Cuando dejé de esperarte (inspirada en Lando Norris)

Capítulo 12

​Lando

​Dicen que el tiempo lo cambia todo. Que cura las heridas, que desvanece los recuerdos y que tiene la extraña capacidad de transformar a las personas.

​Pero yo creo que eso es una absoluta mentira.

​El tiempo, por sí solo, no tiene el poder de cambiar nada. Lo único que hace es poner a prueba aquello que ya existía en silencio, desgastando lo efímero y fortaleciendo lo que de verdad está destinado a durar. Y durante las frenéticas semanas que siguieron a aquella revelación en nuestro apartamento... eso fue exactamente lo que el destino hizo con Amelia y conmigo.

​Suiza. Luego el viaje transatlántico hacia Canadá.

​Nuestra existencia volvió a convertirse de inmediato en esa vorágine descontrolada que ambos conocíamos de memoria. Aeropuertos privados, vestíbulos de hoteles de cinco estrellas, el asfalto ardiente de los circuitos, interminables reuniones con patrocinadores, meticulosas sesiones de fotos, firmas de autógrafos bajo el sol y vuelos nocturnos en los que perdíamos la noción del huso horario. Maletas que nunca terminaban de deshacerse del todo antes de volver a ser cerradas a presión.

​Sin embargo, en mitad de ese caos controlado, había una diferencia abismal respecto al pasado. Ahora, los dos sabíamos exactamente lo que sentíamos el uno por el otro. Y ese pequeño e invisible detalle lo cambiaba absolutamente todo.

​Es cierto que nunca nos sentamos formalmente a hablar de "nosotros" como pareja. No le pusimos etiquetas a lo que teníamos, ni nos besamos de nuevo. Habíamos hecho una promesa en la terraza de la casa de mis padres, y estábamos decididos a cumplirla al pie de la letra: íbamos a esperar. Voy a darle a Amelia el espacio mental necesario para sanar y procesar el final de su etapa con Oliver.

​Pero había cosas que eran, por pura física emocional, imposibles de esconder ante los ojos de los demás.

​Yo seguía buscándola de forma magnética con la mirada en el box antes de ponerme el casco y salir a pista. Ella seguía acercándose a mí para acomodarme el cuello del uniforme justo antes de que me enfrentara a los micrófonos de la prensa. Yo continuaba dejándole tabletas de su chocolate favorito escondidas entre sus carpetas de trabajo cuando sabía que se había saltado el desayuno por culpa de las prisas. Y ella, de manera invariable, me esperaba pacientemente a la salida del simulador técnico con un termo de café preparado exactamente como a mí me gusta.

​Los pequeños detalles cotidianos de nuestra complicidad de diecisiete años nunca desaparecieron. Solo que ahora, libres de culpas y de secretos, comenzaron a significar muchísimo más.

​Como era de esperar, los medios de comunicación y las redes sociales tampoco nos dieron tregua. Cada fin de semana de Gran Premio aparecía una nueva fotografía nuestra tomada a traición, un nuevo rumor en los tabloides británicos, un nuevo análisis de lenguaje corporal en TikTok.

"¿Qué está ocurriendo realmente entre Lando Norris y Amelia Carter?"

"La pareja que se resiste a confirmar su romance."

"Amelia Carter y Lando Norris: ¿amistad de la infancia o el secreto mejor guardado de la Fórmula 1?"

​Al principio de la temporada, intentábamos esquivar las preguntas con sonrisas tensas o respuestas ensayadas de manual de relaciones públicas. Después de lo de Suiza, simplemente decidimos dejar de leer. Fue la decisión más sana que pudimos tomar.

​Lo único que verdaderamente nos dejaba un sabor agridulce en la boca... era la profunda ausencia de Oliver.

​Él cumplió con una caballerosidad implacable cada una de las palabras que le había dicho a Amelia. Tramitó su traslado inmediato a las oficinas de McLaren y se alejó del ruido de la parrilla. Durante todo ese bloque de carreras, solo coincidimos con él una única vez. Fue en una brevísima reunión técnica de ingenieros en el box. Duró menos de diez minutos. Nos saludó a ambos con una educación impecable, sumamente profesional y correcto, y en cuanto terminó de exponer sus datos, se marchó de vuelta.

​Verlo tan distante, tan desprovisto de esa calidez humana que siempre lo había caracterizado, me dolió incluso a mí. Fue un recordatorio silencioso y crudo del precio tan alto que a veces exige el amor verdadero.

​Pero Amelia también estaba cambiando, y no de una forma evidente para el resto del mundo, sino en los pequeños matices que solo yo sabía detectar.

​Sonreía mucho más a menudo, con una luz diferente en los ojos. A veces, mientras organizaba los horarios de prensa en su mesa de trabajo, la descubría tarareando canciones en voz baja, distraída. Incluso volvió a sacar su cámara analógica de la mochila para fotografiar los paisajes de los circuitos y los atardeceres en Suiza, algo que llevaba meses sin tener la motivación de hacer.

​Y algunas noches, cuando regresábamos tarde y coincidíamos en el balcón de nuestro apartamento con la brisa del Mediterráneo de fondo, simplemente nos sentábamos a hablar. De cualquier tontería, del pasado, de nuestros miedos, del futuro. Hablábamos sin filtros, sin dobles intenciones, sin el temor constante de cruzar una línea prohibida. Como si el simple hecho de saber la verdad hubiera retirado una losa de hormigón de nuestros hombros.

​Hasta que una mañana de finales de mayo, mientras desayunábamos tranquilamente en la cocina de nuestro apartamento, mi teléfono comenzó a sonar sobre la mesa. Es una llamada de Jon, mi entrenador personal y uno de mis mejores amigos.

​Deslicé la pantalla y puse el manos libres mientras le daba un mordisco a mi tostada.

​—Dime, Jon. ¿Pasa algo con el entrenamiento de hoy?

​—¿Ya están listos ustedes dos o tengo que ir a sacarlos de la cama a patadas? —preguntó Jon, con su habitual tono cargado de energía y burla.

​Fruncí el ceño, mirando el reloj de la cocina.

​—¿Listos para qué? Hoy es nuestro único día de descanso de la semana, no tenemos prensa ni simulador programado hasta mañana.




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