Amelia
Había algo en la arquitectura emocional de aquella casa que nunca, por muchos años que transcurrieran, parecía cambiar. No importaba si pasaban dos semanas de calendario o dos meses enteros de intensos viajes transatlánticos sin pisar sus pasillos; el recibimiento sensorial era inalterable. Siempre olía exactamente igual: una mezcla reconfortante a pan recién horneado, a café recién hecho y a las flores frescas —generalmente lavanda y jazmines— que Cisca se empeñaba con dulce terquedad en colocar en jarrones de cristal en cada rincón de la casa.
Apenas crucé la puerta de entrada, sentí cómo me envolvía ese calor único y reconfortante que solo existe en los hogares donde uno ha sido amado desde la infancia de manera incondicional, desprovisto de títulos, de presiones de patrocinadores o de la mirada implacable de la prensa.
—¡Llegaron! ¡Ya están aquí! —chilló una vocecita aguda y cantarína desde lo alto del segundo piso.
No tuve tiempo de reaccionar ni de dejar mi bolso sobre el mueble del recibidor. Tres pequeñas con pasos acelerados bajaron corriendo las escaleras de madera a una velocidad de vértigo, ignorando por completo las advertencias de seguridad que su abuela solía repetir.
—¡Amelia! ¡Amelia! —Emily, fue la primera en lanzarse literalmente sobre mí con los brazos abiertos de par en par.
La recibí en el aire con los brazos abiertos, ahogando una carcajada y estrechándola contra mí mientras daba una pequeña vuelta sobre mis propios pies para amortiguar el impacto.
—¡Hola, mi terremoto favorito! ¡Cuidado, que casi me tiras al suelo de un golpe! —le dije, enterrando la nariz en su cabello con olor a champú de frutas.
Emily escondió la cara en el hueco de mi cuello, aferrándose a mis hombros con una fuerza sorprendente para sus pocos años.
—¡Te extrañé muchísimo, muchísimo, muchísimo! ¡Pensé que te ibas a quedar a vivir en los aviones!
—¿Ah, sí? ¿Y se puede saber exactamente cuánto es "muchísimo"? —le pregunté con tono divertido, apartándola un poco para mirarla a los ojos.
Ella se tomó la pregunta con una seriedad absoluta. Abrió los brazos en toda su extensión, estirando las puntas de los dedos tanto como su pequeño cuerpo se lo permitía.
—¡Así de muchísimo! ¡Incluso más grande que el circuito de carreras del tío Lando!
No pude evitar derretirme por completo y le planté un beso sonoro en la frente.
—Yo también te extrañé exactamente esa misma cantidad, pequeña.
Antes de que pudiera volver a poner los pies de Emily en el suelo, Mila apareció por mi costado, rodeándome la cintura con un abrazo apretado y cariñoso.
—¡Tía Amelia! ¡Por fin volviste! —exclamó con sus ojos brillantes y cargados de ilusión.
Sonreí de par en par, extendiendo un brazo para cobijarla también en mi regazo.
—Hola, mi princesa hermosa. ¿Y dónde se ha metido Lily?
—¡Aquí estoy! —la más pequeña del clan apareció unos segundos después por el pasillo, arrastrando con un poco de dificultad un oso de peluche enorme que casi la duplicaba en tamaño. Se detuvo frente a mí con una expresión de orgullo incalculable—. Te hice un dibujo superespecial.
Sentí que el corazón se me derretía en el pecho, evaporando por un instante toda la tensión acumulada desde el despegue en Miami.
—¿De verdad me hiciste un dibujo, Lily? Qué ilusión. ¿Me lo vas a enseñar ahora?
Ella asintió con entusiasmo, pero inmediatamente colocó una manita delante de su boca, adoptando un aire de misterio absoluto.
—Pero todavía no puedes verlo, ¿vale? Es una sorpresa gigante para después de la cena. Tienes que cerrar los ojos muy fuerte cuando te lo traiga.
Me llevé una mano al corazón, fingiendo una gran conmoción.
—Oh, entiendo perfectamente. En ese caso, prometo bajo palabra de honor esperar todo lo que haga falta para ver esa obra de arte.
A partir de ese momento, las tres niñas comenzaron a hablar al mismo tiempo, en un soliloquio cruzado y caótico donde las ideas se atropellaban entre sí. Una insistía en que tenía que subir de inmediato a su habitación para ver cómo había reordenado sus muñecas; otra quería mostrarme un juguete nuevo que le habían regalado por su cumpleaños; y Emily insistía con vehemencia en que la prioridad absoluta era salir al jardín trasero a inspeccionar una casita de madera que habían construido con ayuda de su padre. No entendía absolutamente nada de lo que decían, era un torrente indescifrable de energía infantil. Y, aun así... era, sin duda alguna, uno de mis sonidos favoritos en todo el mundo. Me devolvía a la tierra, a lo que verdaderamente importaba.
—Vaya... Creo que ya he sido reemplazado por completo en esta familia. Ni una mirada, ni un saludo de cortesía. El campeón de Miami ha pasado a mejor vida —escuché decir a Lando a mis espaldas, con un tono cargado de fingida resignación y risas.
Levanté la cabeza por encima de las niñas. Lando estaba de pie en mitad del salón, apoyado de forma relajada junto a su hermano mayor, Oli. Este le acababa de pasar un brazo por encima de los hombros, dándole un abrazo fuerte, de esos que hablan de un orgullo silencioso y sincero entre hermanos.
—Eso es exactamente lo que te pasa por desaparecer del mapa durante varias semanas seguidas, hermanito —respondió Oli con una sonrisa cómplice, dándole una palmada afectuosa en la espalda—. El trono familiar es muy inestable.
Era sencillamente imposible no notar el parecido físico y de gestos entre los dos. Tienen la misma sonrisa sincera y contagiosa, y esa misma costumbre tan característica de mover las manos de forma expresiva para enfatizar cada palabra cuando hablaban de algo que les apasionaba. La única diferencia real radica en que Oli transmite una paz y una tranquilidad asentada, madura, que Lando —con su ritmo de vida frenético a trescientos kilómetros por hora— todavía estaba aprendiendo a incorporar en su día a día.