Amelia
—Levántate.
Silencio absoluto. Solo el sonido rítmico de su respiración pausada contra la almohada.
—Lando.
Nada. El piloto estrella de Mclaren ni siquiera parpadeó bajo las sábanas.
—Lando.
Nada de nada.
—Lando James Norris.
Absolutamente nada. Podría haberle anunciado el fin del mundo y el chico habría seguido roncando plácidamente.
Suspiré con pesadez, sintiendo los primeros signos de una migraña tensional. Miré el reloj digital en mi muñeca: las siete y doce de la mañana. Eso le pasa por acostarse tarde.
Perfecto. Simplemente perfecto. Mi mañana no podía empezar mejor.
Crucé los brazos sobre el pecho y me planté al borde del colchón.
—Te doy exactamente cinco segundos, Norris. Y sabes que no bromeo.
Ni siquiera se movió. Solo emitió un gruñido ahogado y se tapó la cabeza con la manta.
—Cinco —comencé, elevando el tono de mi voz.
Nada.
—Cuatro.
Nada.
—Tres.
Ni una sola reacción.
—Dos.
Seguía en un estado de coma inducido por el desfase horario.
—Uno.
Se acabó la diplomacia. Tomé la almohada decorativa más grande y pesada del sofá de la suite y se la lancé con una puntería impecable directamente a la cara.
Lando soltó un grito ahogado e indignado, agitando los brazos en el aire mientras emergía de las sábanas con los rizos completamente alborotados.
—¡Ataque! ¡Eso es juego sucio, Carter! —bramó, con los ojos entreabiertos y la voz ronca.
—Buenos días, bella durmiente.
—Eres una persona genuinamente horrible. Una dictadora.
—Y tú vas tardísimo —repliqué, dándole un golpecito en el pie con la agenda—. Así que mueve el trasero.
—Son las siete de la mañana, Amelia —protestó, dejándose caer de nuevo de espaldas—. Despertar a alguien a esta hora debería ser ilegal en todos los países.
—Ser piloto de Fórmula 1 y cobrar millones por dar vueltas a un asfalto también parece ilegal para el resto de los mortales, y aquí estamos —le devolví el golpe verbal, dándole la espalda para recoger mis cosas.
Antes de que pudiera dar un paso, la almohada voló de regreso y me golpeó de lleno en la nuca. Me giré despacio, entornando los ojos. Lando me miraba con una sonrisa desafiante y una chispa de malicia en los ojos. La esquivé tarde, y por desgracia para mí, ese pequeño gesto terminó convirtiéndose en una guerra abierta. Tres minutos después, estábamos peleando a almohadazos limpios y forcejeando por el control de las mantas como dos niños de diez años en un campamento de verano. Otra vez. Como si el tiempo no hubiera pasado.
Una hora más tarde, el ambiente lúdico de la habitación se transformó en la abrumadora realidad del circuito. Llegamos como siempre, entramos juntos. A estas alturas de la vida, si había algo que el universo parecía completamente incapaz de hacer, era separarnos. Estábamos unidos a nivel profesional y personal, y aparentemente, el enjambre de periodistas y fotógrafos apostados en la entrada también lo había notado desde hacía mucho tiempo.
—¡Lando, por aquí!
—¡Amelia, una mirada a la cámara!
—¡Una foto juntos, por favor!
—¡Sonrían!
Casi por reflejo, Lando estiró el brazo y me rodeó los hombros con un abrazo firme. Lo hizo de manera automática, sin pensarlo un solo segundo, pegándome a su costado mientras caminábamos hacia el hospitality de McLaren; yo, para completar, lo abrazo de la cintura para caminar mejor. Los flashes comenzaron a dispararse en un bombardeo cegador. Mientras ponía mi mejor sonrisa profesional para las cámaras, me obligué a ignorar la forma tan violenta e intensa en que mi corazón reaccionó ante la cercanía de su cuerpo. Como siempre. Un hábito del que no podía desprenderme.
—¿Ya se casaron? —preguntó de repente uno de los periodistas veteranos con una sonrisa pícara.
Solté una carcajada limpia, aunque por dentro sentí un vuelco doloroso.
—¿Otra vez con esa vieja historia, Marcus? —le respondí, intentando sonar divertida.
—Vamos, Amelia, es una pregunta completamente válida —insistió el hombre, caminando a la par de nosotros—. Llevamos años preguntándonos cuándo van a dar el paso oficial. Son la pareja no oficial más longeva del paddock.
—Créeme, no es una pregunta válida —intervino Lando, riendo flojito—. Busquen otro misterio que resolver en el pit lane, muchachos. Este caso está cerrado.
—¿Entonces me están confirmando que no son pareja? —insistió otro reportero, con la grabadora encendida.
—Exacto.
Respondimos al mismo tiempo, con una sincronización tan perfecta que daba miedo. El periodista ensanchó su sonrisa, anotando algo en su libreta mental.