Cuando dejé de esperarte (inspirada en Lando Norris)

Capítulo 14

Amelia

Volví a la oficina de Andrea Stella. Lo quedé mirando.

​—¿Lando sabe algo de todo lo que me mostraste? —pregunto.

​Andrea negó con la cabeza de inmediato, de manera tajante.

​—No. Y por el momento, quiero que siga siendo así.

​Fruncí el ceño, sintiendo una punzada de rechazo ante su respuesta.

​—¿Por qué? Andrea, es su vida privada tanto como la mía. Tiene derecho a saber que alguien nos está traicionando.

​—Porque ahora mismo, Amelia, Lando tiene que subirse a un monoplaza a más de trescientos kilómetros por hora y concentrarse única y exclusivamente en conducir —replicó Andrea con un tono firme pero cargado de una profunda preocupación paternal—. Mañana es la sesión de clasificación y el domingo nos jugamos el liderato en el campeonato de constructores. Si le soltamos esta bomba ahora, si le decimos que sospechamos de la gente de su propio garaje, su mente no va a estar en la pista. No va a pensar en otra cosa durante todo el fin de semana y eso, a esas velocidades, es extremadamente peligroso. Lo sabes tan bien como yo.

​Bajé la mirada hacia el suelo de moqueta, tragándome mis propias objeciones. Sabía, con dolorosa lógica profesional, que Andrea tenía toda la razón del mundo. El bienestar físico y el rendimiento deportivo de Lando eran la prioridad absoluta del equipo. Pero, a nivel personal, me sentía jodidamente horrible ocultándole una verdad de semejante calibre.

​—No me gusta mentirle, Andrea. Nunca lo he hecho —susurré, abrazándome a mí misma para combatir el frío—. Siento que ocultarle esto es como empezar a construir una barrera de desconfianza entre nosotros.

​Andrea dio un paso al frente y apoyó una de sus manos cálidas sobre mi hombro, apretándolo con suavidad para infundirme un poco de aliento.

​—No le estás mintiendo, Amelia. Solo estamos esperando el momento adecuado para poner las cartas sobre la mesa con todas las pruebas en la mano. Deja que el equipo de seguridad haga su trabajo de rastreo este fin de semana. Prométeme que guardarás el secreto por unos días.

​Respiré profundamente, sintiendo cómo un peso plomizo se instalaba en mi estómago. Aunque una parte de mí seguía gritando que aquello era un error monumental que nos terminaría estallando en la cara, terminé por asentir con la cabeza.

​—Está bien. Lo prometo.

​El resto de la tarde del viernes fue una tortura psicológica de la que apenas logré salir ilesa.

​Mientras caminaba entre los pasillos del Paddock Club, coordinando reuniones con patrocinadores de alto nivel y manteniendo una fachada de profesionalismo impecable, era completamente incapaz de concentrarme en las cifras o en las campañas de marketing. Mi mente estaba atrapada en un bucle infinito de sospechas y paranoia.

​Cada persona que sacaba un teléfono móvil a mi paso para tomar una fotografía casual me ponía los pelos de punta. Cada fotógrafo acreditado que me miraba de reojo parecía un cómplice. Cada risa amortiguada en las oficinas de McLaren me hacía sentir observada, juzgada y traicionada. Estaba exhausta. Mental y físicamente agotada de sospechar de todo y de todos.

​Cuando la segunda sesión de entrenamientos libres finalmente terminó y el bullicio del pit lane comenzó a calmarse, me crucé con Lando en uno de los pasillos principales que conectaban el garaje con el hospitality.

​Fue apenas un instante efímero. Él venía caminando en dirección contraria, rodeado por su ingeniero de pista, su preparador físico y dos técnicos de telemetría que discutían acaloradamente sobre el desgaste del neumático trasero izquierdo. Yo caminaba un par de pasos por detrás de Andrea.

​Nuestros caminos se cruzaron en medio del pasillo. En cuanto Lando me divisó, su rostro cansado y tenso se iluminó por completo y me regaló una de sus sonrisas más amplias y sinceras.

​—¡Hola! ¿Cómo va todo por el área corporativa? —preguntó con una naturalidad tan pura que me encogió el corazón.

​Forcé una sonrisa de compromiso, rezando para que no notara el temblor de mis labios o la sombra de culpa en mis ojos.

​—Hola. Bien, bastante ajetreado con los eventos de mañana. ¿Y tú qué tal? ¿Cómo se sintió el auto en las tandas largas?

​—El monoplaza tiene un ritmo increíble, de verdad —respondió con entusiasmo, dándole un golpecito amistoso a la carpeta de su ingeniero de pista—. Creo que mañana en la clasificación tenemos una oportunidad real de pelear por la pole position. El equilibrio aerodinámico es casi perfecto.

​Me alegró infinitamente escucharlo hablar así, con esa pasión desbordante que lo caracterizaba. De verdad. Porque durante esos breves segundos, frente a mí volvió a estar el Lando de siempre. El piloto talentoso, el niño emocionado que solo pensaba en exprimir cada milésima de segundo en el asfalto. No el hombre agobiado que llevaba dos días intentando sostenerme y protegerme mientras todo nuestro mundo se desmoronaba alrededor.

​Andrea miró discretamente su reloj de pulsera e intervino con un tono educado pero firme.

​—Tenemos que irnos, Amelia. Los representantes de la marca de relojes nos esperan en la suite VIP.

​—Sí, claro. Vamos —asentí de inmediato.

​Lando dio un pequeño y casi imperceptible paso hacia mí, con los brazos ligeramente abiertos, como si por puro instinto físico hubiera querido estrecharme entre sus brazos o dejar un beso en mi mejilla. Pero, justo a tiempo, recordó dónde estábamos. Recordó las cámaras que poblaban el paddock, recordó la prohibición temporal de la junta y se detuvo en seco, bajando los brazos.

​Esbozó una pequeña sonrisa cargada de una sutil pero dolorosa tristeza.

​—Nos vemos en el hotel, Gremlin.

​—Sí... —respondí, sintiendo que la garganta se me cerraba por completo—. Nos vemos en el Hotel.

​Aquellas dos sencillas palabras dolieron muchísimo más de lo que jamás habría esperado. Porque, por primera vez desde que habíamos decidido dar el paso de ser pareja, el circuito ya no era nuestro hogar. El paddock, ese lugar donde nos habíamos criado y donde habíamos compartido cada victoria y cada derrota, ya no era un espacio seguro donde podíamos ser nosotros mismos de manera libre. Ahora, nuestro único y frágil refugio se limitaba a las cuatro paredes de una habitación de hotel.




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