Cuando dejé de esperarte (inspirada en Lando Norris)

Capítulo 9

Lando

Hoy viernes de práctica, no tenía la más mínima idea de qué estaba haciendo. Me sentía como un adolescente en su primera cita, con el pulso acelerado y una extraña sensación de vacío en el estómago. Y, por primera vez en toda mi vida adulta, marcada por la precisión milimétrica del cronómetro y la velocidad a trescientos kilómetros por hora, esa falta de control absoluto me parecía, extrañamente, algo bueno.

—¿En serio vas a salir del circuito y perderte la reunión de telemetría solo para ir a comprar chocolate? —preguntó Xavier, uno de los mecánicos más jóvenes, mientras caminábamos a paso rápido hacia la salida lateral del paddock de Miami.

—Sí, esa es la misión —respondí sin disminuir la marcha.

—¿Pero es que no puedes pedirlo por internet o enviar a alguien de logística a que lo busque? —insistió, claramente divertido por mi nivel de urgencia.

Negué con la cabeza, firme.

—No, no sirve cualquier cosa. Tiene que ser ese en específico.

Xavier soltó una carcajada sonora mientras nos abríamos paso entre la multitud de aficionados.

—Estás completamente perdido, Norris. Te ha dado fuerte, ¿eh?

No le respondí. Principalmente porque tenía toda la razón del mundo. Estaba perdido, desorientado y, lo que es peor, no tenía ninguna intención de volver a encontrarme.

Todo había comenzado esa misma mañana, en el caos del hospitality. Mientras revisábamos unos documentos técnicos de la puesta a punto, Amelia había abierto un cajón de la oficina improvisada buscando un bolígrafo y, por un segundo, se le quedó la mirada fija en el fondo. Lo cerró inmediatamente, con un movimiento un tanto brusco, y después dejó escapar una sonrisa lánguida, perdida en sus propios pensamientos.

—¿Qué pasó? ¿Te encontraste con un fantasma ahí dentro? —le pregunté, apoyándome en el escritorio.

—Nada, nada importante —respondió, intentando volver a la realidad—. Solo me acordé de algo curioso.

—¿De qué? Vamos, suéltalo.

Ella siguió escribiendo en el portátil, con la mirada centrada en la pantalla, pero con una pequeña mueca de nostalgia en los labios.

—Hace muchísimos años... cuando fuimos por primera vez a Spa, en Bélgica. Pasamos por delante de una tienda pequeña que vendía unas trufas de chocolate con un aspecto increíble. Siempre me quedé con las ganas de probarlas, pero aquel fin de semana fue un desastre logístico y nunca tuvimos tiempo de detenernos.

Contestó aquello con una naturalidad pasmosa, como quien recuerda una tontería sin importancia de hace una vida. Probablemente, en su cabeza, ese comentario no había significado absolutamente nada. Pero en la mía, se había quedado grabado como un objetivo prioritario. Llevaba toda la mañana dándole vueltas a esa frase.

Después de preguntar en tres tiendas locales y de recorrer varias calles del centro, encontré una pequeña chocolatería artesanal con el aroma a cacao tostado impregnando toda la atmósfera. Una mujer mayor, con aspecto amable, levantó la vista de detrás del mostrador.

—¿En qué puedo ayudarle, joven? Parece que busca algo muy específico.

Respiré hondo, un poco avergonzado por mi propia intensidad.

—Busco un chocolate. Pero, para ser sincero, no sé exactamente cuál es el que busco. Solo sé que tiene que ser especial.

Ella sonrió con sabiduría, como si hubiera visto a cientos de enamorados (o idiotas) en su misma situación.

—Eso hace que la búsqueda sea mucho más divertida. Acompáñeme.

Terminé comprando una pequeña caja. Nada enorme, nada exagerado que pudiera parecer un gesto desesperado. Solo doce bombones artesanales, cada uno con una combinación de sabores diferente. En la tapa, la dependienta insistió en escribir una pequeña dedicatoria con tinta dorada, un detalle que me dio una vergüenza terrible: «Para alguien que merece detener el tiempo». No fui yo quien la eligió, pero, por alguna razón que todavía no alcanzo a comprender, no fui capaz de negarme.

Regresé al circuito escondiendo la caja cuidadosamente dentro de mi mochila, sintiéndome completamente ridículo. Tengo veintiséis años, conduzco los autos más rápidos y tecnológicos del planeta y, sin embargo, estaba nervioso por regalar una simple caja de dulces.

Xavier, que me esperaba cerca de la entrada, volvió a reírse al ver mi cara.

—Nunca te había visto así, Lando. Te vas a ganar el título al romántico del año.

—Cállate la boca, por favor.

—¿Y qué le vas a decir cuando se los des? ¿Tienes algún discurso preparado?

Me quedé pensando, sintiendo cómo se me secaba la boca.

—No tengo ni idea. Supongo que improvisaré.

—¿Y si cree que intentas comprarla? ¿Qué estás jugando a las influencias?

Aquella pregunta me hizo detenerme en seco. Porque era exactamente lo que no quería que pasara. No buscaba competir con Oliver, no quería comprar puntos en ningún marcador invisible, ni hacer gestos grandilocuentes para ganar ventaja. Solo quería verla sonreír de esa manera en la que solo lo hacía cuando se sentía realmente comprendida.

La encontré una hora después. Estaba completamente sola, sentada en una de las mesas laterales del hospitality, revisando minuciosamente las fotografías en el visor de su cámara. Estaba tan concentrada que ni siquiera notó mi presencia hasta que estuve a dos metros.

—Gremlin.

Ella levantó la cabeza de golpe, y al ver quién era, su rostro se iluminó con una sonrisa automática.

—Hola, Lando. ¿Ya terminaste con la reunión?

Me senté frente a ella sin decir palabra durante unos segundos. El ambiente estaba cargado de una tensión extraña. Finalmente, saqué la pequeña caja de la mochila y la deslicé con cuidado sobre la mesa. Ella frunció el ceño, confundida.

—¿Qué es eso?

—Ábrela. Por favor.

Me miró con una curiosidad inmensa, levantando la tapa lentamente. El aroma denso y dulce del chocolate inundó el espacio entre los dos. Sus ojos se abrieron con sorpresa.




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