Amelia
Existe una teoría en el paddock. Una teoría completamente absurda, carente de cualquier base científica, y sin embargo estoy absolutamente convencida de que es cien por ciento cierta. Después de diecisiete años conviviendo, viajando y trabajando codo a codo con Lando Norris, he llegado a una conclusión ineludible: Lando posee una habilidad sobrenatural, casi magnética, para aparecer exactamente en el preciso segundo en que estoy disfrutando de mi más absoluta y efímera tranquilidad.
Apenas había cruzado el umbral del hospitality, saboreando el silencio de las primeras horas, cuando su sombra se proyectó sobre mi tableta.
—No —dije de inmediato, sin despegar los ojos de la pantalla.
—Vaya, buenos días para ti también. Ni siquiera te he preguntado nada aún —protestó él, arrastrando las palabras con ese tono infantil que usaba cuando quería algo.
—No, Lando. Conozco esa cara. La respuesta es no.
—Gremlin —masculló, dándole un suave tirón a una de mis puntas del cabello.
—No.
—Por favor, Amelia. Solo te tomará un segundo.
—No.
—Cinco segundos, de verdad. Vamos, cuenta conmigo —insistió, plantándose justo frente a mí y bloqueando mi camino.
—No.
—Cuatro... —comenzó, con una sonrisa ladeada.
—No.
—Tres...
—Lando, hablo en serio —advertí, aunque sentía la comisura de mis labios traicionarme.
—Dos...
Para cuando llegó al penúltimo número, yo ya estaba sonriendo abiertamente. Sabe perfectamente qué botones presionar y cuánto puedo resistirme antes de ceder a sus ridículos juegos.
—Uno...
—Te odio con todo mi ser —sentencié, rodando los ojos.
—Mentira de las grandes. Me amas —replicó él con total suficiencia.
Y justo así, como una rutina inevitable y extrañamente reconfortante, comenzó mi mañana. Otra vez.
Suzuka amaneció cubierta por una ligera y densa neblina que flotaba sobre la recta principal, dándole al circuito japonés un aire casi místico. El hospitality todavía estaba despertando a medias. Los mecánicos caminaban de un lado a otro con sus uniformes impolutos, arrastrando neumáticos y cajas de herramientas, mientras los primeros periodistas rezagados comenzaban a llenar el paddock en busca del café matutino. Yo llevaba un vaso de espresso caliente en una mano y mi teléfono en la otra, intentando adelantar el cronograma de publicaciones.
—A ver, habla de una vez. ¿Qué es lo que quieres? —pregunté, dándole un sorbo a mi café.
—Necesito urgentemente una opinión experta —declaró, cruzándose de brazos y adoptando una postura inusualmente seria.
Eso era nuevo. Muy nuevo. Lando rara vez pedía opiniones que no tuvieran que ver con la presión de los neumáticos o estrategias de adelantamiento.
—¿Una opinión? —repetí, arqueando una ceja—. ¿De qué tipo? ¿Médica?
—No, no me duele nada, gracias a Dios.
—¿Financiera, tal vez? ¿Quieres comprar otro auto?
—Tampoco. Mis cuentas están perfectamente respaldadas.
—¿Legal? Porque si es legal, te recuerdo que sigo estudiando mi carrera de derecho, pero aún no tengo la tarjeta profesional para sacarte de un problema corporativo.
—No, no es nada de la universidad ni de contratos legales, Amelia.
—Entonces, Norris, definitivamente no hay nada en lo que yo pueda ayudarte esta mañana —concluí, haciendo el amago de volver a mis notas.
Lando soltó una carcajada limpia y ruidosa que resonó en el pasillo semi vacío.
—Muy graciosa, Carter. De verdad, qué ingeniosa eres por las mañanas.
—Lo intento. Es parte de mi encanto profesional.
—En serio, necesito que me digas qué camisa debería ponerme para la cena oficial del equipo y los patrocinadores de esta noche —soltó, mirándome con una seriedad pasmosa.
Parpadeé un par de veces, completamente incrédula.
—¿Me estás hablando en serio, Lando? ¿Me detuviste por esto?
—Es un evento importante, Amelia. Van a ir los altos directivos de la marca.
—No, no es importante para que me montes este drama.
—Que sí lo es.
—Que no.
—Que sí.
—Lando.
—Amelia.
Lo miré fijamente, exasperada. Él me sostuvo la mirada con esos ojos azules suyos, fijos y brillantes. Y de repente, en medio de ese silencio visual, me di cuenta de un detalle que me había pasado desapercibido: estaba feliz. Extrañamente feliz. Su rostro no tenía rastro del cansancio ni de la frustración de la noche anterior; parecía haber dormido de maravilla, como si estuviera de un humor excepcionalmente radiante. Como si el simple hecho de cruzarse conmigo en el pasillo y hacerme perder el tiempo hubiera mejorado su día de forma instantánea.
La idea me golpeó con suavidad, provocando un calor agradable y peligroso en el centro de mi pecho. Y me odié a mí misma inmediatamente por permitirlo. Porque era exactamente así, con esos pequeños detalles cotidianos e insignificantes, como empezaban mis peores problemas emocionales. Siempre.
—Ponte la azul —dije finalmente, suspirando en señal de rendición.
—¿Estás completamente segura? —preguntó, entornando los ojos de forma analítica.
—Sí, la azul marino te queda bien y resaltan tus ojos para las fotos.
—Perfecto. Azul será entonces —sonrió, dándose por satisfecho.
—¿Se puede saber para qué demonios me preguntas mi opinión si al final vas a terminar haciendo exactamente lo que te dé la gana? —le recriminé, acomodando mi tableta bajo el brazo.
Lando dio un paso hacia atrás, metió las manos en los bolsillos de su sudadera y me miró con una suavidad tan genuina que me desarmó por completo.
—Porque me gusta escucharte hablar, Amelia. Solo por eso.
Mi corazón dejó de funcionar. Juro que se detuvo por un segundo completo. Solo uno. Pero fue más que suficiente para desestabilizar todo mi sistema. Lo peor de todo no fue la frase en sí, sino el hecho de que él lo dijo con una absoluta y desgarradora naturalidad. Como si no significara nada del otro mundo. Como si fuera una obviedad.