atención. Lo llevó al rostro y lo aspiró con los ojos cerrados. El perfume seguía allí. Inconfundible. Único. El mismo que tantas veces había sentido al estrecharla entre sus brazos.
Leila.
Abrió el sobre con cuidado.
Querido Gael:
Solo ha pasado un mes desde que salí del pueblito.
Ese pueblito donde conocí al gran amor de mi vida: usted.
La lejanía hace que recuerde con más claridad nuestros encuentros. Como aquella vez que fui a verlo jugar fútbol. La manera en que me miraba, aun cuando apenas éramos dos personas empezando a conocerse. Sin embargo, la química era perfecta: las miradas cómplices, las sonrisas que decían más que las palabras.
Recuerdo que, al terminar el partido, me invitó a pasear a un lugar hermoso. Mentiría si dijera que recuerdo cada cosa que hablamos o hicimos, pero lo que jamás he olvidado es el trayecto en su motocicleta. Era la primera vez que me subía a una, y me aferré a usted como si mi vida dependiera de ello.
Hoy entiendo que no era miedo lo que me hacía abrazarlo con tanto ahínco, sino la necesidad de sentir su calor, su olor, sus manos que, a cada momento, apretaban las mías. Sentía algo inexplicable. Incluso ahora, al recordarlo, vuelve esa extraña sensación de paz y ternura.
Hubiera querido congelar ese instante para siempre.
Debí abrazarlo mucho más.
Muchísimo más.
Con amor,
Leila
Gael se limpió las lágrimas con el dorso de la mano. Respiró hondo.
Se puso de pie.
Esta vez caminó con paso firme.
Decidió enfrentarse a la verdad, a esa de la que años atrás había huido por cobardía. Comprendió, al fin, que no había estado esperando una señal de Leila para decidirse. No era a ella a quien debía observar, ni medir, ni poner a prueba.
Había estado esperando verse a sí mismo.
Y lo que encontró fue doloroso: su debilidad, su miedo, su orgullo mal entendido. Ese orgullo que tanto defendió, que creció hasta cegarlo y permitir que la mujer que amaba se alejara sin que él pronunciara una sola palabra.
Avanzó hacia el edificio.
Ya no podía seguir callando.
Gael subió los escalones con el corazón golpeándole el pecho como si quisiera escapar antes que él. Se detuvo frente al portero eléctrico. Dudó un segundo, apenas un parpadeo, y luego presionó el timbre.
El sonido metálico le pareció demasiado fuerte para un pasillo tan silencioso.
—¿Sí? —respondió una voz femenina, cansada.
—Disculpe… busco a Leila Dantes —dijo, procurando que la voz no le temblara.
Hubo un silencio breve, denso. Luego el zumbido de la puerta al abrirse.
—Pase.
Entró. El edificio olía a pintura reciente y a algo más antiguo, como a humo que se negaba a desaparecer del todo. La mujer que lo había atendido lo esperaba junto a las escaleras. Era mayor que Leila, o al menos así lo intuyó por el parecido en los ojos: el mismo negro profundo, la misma forma suave de mirar.
—¿Usted es…? —preguntó ella, observándolo con atención.
—Gael —respondió—. Soy… fui alguien importante para ella.
La mujer bajó la mirada. Ese gesto mínimo fue suficiente para que algo dentro de él comenzara a quebrarse.
—Soy su prima —dijo al fin—. ¿Desde cuándo no la ve?
Gael tragó saliva.
—Desde hace años. Vine apenas… apenas ahora.
Ella asintió despacio, como si esa respuesta confirmara algo que ya sabía.
—Leila vivía en otro lugar, lejano a este —continuó—. No sé… si supo algo del incendio.
Él sintió que el aire se volvía pesado, difícil de respirar.
—El día del incendio —siguió la mujer—, ella no logró salir a tiempo.
Gael negó con la cabeza, instintivamente, como si ese simple gesto pudiera desmentir las palabras.
—No… yo… —intentó decir algo, pero no encontró qué.
—La encontraron con vida —añadió ella, con un hilo de voz—. Eso fue lo único que nos sostuvo. Pero inhaló demasiado humo y sufrio una caida. Cayó en coma.
El mundo se detuvo.
—¿Cuánto…? —preguntó él, apenas audible.
—Seis meses —respondió la prima—. Lleva seis meses así.
Gael sintió que las piernas le fallaban. Se apoyó contra la pared para no caer. Seis meses. Seis meses de silencio absoluto. Seis meses en los que ella había estado suspendida entre la vida y la muerte, mientras él leía cartas, buscaba señales, reunía valor demasiado tarde.
—Está en un hospital de cuidados prolongados —continuó ella—. No hemos perdido la esperanza… pero los médicos dicen que es incierto.
Él cerró los ojos.
Las cartas.
Las súplicas.
El “dime algo”.
El “no me dejes ir así”.
Todo cobró un sentido brutal.
—¿Puedo verla? —preguntó al fin—. Aunque sea un momento.
La mujer lo miró largamente, como evaluando si aquel hombre merecía entrar en esa habitación silenciosa donde Leila dormía desde hacía medio año.