Al día siguiente despertó sobresaltado. Notó entonces que alguien había colocado una frazada sobre sus hombros. Se incorporó lentamente de la silla: había dormido, sí, pero no había descansado. Todo su cuerpo se sentía entumecido, ajeno, como si aún no terminara de volver a la realidad. Por primera vez en mucho tiempo, sintió hambre.
Paulina no estaba en la habitación.
Pensó en salir a comer algo, quizá darse una ducha rápida, pero justo cuando estaba por levantarse del todo, la puerta se abrió. Paulina entró con una bandeja en las manos.
—Es para ti —dijo con suavidad—. Yo ya desayuné.
Gael no protestó. Comió con prisa, como quien recupera fuerzas después de una larga batalla. Agradeció cada bocado, aunque apenas lo saboreó. Cuando terminó, levantó la mirada hacia ella.
—Gracias —murmuró—. No sé cómo…
Paulina negó con la cabeza.
—No tienes que decir nada.
Se hizo un breve silencio. Gael miró hacia la cama. Leila seguía dormida, tranquila, ajena a todo.
—Anoche no se movió —dijo él, casi en un susurro—. Ni siquiera cuando me quedé aquí.
Paulina se acercó a la cama y acomodó con cuidado una hebra de cabello que había caído sobre el rostro de su hija.
—Eso ya es suficiente por ahora —respondió—. El cuerpo sana cuando se siente acompañado, aunque la mente todavía no lo entienda.
Gael asintió, pero había algo que no lograba apartar de su pensamiento.
De repente la puerta de la habitación se abrió con suavidad.
Gael, que permanecía sentado junto a la cama, levantó la vista instintivamente. El hombre que entró no parecía mayor que él. Vestía de forma sencilla: jeans oscuros, una camisa clara arremangada, el cabello ligeramente desordenado por el viaje. Llevaba en las manos un pequeño ramo de flores eran claveles, aún húmedas.
Se detuvo al verlos.
Primero miró a Leila, luego a Paulina, y finalmente a Gael. No hubo hostilidad en su gesto, sino una sorpresa contenida, casi respetuosa.
—Buenos días —saludo a la señora Paulina con respeto
Paulina asintió con un leve movimiento de cabeza.
—Gracias por venir —respondió—. El joven es Gael, un amigo de mi hija.
Hubo un saludo leve por parte de ambos. Mateo avanzó despacio hasta el otro lado de la cama. Observó a Leila con una mezcla de ternura y preocupación, no intentó tocarla de inmediato; parecía medir cada gesto, como si temiera invadir un espacio sagrado.
—Le traje flores —murmuró—. Siempre le gustaban las más simples.
Ese comentario atravesó a Gael sin violencia, pero con una precisión dolorosa. No había presunción en aquellas palabras. Mateo no hablaba para demostrar nada; hablaba porque la conocía.
Hubo un silencio incómodo, inevitable.
Mateo fue el primero en romperlo.
—No sabía que… —miró a Gael— que alguien más vendría a verla, sobre todo después de tanto tiempo.
Gael se puso de pie. Sintió el impulso de justificarse, de explicar, de reclamar incluso. Pero no lo hizo. Por primera vez en mucho tiempo, eligió la verdad desnuda.
—Llegué tarde —dijo—. Demasiado tarde.
Mateo lo observó con atención. No había juicio en sus ojos, solo una comprensión callada, como la de alguien que también sabe lo que es llegar sin garantías.
—Entonces supongo que ambos estamos aquí por la misma razón —respondió—. Porque la queremos.
Esa frase lo cambió todo.
No había rivalidad abierta, ni palabras duras. Lo que se instaló entre ellos fue algo más complejo: una tensión silenciosa, hecha de respeto, pérdida y amor no resuelto.
Paulina los miró a ambos y comprendió que, pasara lo que pasara después, su hija no estaba sola. No lo había estado nunca.
Gael volvió a sentarse junto a la cama. Esta vez no tomó la mano de Leila. No porque no quisiera, sino porque entendió que el amor también sabe esperar sin poseer.
Mateo colocó las flores en el florero.
—Si despierta —dijo en voz baja—, quiero que sepa que estuve aquí.
Gael cerró los ojos por un segundo.
Yo también, pensó. Aunque no se si aún tengo derecho a decírselo.
Hacia la tarde, Gael prefirió regresar a la habitación que había alquilado por algunos días. Era pequeña, austera, pero justo lo que necesitaba. Se dio una ducha larga, como si el agua pudiera arrastrar el cansancio acumulado, y luego comió algo de lo que había comprado de camino al hostal.
Mientras lo hacía, no dejaba de pensar en Mateo: en sus palabras, en todo lo que había hecho por Leila y, sobre todo, en la firmeza con la que permanecía a su lado, sin reproches ni exigencias.
Al caer la noche volvió al hospital. Para su sorpresa, Mateo aún estaba allí. Se encontraba sentado en una banca frente a la habitación de Leila; Paulina también estaba presente. Al ver a Gael, ella comprendió de inmediato que aquellos dos hombres necesitaban hablar. Sin decir nada, se levantó y se alejó, dejándolos a solas.
Gael lo observó desde el pasillo: Mateo caminaba despacio, con la prudencia de quien sabe que cualquier paso en falso puede herir. Cuando quedaron frente a frente, ninguno habló de inmediato.
Fue Mateo quien rompió el silencio.
—Ella me habló de ti —dijo, sin rodeos.
Gael sostuvo la mirada. No hubo sorpresa.
—Lo imaginé.
Mateo asintió.
—No mucho —continuó—. Nunca entró en detalles. Pero supe que fuiste importante… y que algo quedó inconcluso.
Gael respiró hondo. Esperó un reproche que no llegó.
—No vine a reclamar nada —añadió Mateo—. Ni a medir fuerzas contigo.
Se sentaron en dos sillas del pasillo, uno frente al otro, como dos hombres cansados de cargar historias que no habían sabido cerrar.
—No sabemos si ella despertará —dijo Gael al fin.
Mateo bajó la mirada apenas un segundo.
—Lo sé. Los médicos también lo dijeron. Pero si despierta…
—No voy a pedirle que se vaya conmigo —interrumpió Gael—. No voy a pedirle nada.