Lando
Hay silencios de silencios. Algunos duran apenas unos breves segundos, el tiempo exacto en que tardas en recuperar el aliento tras una mala maniobra en la pista. Otros se extienden por minutos, espesos y pesados, mientras esperas el veredicto de los comisarios de carrera en el muro de boxes. Pero luego... luego está el silencio absoluto que se instala de golpe entre dos personas que llevan diecisiete años contándoselo absolutamente todo. Cada miedo, cada ridículo, cada pequeña victoria.
Ese... ese es, sin duda alguna, el peor de todos. Es un silencio que no solo carece de ruido; es un silencio que pesa, que asfixia y que te recuerda en cada esquina lo que estás a punto de perder.
Martes
No volvimos a cruzar una sola palabra sobre lo que había pasado ayer. Ni una mención a Oliver. Ni un matiz. Aquel pacto implícito de ignorar el elefante en la habitación se convirtió en nuestra nueva frontera.
Amelia salió de su habitación exactamente a las ocho de la mañana. Vestía un traje de chaqueta color crema impecable, llevaba el cabello castaño rígidamente recogido en un moño ejecutivo y sostenía una carpeta de cuero oscuro bajo el brazo. Parecía la viva imagen de la eficiencia corporativa, la jefa de prensa perfecta que no dejaba cabos sueltos.
—Buenos días —dijo con una voz monótona y profesional, sin mirarme, mientras vertía agua en la cafetera automática.
—Buenos días —respondí desde la barra de la cocina, forzando una neutralidad que me rascaba la garganta.
Y ahí se instaló. El silencio.
Ella se concentró en revisar unos documentos digitales en su tableta, deslizando el dedo por la pantalla con una cadencia hipnótica. Yo, por mi parte, fingí una concentración absoluta en un periódico deportivo digital, leyendo tres veces la misma línea sobre la clasificación del campeonato sin procesar una sola palabra. Los dos estábamos montando un teatro impecable. Fingíamos con maestría que todo seguía siendo exactamente igual que antes.
Pero no lo era. Antes, ella habría irrumpido en la cocina quejándose de cualquier tontería doméstica. Me habría dicho que el vecino del tercero piso había vuelto a dejar la bicicleta atravesada en nuestra plaza de garaje, que necesitábamos comprar urgentemente esa marca de café belga que tanto le gustaba, o que bajando las escaleras había visto un perro idéntico al que tuvimos de pequeños. Cualquier excusa servía para llenar el aire.
Aquella mañana, sin embargo, no articuló una sola frase espontánea. Terminó su taza de café negro, recogió las llaves del auto en la encimera y caminó con paso firme hacia la puerta principal.
—Nos vemos más tarde para la reunión —se limitó a decir, con la mano ya en el pomo.
—Sí. Nos vemos.
La puerta se cerró con un clic definitivo. Y el apartamento volvió a sumergirse en esa quietud artificial que me revolvía el estómago.
Miércoles
La encontré trabajando por la tarde en la terraza. Tenía el ordenador portátil apoyado sobre las piernas, la mirada fija en la pantalla y los auriculares inalámbricos puestos, aislándose por completo del entorno. No me oyó llegar.
Me quedé quieto, observándola desde el umbral de la cocina, resguardado por la sombra. Amelia parecía sumergida en su mundo, tecleando con rapidez, pero había algo sustancialmente diferente en su postura. Ya no me buscaba con la mirada. Antes, aunque estuviéramos enfrascados en tareas totalmente distintas, siempre terminábamos orbitando el uno cerca del otro; nuestras miradas se cruzaban de manera inevitable cada pocos minutos por puro hábito. Ella solía aparecer por sorpresa para preguntarme si me había acordado de almorzar, o yo me plantaba a su lado solo para importunarla y quitarle los bolígrafos mientras redactaba los comunicados de prensa.
Ahora no. Ahora cada uno permanecía estrictamente anclado en su propio metro cuadrado de pavimento. Era como si ambos estuviéramos ensayando a marchas forzadas una nueva e incómoda forma de coexistir. Y yo, con cada fibra de mi cuerpo, odiaba esa distancia.
Jueves
Oscar vino a casa a última hora de la tarde. Tenía un par de dudas con los datos de telemetría que habíamos recopilado en el último test del simulador y quería que los revisáramos juntos antes de viajar al siguiente gran premio. Estuvimos cerca de una hora discutiendo trazadas, mapas de motor y el desgaste de los neumáticos en la mesa del salón.
Cuando terminamos y guardó su tableta en la mochila, se detuvo a mitad de camino hacia la salida y recorrió el apartamento con una mirada extrañada, entornando los ojos.
—¿Qué pasa? —pregunté, extrañado por su escrutinio.
Oscar señaló el espacio vacío del salón con un gesto de la barbilla.
—Está... jodidamente silencioso esto, ¿no?
Fruncí el ceño, cruzándome de brazos.
—¿Y? Es un apartamento, Piastri. Se supone que debe estar en silencio.
—Ya, pero es que antes de entrar aquí esto parecía una guardería de alta velocidad —soltó él, con esa honestidad tan suya y tan australiana.
No pude evitar soltar una pequeña risa amarga. Tenía toda la razón. Antes de este muro invisible, en este piso siempre había ruido de fondo. Música puesta en el altavoz del salón, risas compartidas por algún meme estúpido, o discusiones ruidosas y absurdas. Extrañaba a Amelia gritándome desde el pasillo porque había dejado las zapatillas de correr tiradas en mitad de la alfombra, o a mí mismo escondiéndole el cargador del portátil solo para ver cómo se desesperaba buscándolo. Era un caos constante. Un desastre total. Pero era nuestro desastre. Nuestro hogar.
Ahora, en cambio, el apartamento parece la suite de un hotel de lujo en Mónaco. Absolutamente bonito. Impecablemente ordenado. Y completamente vacío por dentro.
Oscar suspiró, metiéndose las manos en los bolsillos de la sudadera.
—La extraño por aquí, Norris.