Cuando dejé de esperarte (inspirada en Lando Norris)

Capítulo 8

Lando

​No fui detrás de ella de manera inmediata. No se debió, ni de lejos, a una falta de ganas o a que quisiera dejarla marchar por orgullo. Al contrario; cada fibra de mi cuerpo me gritaba que corriera por el pasillo, que la tomara con suavidad de la mano y que le suplicara que me escuchara. Pero me contuve. Me contuve porque me conozco y porque sé a la perfección que, si la presionaba en caliente en mitad de su crisis, probablemente terminaría cometiendo otro error garrafal y empeorándolo todo aún más.

​Me quedé completamente inmóvil, como una estatua de sal, plantado frente a aquella enorme fotografía en blanco y negro. La misma imagen del banco solitario bajo la lluvia que apenas unos minutos antes había conseguido detener el universo de Amelia y fascinarla por completo. Ahora, sin embargo, yo era materialmente incapaz de ver el encuadre, las luces o el grano del papel. Mis ojos estaban fijos en la obra, sí, pero mi mente se encontraba a kilómetros de distancia. Solo podía pensar en el calor residual de sus labios contra los míos. En el instante exacto y vulnerable en que cerró los ojos entregándose al contacto. Y en la forma tan abrupta, dolorosa y rota en la que se había apartado después.

​Respiré hondo. Una vez. Dos veces. Tres veces. Intentando de forma desesperada expandir mis pulmones y calmar los latidos desbocados de mi corazón. No sirvió absolutamente de nada. El aire se sentía espeso, pesado, casi asfixiante.

​—Eres un completo idiota, Norris... —murmuré para mí mismo en mitad de la sala desierta, con una rabia sorda que me arañaba la garganta.

​Me lo había prometido. Me lo había jurado antes de subir al avión: iba a respetar sus tiempos a rajatabla, iba a mantener las distancias adecuadas y no la presionaría bajo ninguna circunstancia. Y bastó una sola tarde a solas, un par de horas fuera de la burbuja de la Fórmula 1 y una luz bonita en una galería para que mandara todas mis promesas al demonio, arrastrado por el impulso de lo que sentía.

​Me pasé ambas manos por el rostro con pesadez, intentando borrar la frustración de mis facciones, y finalmente obligué a mis piernas a moverse. Salí de la sala de exposiciones con paso lento, bajando las escaleras con los puños hundidos en los bolsillos del abrigo.

​La encontré abajo, en el amplio vestíbulo acristalado de la galería. Estaba de espaldas a mí, con una postura rígida, mirando fijamente a través del enorme ventanal de cristal que daba directamente a la calle peatonal del Soho. Afuera, el ritmo de Londres seguía fluyendo con su habitual e imperturbable indiferencia. Los autobuses rojos de dos plantas pasan uno detrás de otro iluminando el asfalto mojado, la gente camina deprisa resguardándose del frío bajo sus paraguas y un músico callejero toca una melodía nostálgica con su violín cerca de la entrada del edificio. El mundo exterior sigue moviéndose a su velocidad habitual. Solo el nuestro, nuestro pequeño y frágil universo de dos, parece haberse detenido por completo en el tiempo.

​Camino despacio por el suelo pulido hasta quedar plantado justo a su lado. No me coloqué demasiado cerca para no invadir su espacio ni agobiarla; mantuve la distancia justa, lo suficiente para que perciba mi presencia y sepa que estoy aquí, firme, dispuesto a afrontar lo que venga.

​Ninguno de los dos pronunció una sola palabra durante casi un minuto entero. El silencio entre nosotros es tan denso que casi se puede cortar con un cuchillo. Finalmente, incapaz de soportar más la tensión, rompo el mutismo con la voz un tanto tomada.

​—Lo siento, Amelia. De verdad, lo siento muchísimo.

​Ella cerró los ojos con fuerza un instante, asimilando mis palabras, pero no apartó la vista del ventanal.

​—No te disculpes, Lando. Por favor, no lo hagas —pidió con un hilo de voz cansada.

​—Sí, sí que debo hacerlo —insistí, girándome levemente hacia ella—. Porque fui yo quien rompió la línea. Sé perfectamente que no debí cruzar ese límite, no debí actuar de esa manera...

​Amelia se giró lentamente hacia mí, interrumpiendo mi espiral de reproches. Me miró de frente, con los ojos vidriosos, pero con una honestidad desarmante en las facciones.

​—He dicho que no te disculpes, Lando, porque esto que acaba de pasar no fue únicamente culpa tuya.

​Aquellas palabras, pronunciadas sin un ápice de rencor, me obligaron a levantar la vista de inmediato para clavarla en la suya. Ella respiró profundamente, conteniendo el aire en sus pulmones antes de continuar.

​—Yo... yo tampoco me aparté, Lando. No lo hice hasta que fue demasiado tarde.

​Un nuevo silencio se instaló entre los dos, pero esta vez fue un silencio muchísimo más pesado, más real y descarnado. Porque ambos sabemos, que lo que acaba de decir es la verdad más pura del mundo. Ninguno de los dos ha obligado al otro a dar el paso; no hubo coacción ni juego sucio. Simplemente... habíamos colisionado en un lugar y en un momento emocional para el que ninguno de los dos estaba verdaderamente preparado.

​Amelia bajó la mirada, concentrándose en el movimiento nervioso de sus propias manos, que entrelazaba con fijeza.

​—Y eso... eso es precisamente lo que más me asusta de todo esto —confesó en un susurro casi inaudible.

​—¿El qué te asusta, Gremlin? —pregunté, dando un levísimo paso hacia ella, con el corazón en un puño.

​—Que una parte de mí, una parte muy profunda que creía tener bajo control, se moría de ganas de saber cómo se sentía estar así contigo.

​Su confesión me dejó completamente sin aire en los pulmones, como si hubiera recibido un impacto seco en el estómago. No esperaba escuchar una declaración así de su boca, no hoy, no después de ver cómo se había alejado en la sala de arriba.

​Amelia soltó una pequeña risa floja, un sonido amargo y carente de cualquier pizca de alegría, mientras negaba con la cabeza.

​—¿Lo ves? Es un absoluto desastre, Lando. Todo esto es una locura sin sentido. Hace apenas una semana estaba convencida de que lo correcto, lo sano para mí, era dejar de esperarte para siempre. Estaba decidida a pasar página, a empezar una nueva etapa desde cero, a centrarme en mí... Y de repente, hoy venimos aquí y me besas de esa manera.




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