Amelia
Siempre había vivido con la firme e incuestionable convicción de que el lugar más peligrosamente hostil del mundo era un circuito de Fórmula 1. Pensaba que la combinación de monoplazas rozando los trescientos cincuenta kilómetros por hora, muros de hormigón implacables, estrategias al límite y la presión asfixiante de la prensa internacional constituían el epicentro del riesgo absoluto.
Me equivoqué. Me equivoqué de medio a medio.
El lugar más verdaderamente peligroso de mi mapa personal no tenía zonas de frenada ni escapatorias de grava. El lugar más peligroso del mundo era mi casa. Bueno... corregí mentalmente mientras observaba el paisaje por la ventanilla, nuestra casa. Porque, por mucho que intentara convencerme a mí misma de lo contrario a través de elaboradas justificaciones profesionales, la realidad era que llevaba casi siete años viviendo bajo el mismo techo que Lando en el mismo apartamento en Mónaco. Siete años compartiendo desayunos, silencios, madrugadas de insomnio y victorias. Y ese, sin lugar a dudas, había sido el peor, más persistente y devastador error para mi estabilidad emocional.
El avión privado tocó pista en el aeropuerto de Niza poco antes del mediodía, bajo un cielo completamente despejado. Desde allí, el trayecto en auto hasta el corazón de Mónaco apenas nos tomó unos treinta minutos de curvas serpenteantes. En cuanto el vehículo atravesó la frontera invisible del Principado, sentí esa mezcla simultánea de alivio y opresión que siempre me provocaba el regresar. El mar Mediterráneo brillaba con una intensidad casi cegadora bajo el sol de la Costa Azul, los megayates de lujo abarrotaban las aguas del puerto de Hércules y las calles estrechas bullían con oleadas de turistas y fotógrafos.
Por un efímero instante, todo parecía flotar en una calma perfecta. Hasta que el auto se detuvo frente a nuestro edificio.
—¿Otra vez lo mismo, señorita Carter? —murmuró el chofer que siempre me recoge en el aeropuerto desde el asiento delantero, reteniendo una risita burlona a través del espejo retrovisor.
Yo ya ni siquiera necesité responderle; me limité a soltar un suspiro cargado de resignación. Sabía exactamente, con una precisión matemática, lo que me iba a encontrar al cruzar el umbral. Y, efectivamente, no fallé.
En cuanto deslicé la llave y entré al espacioso apartamento, la escena del crimen era la viva estampa de la cotidianidad de Lando Norris. Dos maletas de fibra de carbono enormes descansaban completamente abiertas e inclinadas en mitad del salón, escupiendo ropa sucia; su casco conmemorativo de Suzuka estaba tirado sin la menor contemplación sobre la mesa de madera del comedor; una sudadera de McLaren colgaba de mala manera sobre el respaldo de una silla de diseño y, coronando el desastre... un zapato deportivo yacía solitario sobre la encimera. En la cocina.
Respiré hondo. Muy hondo. Cerré los ojos, contando mentalmente hasta diez antes de soltar un grito que retumbó en las paredes minimalistas del apartamento.
—¡Lando James Norris!
La respuesta llegó de inmediato desde la planta superior, arrastrando ese tono cantarín e inocente que utilizaba cuando sabía perfectamente que estaba en problemas.
—¿Sí, Gremlin? ¿Qué pasa?
—¿Se puede saber por qué hay un zapato tuyo al lado de la cafetera?
Hubo un silencio sepulcral que duró exactamente cinco segundos. Se podía escuchar el eco de sus pensamientos intentando formular una excusa coherente desde arriba. Luego, su voz volvió a flotar por el pasillo.
—¡La verdad es que no tengo la menor idea, Amelia!
—¡Es tu zapato, Lando! ¡Estaba metido en tu pie hace seis horas!
—¡Bueno, precisamente por eso! —gritó él en su defensa— ¡Si es mío y yo estoy aquí arriba, no tengo la menor idea de cómo llegó ese zapato de forma autónoma hasta la cocina! ¡Es un misterio!
Negué con la cabeza, pellizcándome el puente de la nariz con auténtica frustración. Definitivamente, algún día de estos iba a perder la poca paciencia que me quedaba en el cuerpo y terminaría empaquetando mis cosas.
Subí las escaleras de mármol pulido que conectaban con la segunda planta. La puerta de su habitación estaba abierta de par en par. Lo encontré exactamente como me lo había imaginado: tirado boca arriba en mitad de su cama King Size, todavía con la ropa del viaje, y con un cojín de plumas aplastado con fuerza sobre la cara para tapar la luz del día.
—Estoy oficial y legítimamente de vacaciones —anunció su voz amortiguada desde debajo del cojín, sin hacer el más mínimo amago de moverse ni un milímetro.
—Lamento romper tu burbuja de fantasía, Norris, pero no. No lo estás —sentencié, cruzándome de brazos y apoyándome en el marco de la puerta.
El cojín se movió un poco.
—¿Cómo que no? Gané en Japón. Zack me prometió tres días de paz.
—Mañana a las nueve en punto de la mañana tienes una sesión obligatoria de cuatro horas en el simulador para probar las mejoras del suelo para Austin —le recordé, revisando mentalmente mi agenda mental.
—Olvidé por completo ese pequeño y doloroso detalle técnico —gruñó, hundiéndose más en el colchón.
—Y el jueves por la tarde tienes una videoconferencia de alta prioridad con el equipo de ingenieros de pista y aerodinámica.
—Tampoco recordaba ese... —se quejó el cojín.
—Y el viernes por la mañana...
Lando arrojó el cojín hacia un lado de la cama con un movimiento rápido y se incorporó ligeramente, apoyándose sobre los codos para clavarme una mirada entre frustrada y suplicante.
—Gremlin... por amor de Dios.
—¿Qué?
—¿Existe alguna remota posibilidad en este universo de que dejes de saber absolutamente todo lo que va a pasar en mi vida con cinco días de antelación? Es terrorífico.
Sonreí de medio lado, disfrutando genuinamente de mi pequeña victoria logística.
—No. Ninguna posibilidad. Está en mi descripción de funciones.