Amelia
El dolor de cabeza fue lo primero que sentí, una pulsación sorda y rítmica justo detrás de las sienes que amenazaba con partirme el cráneo en dos.
Hice el intento de abrir los ojos lentamente, pero la intensa y despiadada claridad matutina que se filtra sin piedad por las rendijas del gran ventanal me golpeó de frente, obligándome a cerrarlos de golpe con un gemido ahogado.
—Ay... Dios mío... —murmuré para mis adentros, con la voz pastosa y una sequedad en la garganta que se sentía como si hubiera tragado arena del desierto de Sakhir.
Sentía la cabeza pesada, el cuerpo extrañamente agotado, como si hubiera corrido un maratón y una molesta sensación de flotabilidad que me recordaba, de forma cruel, cada uno de los chupitos que tontamente me había tomado en la barra del club. Me llevé una mano temblorosa a la frente, frotándome las sienes en un intento inútil de detener los latidos en mi cabeza.
—Nunca... juro por mi vida que nunca más vuelvo a probar una gota de alcohol de esa manera —susurré, haciendo una promesa interna que sabía perfectamente que todos los que sufren una resaca monumental terminan rompiendo tarde o temprano.
Respiré hondo, llenando mis pulmones de aire fresco, y poco a poco, mientras el dolor de cabeza me daba una pequeña tregua, mis sentidos empezaron a desperezarse y a reconocer el espacio que me rodeaba. Este aroma no era el de zYyflores de vainilla de mi habitación. Olía a un perfume masculino muy específico, una mezcla de madera, sándalo y un toque sutil de frescura cítrica que conocía de sobra.
Fruncí el ceño, abriendo un ojo con muchísima precaución para inspeccionar el entorno.
Las cortinas oscuras de diseño minimalista. La estantería de metal empotrada en la pared, repleta de trofeos de diferentes categorías y tamaños. Las viejas fotografías enmarcadas de los años de karting en Inglaterra. El icónico casco de llamativos colores fluorescentes, firmado por él mismo y por sus ídolos de la infancia, descansando sobre una repisa de cristal justo enfrente de la cama.
Me quedé helada. Esta... esta definitivamente no es mi habitación.
Abrí los ojos de golpe, ignorando por completo el pinchazo de dolor que me recorrió la nuca debido al movimiento brusco. Me incorporé muy despacio sobre la cama, apoyando los codos en el colchón mientras miraba a mi alrededor con el corazón empezando a bombear a una velocidad alarmante.
No cabía duda. No es un error de mi mente confundida por la resaca. Estoy en el cuarto de Lando.
Un vuelco violento en el estómago me hizo contener el aliento. Bajé la mirada hacia las sábanas de hilo gris que me cubrían hasta el pecho y, al percatarme de mi propia desnudez bajo ellas, sentí que la respiración se me aceleraba por segundos.
Entonces, con un pulso tembloroso y una mezcla de pánico y expectación contenida, giré lentamente la cabeza hacia el lado derecho de la cama de matrimonio.
Lando seguía profundamente dormido a mi lado. Apenas una respiración pausada, suave y rítmica rompía el denso silencio que reinaba en la habitación. Tiene un brazo estirado sobre la almohada y el rostro parcialmente hundido en ella, con esa expresión de paz que solo lograba tener cuando el motor de su cabeza finalmente se apagaba por completo.
Me quedé completamente inmóvil, casi sin atreverme a respirar para no romper el frágil equilibrio del momento.
Y entonces, como un torrente incontrolable que rompe una presa, las imágenes de noche comenzaron a regresar a mi mente en ráfagas desordenadas pero implacables.
La fiesta de mis veintisiete años. La dolorosa punzada de celos al verlo reír con Magui cerca de la barra. Nuestra fuerte y desesperada discusión en mitad de la pista de baile, donde por fin saqué a la luz todo el dolor y la soledad que me habían consumido durante el fin de semana. Sus manos cálidas sosteniendo las mías con firmeza, obligándome a mirarlo. Sus palabras... aquella confesión tan limpia y directa donde me prometía que yo era lo único que imaginaba al pensar en su futuro.
El beso. Dios, aquel beso largo, pausado y profundamente esperado en mitad del club.
Y después de eso... los fragmentos comenzaron a encajar en mi memoria con una nitidez que me hizo sonrojar de inmediato. El trayecto de vuelta en el todoterreno, las luces de Mónaco reflejándose en el mar, la entrada al apartamento en penumbra... y la firme decisión de no dejar que los miedos nos ganaran la partida. El vestido negro satinado cayendo al suelo. El calor de su piel contra la mía, el tacto urgente y a la vez infinitamente delicado de sus manos guiándome por el pasillo. Los gemidos ahogados en la oscuridad, las caricias prohibidas que tantas veces había imaginado en secreto, y la absoluta y maravillosa certeza de que ambos habíamos cruzado anoche un límite que nunca antes, por miedo a perdernos, nos habíamos atrevido a rozar.
Cerré los ojos con fuerza, tapándome el rostro con ambas manos mientras un suspiro tembloroso se escapaba de mis labios.
—No puede ser... de verdad que lo hicimos... —susurré contra mis palmas, sintiendo que las mejillas me ardían.
Una amalgama indescifrable de emociones me invadió al mismo tiempo, colisionando en mi pecho como monoplazas en una salida accidentada. Había nerviosismo, una alegría inmensa que me hacía cosquillas en el estómago, pero también una buena dosis de miedo y una timidez abrumadora que no sabía cómo gestionar.
No me arrepentía de lo que había pasado. Ni un solo ápice. Lo que siento por Lando es real, profundo y lleva tanto tiempo cocinándose a fuego lento en mi interior que negar la evidencia a estas alturas habría sido ridículo. Lo que de verdad me asusta, lo que me hace temblar bajo las sábanas, es el abismo de lo desconocido que se abre ante nosotros a partir de esta mañana.
Porque ya no hay vuelta atrás. Ya no podemos fingir que no pasa nada, ni escondernos detrás del cómodo y seguro escudo de ser "solamente mejores amigos". Habíamos dinamitado esa línea de seguridad. Y ahora, con las cartas sobre la mesa y la piel aún sensible por los recuerdos de la noche anterior, tendríamos que aprender a ser algo completamente nuevo. Algo para lo que ninguno de los dos tenía un manual de instrucciones.