Amelia
Después de pasar casi toda la mañana encerrada entre las cuatro paredes de la casa de mi infancia, contemplando las fotografías del pasado y asimilando el torrente de emociones que la carta de mi madre había desatado en mí, comprendí con absoluta claridad que necesitaba salir.
No lo hacía porque quisiera escapar. Ya había huido bastante durante las últimas cuarenta y ocho horas, cruzando aeropuertos en silencio y ocultándome del mundo. Esta vez, mi motivación era exactamente la contraria: quería recordar. Anhelaba reconectar con la niña que alguna vez había corrido descalza por estas mismas aceras adoquinadas. Quería reencontrarme, aunque fuera por unas horas, con la Amelia que existía mucho antes de que su vida entera comenzara a fragmentarse y medirse en zonas horarias, tarjetas de embarque, reservas de hotel, reuniones con patrocinadores y fines de semana de Gran Premio.
Así que me di una ducha tibia y relajante, dejando que el agua se llevara los restos del cansancio acumulado. Al salir, opté por la sencillez: me puse unos vaqueros gastados y cómodos, una camiseta básica de algodón blanco y una vieja chaqueta de punto gris que encontré colgada en el fondo de uno de los armarios del pasillo. Me recogí el cabello en una coleta alta, rápida y desenfadada. Nada de bases de maquillaje, nada de corrector de ojeras, nada de labiales perfectos para las cámaras. Por primera vez en lo que me parecía una eternidad, no sentía la asfixiante necesidad de parecer perfecta ante el resto del mundo. En Bristol, bajo este cielo plomizo y familiar, simplemente no necesitaba serlo.
Antes de cruzar el umbral de la puerta principal, me detuve un instante frente al espejo de marco ovalado que presidía la entrada. Me miré fijamente a los ojos, notando cómo el brillo de determinación regresaba poco a poco a mis pupilas. Deslicé la palma de mi mano derecha sobre la suave tela de la camiseta, deteniéndome justo sobre mi vientre aún plano.
—Bueno... tú y yo —susurré en la quietud de la casa, sintiendo un vuelco de ternura en el pecho—. Vamos a dar una vuelta para conocer Bristol.
Sonreí de medio lado al ver mi reflejo.
—En realidad... tú vas a conocerlo por primera vez. Yo solo voy a intentar recordarlo todo.
Decidí que lo mejor sería hacer el trayecto a pie. Mi única condición innegociable con el equipo de seguridad privada que McLaren había desplegado para protegerme fue muy clara: debían mantenerse a una distancia prudencial, lo suficientemente lejos como para no interferir en mi caminata y lo bastante cerca como para intervenir si fuera necesario. No quería girarme en cada esquina y ver trajes oscuros o miradas vigilantes; ya había tenido suficiente de esa opresión claustrofóbica durante todo el fin de semana en el paddock de Austria. Necesitaba, de manera casi física, experimentar la sensación de ser una persona libre y anónima en mitad de la multitud, aunque solo fuera por un par de horas.
En cuanto abrí la puerta exterior y salí a la calle, una ráfaga de aire fresco y húmedo golpeó mi rostro con suavidad. Cerré los ojos y respiré profundamente, llenando mis pulmones de ese aroma tan característico a tierra mojada y asfalto limpio. Bristol. Mi ciudad natal. Mi primer y verdadero hogar. Había olvidado por completo lo sumamente reparador que resultaba el simple acto de caminar sin un itinerario estricto grabado en la mente. Caminar sin la urgencia de llegar tarde a una reunión de relaciones públicas, sin la constante vibración del teléfono en el bolsillo de la chaqueta, sin tener que escuchar a cada paso las voces del equipo diciendo cosas como: "Amelia, necesitamos que apruebes este comunicado", "Amelia, el patrocinador principal pregunta por los pases de hospitality para la próxima carrera", o "Amelia, Lando tiene una ronda de entrevistas en televisión en diez minutos y no lo encontramos".
La mañana del lunes, nadie en el mundo necesitaba nada de mí. Y era una sensación tan extraña como maravillosamente liberadora.
Caminé sin rumbo fijo durante un par de horas, perdiéndome por los barrios que solía frecuentar en mi juventud. Algunos callejones permanecían exactamente iguales, como congelados en el tiempo; otros sectores, en cambio, habían cambiado tanto debido al paso de los años que apenas era capaz de reconocer las esquinas donde solía jugar de niña. Me detuve a mirar los escaparates de los pequeños negocios locales y, guiada por un impulso nostálgico, entré en una acogedora librería de viejo con las paredes tapizadas de estanterías de madera crujiente. Terminé comprando una novela de misterio que probablemente no tendría tiempo de abrir en los próximos meses, y luego sumé otro volumen de poesía clásica a la bolsa de papel. Era un hábito incorregible en mí; siempre que entraba a una librería con la intención de mirar, salía cargada de páginas nuevas.
Esbocé una sonrisa divertida mientras cruzaba la puerta de salida sosteniendo la bolsa de papel contra mi cuerpo.
—Tu mamá tiene un problema serio y persistente con los libros —murmuré en voz baja, bajando la mirada hacia mi abdomen—. Así que vete preparando para tener las estanterías de tu habitación llenas desde el primer día.
Una mujer de mediana edad que caminaba en dirección contraria por la acera me observó con una mezcla de extrañeza y curiosidad al escucharme hablar sola. Tuve que morder de inmediato el labio inferior para contener la risa. Definitivamente, iba a tener que acostumbrarme a no hablarle a mi vientre en voz alta cuando estuviera rodeada de desconocidos en mitad de la calle. Aunque, conociéndome, sabía perfectamente que seguiría haciéndolo sin importar las miradas ajenas.
Más tarde, cuando el frío empezó a colarse bajo mi chaqueta, decidí refugiarme en una pequeña y acogedora cafetería de barrio. Nada más empujar la puerta acristalada, el denso y penetrante aroma a café recién molido inundó mis fosas nasales, provocando que mi estómago protestara al instante con un vuelco violento.