Cuando decidas buscarme

RIVAL

Los días siguieron pasando con una rutina extraña, densa, como si el tiempo avanzara, pero nada terminara de moverse del todo.

Gael se ausentó algunos días. Necesitaba volver, cambiarse, dar instrucciones a sus empleados y dejar todo en orden. El tiempo que permanecería junto a Leila era incierto: podían ser semanas… o meses. Solo pensarlo le removía las entrañas y lo hacía sentirse aún peor, como si la espera fuera un castigo silencioso.

No podía dejar de pensar en Mateo: en sus intenciones, en sus palabras medidas, en esa calma firme que no parecía fingida. Sabía que no se marcharía si ella no se lo pedía. Y tampoco iba a rendirse. A esas alturas, Mateo tenía ventaja: había estado allí cuando Gael no estuvo, había sostenido la espera, había acompañado el silencio.

Le tomó dos días dejar todo en orden en su trabajo. Dio las indicaciones necesarias, revisó pendientes, delegó responsabilidades. Cuando todo estuvo listo para regresar, comenzó a empacar. Fue entonces cuando vio la bolsa.

La bolsa que contenía las cartas, esas que se habían vuelto su inseparable karma.

Ese peso pequeño, casi insignificante, que sin embargo le provocaba un remordimiento profundo. Y, al mismo tiempo, le recordaba el amor incondicional que ella había tenido por él, incluso cuando no recibía nada a cambio.

Tomó una de las cartas. Dudó apenas un segundo… y empezó a leer.

Querido Gael:

Lo sueño a diario.
No puedo evitar que, cada día, pase por mis pensamientos. En vano trato de luchar contra todas estas emociones que me rodean.

Lo pienso a cada hora del día. Me pregunto qué estará haciendo, si ya comió, si está bien. Tomo el teléfono, miro su contacto, lo abro, escribo un “hola” …

Pero no me atrevo a enviarlo.

Prefiero optar por este método antiguo. Sé que le gustan este tipo de detalles. A veces me pregunto si está recibiendo estas cartas y, de ser así, por qué no ha respondido.

Como sea, ya no busco incomodarlo.
Solo quiero que recuerde que siempre está en mis pensamientos y en mi corazón.

Con amor,
Leila

Gael dejó la carta sobre la cama sin doblarla, como si hacerlo fuera una forma de negarla. Sintió un nudo en la garganta que no logró tragar. Todas esas palabras habían existido mientras él seguía adelante, mientras se convencía de que el silencio era una decisión necesaria.

Ahora entendía que también había sido una forma de huir.

Se sentó al borde de la cama con la carta entre las manos. Pensó en Leila inmóvil en esa habitación blanca, en su respiración asistida, en el murmullo constante de las máquinas. Pensó en Mateo, sentado a su lado durante semanas, hablándole aunque ella no respondiera.

Y por primera vez, Gael no sintió celos.

Sintió vergüenza.

—Llegué tarde —murmuró, sin saber para quién hablaba.

Guardó la carta con cuidado, tomó la bolsa completa y la colocó dentro de su equipaje. No podía dejarlas atrás. No esta vez.

Cerro su maleta y salió a la terminal de autobuses, al dirigirse allí se encontró con Martina

—¿Regresaras a su lado como un idiota? —dijo mientras lo miraba pasar decidido —Te arrepentirás por el resto de tu vida!

No hubo respuesta alguna de su parte, solo determinación. El viaje tardo más que la última vez, pero la diferencia fue que esta vez sabía perfectamente donde llegar.

Fue a su hostal, reservo por 15 días la habitación no sabía el tiempo exacto que permanecería en la ciudad, pero eso no le importaba tampoco.

Gael regresó al hospital al caer la tarde. El edificio le pareció distinto, como si en su ausencia hubiera cambiado algo imperceptible pero decisivo. Caminó por los pasillos con paso firme, aunque por dentro todo le temblaba.

Antes de llegar a la habitación, lo vio.

Mateo estaba de pie junto a la ventana del pasillo, mirando hacia afuera. Tenía el abrigo colgado del brazo y el rostro cansado, como quien lleva demasiadas noches mal dormidas. Al sentir la presencia de Gael, no se sobresaltó. Solo giró lentamente.

—Volviste —dijo.

No fue un reproche. Tampoco una bienvenida.

—Sí —respondió Gael—. Ya está todo en orden.

Hubo un silencio breve. No incómodo, pero cargado. Como si ambos supieran que ese encuentro llegaría tarde o temprano, y aun así ninguno hubiera ensayado las palabras.

—Entré hace un rato —continuó Mateo—. Le hablé un poco. Le conté cosas simples… el clima, el ruido de la calle. A veces creo que eso la tranquiliza.

Gael asintió. Sintió un leve pinchazo en el pecho, no de celos, sino de conciencia: Mateo sabía cómo acompañarla en ese estado. Él aún estaba aprendiendo.

—Gracias por estar —dijo Gael finalmente.

Mateo lo miró con atención, como si evaluara si esas palabras eran sinceras o solo necesarias.

—No lo hago por ti —respondió—. Lo hago por ella.

—Lo sé.

Mateo respiró hondo y se apoyó en la pared.

—Cuando no estabas —dijo—, pensé mucho en lo que hablamos la última vez. En si todo iba a cambiar… o si nada lo haría.

Gael bajó la mirada un segundo.

—Yo también pensé en eso.

—¿Y? —preguntó Mateo—. ¿A qué conclusión llegaste?

Gael tardó en responder.

—Lo definido la vez anterior… no tengo derecho a exigir nada —dijo al fin—. Ni siquiera a reclamar un lugar.

Mateo lo observó con una mezcla de cautela y algo parecido al respeto.

—Eso lo decidirá ella —dijo—. No soportaba que la obliguen a elegir desde la culpa.

—Lo sé —respondió Gael—. Y por eso no pienso hacerlo.

Mateo frunció apenas el ceño.

—Pero tampoco vas a irte.

No fue una pregunta.

—No —admitió Gael—. No otra vez.

El silencio volvió a instalarse entre ellos, más pesado esta vez. Desde la habitación cercana llegaba el sonido constante de las máquinas.

—Si despierta —dijo Mateo, con voz más baja—, puede que no sea como la recuerdas.



#5409 en Novela romántica

En el texto hay: historia amor, romance

Editado: 17.07.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.