Cuando dejé de esperarte (inspirada en Lando Norris)

Prólogo

—Cinco segundos.

La voz de Lando rompió el silencio. Por primera vez en diecisiete años, no sonreí. Me quedé inmóvil, mirándolo, sintiendo cómo algo dentro de mí terminaba de romperse en mil pedazos. Porque él no entendía. Todavía no entendía. Nunca lo había hecho.

—Amelia...

—No —mi voz salió más débil de lo que esperaba. Tragué saliva, intentando mantener la compostura, luchando por no llorar ni derrumbarme frente al hombre que había sido el centro de mi universo desde que tenía ocho años. Pero estaba cansada. Tan cansada.

—Por favor.

—No vuelvas a hacer eso —le pedí.

Su ceño se frunció, confundido. Parecía realmente incapaz de comprender lo que estaba pasando, como si no hubiera sido él mismo quien me había arrastrado hasta este precipicio.

—¿Hacer qué?

Suelto una risa amarga, carente de alegría.

—Usar la regla.

El silencio se instaló de golpe entre nosotros. Estábamos completamente solos en el paddock. La carrera había terminado hacía horas; todo el mundo se había marchado, excepto nosotros. Como siempre. Y quizá ese había sido nuestro error desde el principio: siempre éramos nosotros, pero nunca éramos algo más.

—Amelia...

—Ya no funciona.

Lo vi tensarse de inmediato, como si mis palabras hubieran sido un golpe físico. Como si no supiera que llevaba meses intentando sobrevivir a esto, intentando olvidarlo, arrancarlo de mi corazón y aceptar, de una vez por todas, que jamás me miraría de la forma en que yo lo miraba a él.

—No digas eso.

—Es la verdad. —Por primera vez en mi vida, le aparté la mirada. Verlo dolía. Siempre dolía—. Ya no somos esos niños, Lando.

—Lo sé.

—No, no lo sabes —mi voz se quebró, y odié que lo hiciera. Odié el poder que él todavía ejercía sobre mí—. Si lo supieras, no estaríamos aquí.

Él dio un paso hacia mí. Yo di uno hacia atrás.

Ese simple movimiento pareció destruirlo. Nunca antes me había alejado de él. Nunca. Ni una sola vez.

—¿Qué está pasando? —preguntó, con la voz rota.

La pregunta me hizo reír. Fue una risa triste, vacía, casi cruel. Porque después de tantos años, después de absolutamente todo... todavía no lo veía. Todavía no sabía que llevaba media vida profundamente enamorada de él.

—Nada.

—No me mientas.

Las lágrimas comenzaron a acumularse en mis ojos y supe que estaba perdiendo la batalla contra mí misma.

—Estoy cansada.

—¿De qué?

Lo miré. De verdad lo miré. Detallé sus ojos, su expresión preocupada, el rostro de la persona que había sido mi hogar durante casi toda mi existencia. Y precisamente por eso dolía tanto.

—De esperarte.

El mundo pareció detenerse. Solo un segundo. Un miserable segundo, pero fue suficiente. Suficiente para que el color desapareciera por completo de su rostro, suficiente para que algo cambiara en sus ojos y suficiente para que mi corazón se rompiera un poco más.

Ya era demasiado tarde. Demasiado tarde para las explicaciones, para las dudas, para nosotros.

Retrocedí un paso. Luego otro. Y otro más, hasta que la distancia entre los dos se volvió imposible de ignorar.

—Adiós, Lando.

—Amelia...

—Adiós.

Esta vez no me detuvo. Y cuando me di la vuelta, escuché mi propio corazón crujir con cada paso que daba alejándome de él.

Porque hay amores que te enseñan a volar y otros que te enseñan a caer. Lando Norris había sido ambas cosas. Y esta es la historia de cómo dejé de esperarlo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.