Amelia
El sonido estridente y agudo del despertador digital rompió la densa quietud de la habitación a las seis en punto de la mañana.
Abrí los ojos de golpe, con el corazón acelerado por la brusquedad del sonido. Durante unos breves e imprecisos segundos, la desorientación se apoderó de mí; miré el techo artesonado de madera clara y no logré reconocer de inmediato dónde me encontraba. Pero entonces, la bruma del sueño se disipó y, en tropel, llegaron todos y cada uno de los recuerdos de la noche anterior.
La asfixiante investigación de la directiva de McLaren. Las dolorosas filtraciones a la prensa. La reconfortante llamada telefónica con Cisca. El sabor a tregua y promesa del beso de Lando, la calidez de su cuerpo sobre el mío y la entrega absoluta en la que nos habíamos refugiado. Y, por supuesto, el secreto que seguía latiendo en el fondo de todo: aquellas dos líneas rosas, nítidas y definitivas, en la prueba de embarazo que continuaba oculta en el bolsillo interior de mi bolso de mano.
Instintivamente, deslicé una mano por debajo de la sábana y la apoyé sobre mi abdomen aún completamente plano. Todavía no había ningún cambio físico. Nada visible para el ojo humano. Y, sin embargo, mientras sentía el calor de mi propia palma, fui plenamente consciente de que toda mi existencia era radicalmente distinta a la de hace apenas unas semanas.
—Buenos días... —La voz adormilada, ronca y sumamente baja de Lando rompió el silencio de la suite alpina.
Giré la cabeza sobre la almohada. Seguía acostado a mi lado, boca abajo, con el cabello castaño completamente alborotado y los ojos apenas entreabiertos para protegerse de la primera claridad que se filtraba por el ventanal. Me miraba con una pequeña y perezosa sonrisa dibujada en los labios. Es la misma sonrisa, honesta y reconfortante, que había visto prácticamente todas las mañanas de mi vida durante más de veinte años.
—Buenos días, campeón —respondí con suavidad, estirando la mano para apartarle un mechón de pelo de la frente.
Él estiró un brazo por encima de las sábanas, buscándome.
—Ven aquí un momento... —pidió, con un tono mimoso.
Sonreí, aunque la disciplina corporativa ya empezaba a activarse en mi mente.
—Lando, tenemos que salir hacia el circuito en menos de una hora. El briefing de ingenieros es temprano hoy.
—Solo cinco minutos —insistió, cerrando los ojos de nuevo—. Solo cinco minutos más así, Amelia.
Negué con la cabeza, divertida por su terquedad mañanera.
—Lando, hablo en serio...
Él hizo un pequeño puchero infantil, sin soltar la sábana.
—Cinco minutos. No pido más.
Me acerqué a él cediendo a la tentación, riendo por lo bajo. En cuanto estuve al alcance de su mano, él me rodeó la cintura con firmeza y me atrajo con un movimiento rápido hacia su cuerpo, de modo que quedé prácticamente recostada sobre su pecho desnudo.
—Mucho mejor. Así está bastante mejor —murmuró, rodeándome con sus brazos y apoyando su barbilla sobre mi cabeza.
Apoyé las manos sobre sus hombros, sosteniéndome mientras lo miraba de frente.
—¿Estás nervioso por la carrera de hoy?
—Muchísimo —admitió de inmediato, perdiendo por un instante la sonrisa ligera.
—Pues no lo parece en absoluto. Te ves bastante tranquilo para alguien que sale en la primera línea.
—Eso es porque llevo años perfeccionando el arte de fingir que no me tiemblan las piernas antes de subirme al monoplaza.
Reí suavemente, sintiendo el movimiento rítmico de su pecho al respirar. Lando comenzó a acariciar distraídamente mi espalda con la yema de los dedos, trazando círculos lentos sobre mi piel que consiguieron relajarme.
—Hoy necesito que estés muy cerca, Amelia —dijo de repente, y su tono de voz adquirió una seriedad inusual.
Levanté la mirada para conectar directamente con sus ojos.
—Siempre estoy cerca de ti en el garaje, Lando. Lo sabes de sobra.
—No... No me refiero a eso —replicó él, deteniendo el movimiento de su mano para buscar mi mirada—. Hoy te necesito más cerca que nunca. No te separes del box.
Aquellas palabras me hicieron tragar saliva con dificultad. Sentí un vuelco doloroso en el pecho ante la ironía de la situación. Si él supiera... Si supiera que ahora mismo no solo estaba a su lado como compañera de equipo y su pareja, sino que llev con nosotros la semilla de nuestro futuro. Mantuve la compostura con un esfuerzo titánico y me limité a asentir, depositando un tierno beso en su mejilla antes de obligarlo a levantarse de la cama.
Una hora y media después, el paddock del Red Bull Ring era la viva imagen de un hermoso y caótico domingo de Gran Premio. Miles de aficionados abarrotaban las zonas comunes con camisetas naranjas de McLaren; los periodistas de las televisiones internacionales corrían persiguiendo a los jefes de equipo, las cámaras de transmisión se cruzaban en nuestro camino y los invitados VIP paseaban con curiosidad mientras los mecánicos empujaban pesados carros de herramientas de un lado a otro. El ambiente de un domingo de carrera es una experiencia sensorial arrolladora, completamente distinta a la rutina de los entrenamientos del viernes o la clasificación del sábado.
Sin embargo, en cuanto cruzamos los torniquetes de acceso al recinto, algo me llamó poderosamente la atención de inmediato.
Había más personal de seguridad. Muchísimo más.
No se trataba solo de los habituales comisarios del circuito con chalecos de alta visibilidad. Había hombres corpulentos vestidos de civil, con trajes oscuros y discretos auriculares de cable espiralado en las orejas, apostados estratégicamente en las entradas de los hospitalitys y en los accesos restringidos. El personal de seguridad privada estaba revisando las acreditaciones del paddock una por una, de manera minuciosa, algo sumamente inusual a estas alturas del fin de semana.
Un poco más adelante, cerca de la entrada trasera de nuestro hospitality, vi a Andrea Stella conversando en voz baja con dos agentes de seguridad que no pertenecían al personal habitual del equipo. Sus rostros eran serios, casi severos.