Cuando dejé de esperarte (inspirada en Lando Norris)

Capítulo 7

Lando

​El sol comenzaba a esconderse detrás de las colinas de Mónaco, tiñendo el cielo de un tono violáceo profundo, cuando llegó el momento inevitable de despedirnos. En la entrada de la casa de mis padres, la escena del adiós se prolongaba más de la cuenta. Emily seguía aferrada con fuerza ciega, casi desesperada, a la pierna de Amelia.

​—No quiero que te vayas, Amy... Quédate a dormir en mi cuarto, me voy a quedar con mis abuelitos —protestó la pequeña, arrugando la nariz y haciendo un puchero descomunal.

​Amelia no lo dudó; se agachó con total flexibilidad hasta quedar exactamente a la altura de sus ojos, apoyando las manos en sus propias rodillas.

​—Te prometo que voy a volver muy pronto, mi amor. El tiempo vuela, ya lo verás.

​Emily parpadeó, buscando una concesión matemática.

​—¿Vas a venir mañana lunes?

​Amelia soltó una risa cristalina, enternecida.

​—No, no creo que pueda ser mañana, princesa. Mañana hay que organizar muchas cosas del trabajo.

​—¿Entonces vienes pasado mañana? —insistió la niña, sin dar el brazo a torcer.

​—Tampoco, cielo. Pasado mañana también es un día complicado iremos a la fábrica.

​Emily soltó un suspiro cargado de un dramatismo absoluto, digno de una actriz nominada al Óscar, dejando caer los hombros con desgana.

​—Es que los adultos de verdad que trabajan demasiado. Todo el día con los computadores y los autos.

​Mi padre, que observa la escena apoyado en el umbral de la puerta principal, soltó una carcajada limpia que resonó en todo el porche.

​—Bueno, Emily, por una vez en la vida tengo que admitir que estoy totalmente de acuerdo contigo. Nos pasamos de frenada con las obligaciones.

​Amelia se inclinó un poco más y depositó un beso tierno en la frente de la pequeña, apartándole un mechón rebelde.

​—Te hago una promesa de superheroína: vendré sin falta terminando el gran premio de China. Y esta vez traeré la cámara de fotos profesional, la grande, solo para nosotras.

​Los ojos de Emily se iluminaron instantáneamente, borrando cualquier rastro de queja anterior.

​—¿De verdad? ¿Me vas a enseñar a tomar fotos a los pájaros y a las flores como haces tú?

​—Claro que sí. Pero vas a tener que practicar muchísimo y tener paciencia con el enfoque.

​—¡Voy a ser la mejor fotógrafa de todo el mundo, ya lo verás!

​—No tengo la más mínima duda de eso, mi vida —sonrió Amelia con convicción.

​Emily volvió a abalanzarse sobre su cuello, abrazándola con esa fuerza descomunal y pura que solo poseen los niños cuando intentan, de manera inocente, detener el transcurso del tiempo.

​Mi madre observaba toda la secuencia desde unos pasos más atrás, resguardada bajo la sombra del porche. Y, aunque mantenía una sonrisa cálida en los labios, alcancé a notar un brillo extraño, una especie de melancolía líquida en sus ojos que intentaba disimular a toda costa. Cuando Emily por fin se dignó a soltar a Amelia, mamá caminó decidida hacia ella.

​La envolvió en un abrazo. Pero no fue un abrazo cualquiera, de esos de cortesía familiar. Fue un abrazo largo, denso, de esos que parecen transmitir mensajes cifrados y verdades incómodas que las palabras ordinarias no alcanzan a formular en voz alta.

​—Cuídate mucho, por favor, Amelia —le susurró al oído, rompiendo apenas la distancia.

​Amelia sonrió con esa dulzura incondicional que siempre le brindaba.

​—Siempre lo hago, Cisca. No te preocupes.

​—Y no trabajes tanto, que a veces te olvidas de vivir por estar pendiente de los horarios de los demás.

​—Lo intentaré, te lo prometo.

​Mi madre se separó unos centímetros y, con un movimiento pausado, acarició suavemente su mejilla derecha con el dorso de los dedos. Fue un gesto idéntico, exacto, al que hacía cuando Amelia era apenas una niña asustada que venía a pasar los fines de semana a nuestra casa antes de vivir con nosotros.

​—No olvides nunca, pase lo que pase en el futuro o cambien las cosas como cambien, que esta siempre va a ser tu casa de verdad. Tu hogar.

​Vi perfectamente cómo Amelia tragaba saliva, conteniendo la emoción que amenazaba con quebrarle la voz. Pestañeó un par de veces antes de responder.

​—Lo sé, Cisca... Lo sé perfectamente. Y de verdad, gracias por no dejar que lo olvide nunca, sobre todo ahora.

​Mamá, sin decir más, la estrechó contra su pecho una vez más. Un segundo extra. Como si le costara horrores dejarla marchar esta vez, presintiendo que las dinámicas estaban a punto de cambiar para siempre. Cuando finalmente se separaron de manera definitiva, Amelia respiró hondo, tratando de recuperar la ligereza.

​—Bueno... Lando, creo que ya es hora de ponernos en marcha antes de que anochezca del todo.

​Mi padre se acercó a mi posición y me dio una palmada firme y afectuosa en el hombro derecho.

​—Conduce con cuidado, hijo. No vayas como si estuvieras en una sesión de clasificación.

​—Sí, papá, iré tranquilo. Descuida.

​Flo levantó la mano, despidiéndose con un gesto informal.

​—Nos vemos pronto, pareja. Suerte para el fi de semana de carrera.

​Emily comenzó a despedirse agitando ambos brazos en el aire con tanta energía, velocidad y entusiasmo que por poco pierde el equilibrio sobre sus propios zapatos.

​—¡Adiós, Amy! ¡Te espero la semana que viene con los dibujos listos!

​—¡Adiós, mi princesa! ¡Pórtate bien!

​Subimos al auto de inmediato. Las puertas se cerraron con un sonido seco, aislando el habitáculo del ruido exterior, y el silencio se instaló entre nosotros casi de forma instantánea. Sin embargo, justo antes de arrancar el motor, vi por el retrovisor a mi madre acercarse con paso firme hacia mi ventanilla. Pulsé el botón y la bajé a la mitad.

​—¿Qué pasa, mamá? —pregunté, extrañado.

​Ella apoyó el antebrazo sobre el borde de la puerta, inclinándose ligeramente hacia el interior. Desvió la mirada un segundo hacia Amelia, que ya estaba concentrada acomodándose el cinturón de seguridad y revisando algo en su bolso, ajena por completo a nuestra breve interacción. Después, volvió a clavar sus ojos en los míos con una fijeza que me desarmó.




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