No hay tiempo aquí. Todo es difuso, inmóvil, como si estuviera atrapada en un espacio donde nada avanza y, aun así, algo insiste en repetirse. No puedo recordar cómo llegué, ni en qué momento empezó esta sensación de estar suspendida… solo sé que cuando “desperté” aquí, ya estaba sola. Y esa soledad no es silencio, es más bien una ausencia constante, como si algo importante faltara y no pudiera nombrarlo.
Entonces aparecen.
Imágenes.
Fragmentos que no parecen importantes, pero que se repiten con una precisión inquietante, como si siguieran un mismo patrón que no logro descifrar. Siempre comienzan igual… conmigo sosteniendo el teléfono, dudando frente a un mensaje que, en ese momento, parecía no tener ningún peso.
Gael.
Su nombre llega después, pero la sensación estaba ahí desde antes. Ese instante en el que decidí si responder o no, como si todo dependiera de algo tan pequeño. Y respondí. Sin pensarlo demasiado, sin imaginar lo que vendría después.
Al inicio fue simple. Conversaciones sin importancia, risas que nacían fáciles, esa ligereza que da hablar con alguien que no representa nada… todavía. Pero poco a poco fui quedándome más tiempo en esas conversaciones, esperando sus mensajes sin admitirlo, encontrando en su forma de hablar algo distinto. Era directo, incluso descarado, pero había una sinceridad extraña en todo lo que decía, como si no intentara ser alguien más.
Luego acepté salir con él.
Recuerdo ese día con más claridad que otros. Él llegando a mi departamento, la primera vez que lo veía fuera de una pantalla. No hubo esa incomodidad que uno espera… o tal vez sí, pero duró tan poco que casi no importa. Porque él llenaba los espacios, hablaba, sonreía, se movía con una seguridad que desarmaba cualquier intento mío de mantener distancia.
Y entonces lo dijo.
Que le diera un beso.
Así, sin rodeos, sin vergüenza.
Yo me negué, claro. No porque no quisiera, sino porque no sabía cómo manejar lo que estaba sintiendo. Me refugié en la timidez, en la risa, en mirar hacia otro lado. Pero dentro de mí ya había algo que había cambiado.
Porque sí me gustaba.
Me gustaban sus mensajes, sus detalles, la forma en la que parecía fijarse en cosas pequeñas, la manera en que hablaba sin filtros, como si no temiera equivocarse conmigo. Me gustaba cómo me hacía sentir… como si, de alguna forma, yo ya fuera parte de su mundo.
La primera vez que nos besamos no la recuerdo completa, pero la sensación sigue intacta. Fue… diferente. Demasiado. Como si el tiempo se hubiera detenido solo para ese momento. Como si todo lo que había vivido antes hubiera sido una antesala para eso. Recuerdo haber pensado, incluso en medio de ese instante, cómo había podido vivir hasta entonces sin él.
Y eso… eso debería haber sido una señal.
Pero en ese momento solo se sentía perfecto.
Después de eso todo fue más fácil, más natural. Nos volvimos cercanos sin esfuerzo, como si no hubiera distancia real entre nosotros. Yo confiando cada vez más, bajando defensas que ni siquiera sabía que tenía. Él estando ahí, constante, presente, haciéndome sentir elegida de una forma que nunca había experimentado.
Y fui cayendo.
Sin darme cuenta de cuándo dejó de ser algo ligero.
Sin notar el punto exacto en el que empezó a importarme demasiado.
Ahora lo veo.
Ahora entiendo que estaba viviendo cada momento como si fuera único, como si fuera irrepetible… pero sin cuestionar nada, sin detenerme a mirar más allá de lo que sentía.
Aquí, en este lugar donde todo se repite, vuelvo a esas escenas una y otra vez. A ese inicio, a esas decisiones pequeñas que parecían insignificantes. Me observo desde fuera, como si pudiera advertirme algo… como si pudiera cambiar algo.
Pero nunca lo hago.
Siempre sigo el mismo camino.
Siempre respondo el mensaje.
Siempre acepto la salida.
Siempre termino mirándolo de la misma forma.
Y cuando finalmente estamos juntos en el recuerdo, cuando casi puedo quedarme ahí, cuando casi logro sentirlo real otra vez…
todo se rompe.
Y vuelvo aquí.
Sola.
Como si incluso en los recuerdos él no pudiera quedarse conmigo.
Y aun así… no dejo de volver.
Porque, aunque ahora todo parezca una pesadilla, hubo un momento en el que estar a su lado se sentía como lo único real que tenía.
Y eso… es lo que más cuesta soltar.
No hay luz.
No hay oscuridad.
Solo… algo.
Como si estuviera flotando en un lugar sin forma, donde los pensamientos no terminan de convertirse en palabras y los recuerdos llegan incompletos, como imágenes vistas a través del agua.
A veces hay silencio.
A veces… no.
—
Un sonido.
Lejano.
Irregular.
No sé qué es.
No sé de dónde viene.
Pero está.
…pi…pi…pi…
Se repite.
Constante.
Como si marcara algo que no alcanzo a entender.
—
Luego…
una voz.
No clara.
No completa.
Pero distinta.
“…Leila…”
Mi nombre.
¿Es mi nombre?
Se siente como si lo fuera.
Como si algo dentro de mí reconociera ese sonido antes de poder pensarlo.
Intento acercarme.
O tal vez… es la voz la que se acerca.
—
“…estoy aquí…”
Las palabras llegan rotas.
Como si tuvieran que atravesar algo denso para alcanzarme.
No entiendo todo.
Pero entiendo… la intención.
No hay urgencia.
No hay miedo.
Solo… presencia.
—
Un recuerdo se abre.
Breve.
Una mesa.
Una taza de café.
Un cuaderno que no escribo.
Y alguien frente a mí.
No veo su rostro.
Pero siento calma.
—
La voz vuelve.
Más cerca.
“…no te voy a dejar…”
Hay algo en esa frase que duele.
No como herida.
Como… verdad.
—
Intento moverme.