Cuando dejé de esperarte (inspirada en Lando Norris)

Capítulo 1

Amelia

Si alguien me hubiera preguntado cuándo comenzó mi problema con Lando Norris, probablemente habría respondido que a los ocho años, cuando nos conocimos gracias a nuestros padres.

Porque culpar a una niña de ocho años siempre es más fácil. Es el escudo perfecto. Es reconfortante pensar que las decisiones de una infancia inocente son las responsables del desastre emocional en el que se convierte tu vida adulta. Especialmente cuando esa niña, con sus coletas despeinadas y las zapatillas sucias de tierra, decide cometer el error más hermoso y destructivo de su existencia: enamorarse de su mejor amigo.

El problema es que mi historia con Lando no empezó con romance, ni con mariposas en el estómago, ni con miradas cargadas de promesas secretas.

Empezó con una carrera. Y, para el orgullo de Lando, con una derrota.

El sol de la tarde caía a plomo sobre el asfalto del circuito de karts en Bristol, evaporando el olor a gasolina y neumático quemado que tanto nos fascinaba a esa edad. El paddock era un hervidero de padres tensos, mecánicos improvisados y niños corriendo de un lado a otro con sus monos de carreras demasiado grandes. Pero en nuestro rincón, el mundo se había reducido a un niño sentado directamente sobre el suelo polvoriento, con la espalda apoyada contra una pila de neumáticos viejos y las piernas encogidas contra el pecho.

Me acerqué arrastrando los pies, haciendo sonar la suela de mis zapatillas contra la grava para que supiera que estaba ahí. Él ni siquiera se molestó en levantar la cabeza.

—No quiero hablar contigo —masculló, con la voz pastosa y ronca.

—Perfecto —respondí, cruzándome de brazos y plantándome justo frente a él, tapándole la luz del sol.

—Perfecto.

—Perfecto.

—Deja de decir perfecto —gruñó, apretando los puños sobre sus rodillas.

—Deja de decir perfecto tú.

Lando me fulminó con la mirada desde el suelo. Si las miradas de un niño de ocho años pudieran congelar, yo habría sido un bloque de hielo en medio de la pista. Tenía las rodillas cubiertas de una fina capa de polvo gris, el pelo rizado completamente revuelto y sudado por culpa del casco, y los ojos ridículamente rojos. Tenía una expresión tan trágica, tan desgarradora y dramática, que cualquiera que pasara por allí habría pensado que acababa de perder un campeonato mundial o que el mundo se estaba acabando.

Pero no. Había quedado segundo.

Segundo. A los ocho años. En una carrera regional de karts que mañana nadie recordaría. Excepto él, por supuesto. Porque para Lando Norris, el segundo lugar no era un trofeo; era el primer perdedor.

Yo solté un largo suspiro, dejando caer los hombros, y me agaché para quedar a su altura.

—Estás exagerando —le dije, intentando usar mi tono más maduro, ese que le copiaba a mi madre cuando yo hacía un berrinche.

—No estoy exagerando —replicó de inmediato, desviando los ojos hacia sus botas de carreras.

—Sí estás exagerando. El trofeo de plata es enorme, Lando. Es casi de tu tamaño.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—¡Amelia! —exclamó, exasperado, pronunciando mi nombre como si fuera el castigo más grande de su día.

—¡Lando! —le devolví el grito en el mismo tono exacto.

—Vete. Quiero estar solo.

—No.

Él volvió a mirarme, frunciendo el ceño con genuina indignación infantil.

—¿Por qué?

—Porque estás triste. Y da mala suerte dejar solos a los pilotos tristes. Me lo inventé ayer.

—No estoy triste —mintió descaradamente, aunque el labio inferior le tembló un poco.

—Estás llorando.

—No estoy llorando. Es el polvo del circuito; se me metió algo en el ojo.

—Lando, literalmente te está cayendo un moco por la nariz del berrinche que tienes.

—¡AMELIA! —su rostro se encendió en un color rojo brillante, mezcla de vergüenza y rabia.

No pude evitarlo. Una carcajada limpia y sonora se me escapó del pecho, resonando entre los neumáticos. Me tapé la boca con las manos, pero el sonido ya estaba en el aire. Lo miré de reojo, esperando que me lanzara una piedra o que se levantara para irse, pero entonces vi el sutil cambio en la comisura de sus labios. Él también empezó a reír. Primero fue un bufido, luego un temblor en los hombros, hasta que finalmente su risa infantil se unió a la mía.

Aunque, fiel a su estilo, intentó disimularlo tapándose la cara con el antebrazo.

—Lo sabía —dije, dándole un suave empujón con el codo en la rodilla.

—¿Qué sabías? —preguntó, bajando el brazo, con los ojos todavía húmedos, pero con una chispa diferente.

—Que podía hacerte sonreír.

—No sonreí —aseguró, forzando una línea recta con los labios que no engañaba a nadie.




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