Cuando dejé de esperarte (inspirada en Lando Norris)

Capítulo 21

​Amelia

​Volver a empezar resultó ser una experiencia infinitamente más extraña y compleja de lo que alguna vez imaginé. Porque la realidad es que no somos dos desconocidos intentando descifrarse por primera vez en una cita a ciegas; pero tampoco somos exactamente las mismas personas que habían crecido juntas en las pistas de karting de Bristol.

Somos nosotros. Con nuestras cicatrices, nuestros errores del pasado y la carga de los titulares sensacionalistas. Pero después de todo lo ocurrido... tenemos que aprender a querernos de una manera completamente diferente: más madura, más consciente y sin dar nada por sentado. Y quizá, dentro de todo el dolor superado, eso es lo más bonito de nuestra nueva etapa.

​Lando no intentó recuperar nuestra relación sentimental de golpe ni acelerar los procesos. No me pidió que regresara a Mónaco, ni me abrumó con promesas imposibles sobre el futuro. Simplemente estuvo presente de forma constante.

​A veces llega a Inglaterra directamente desde algún circuito después de una carrera agitada. Otras veces, cuando el calendario de McLaren me lo permitía profesionalmente, yo viajaba a algún Gran Premio con su pase oficial. Nos encontrábamos en los hoteles, hablábamos durante horas en los salones de la fábrica, comíamos juntos y nos reíamos con la complicidad de siempre. Y cuando alguno de los dos necesitaba su propio espacio para respirar o trabajar... el otro lo respetaba sin reproches.

​Por primera vez en nuestra larga historia juntos... habíamos aprendido a darnos aire.

​Luca también parecía percibir ese cambio positivo en el ambiente. Cada vez que escuchaba los pasos de Lando en el pasillo, sonreía de inmediato y agitaba sus pequeñas manos con entusiasmo. Y cuando su padre debía marcharse hacia el aeropuerto, el niño lo seguía atentamente con la mirada hasta que la puerta principal se cerraba.

​—Se parece demasiado a ti en todos los gestos —le dije una tarde de otoño mientras preparaba un té en la cocina.

​Lando, que estaba sentado sobre la alfombra jugando con el bebé, sonrió de lado alzando la vista hacia mí.

​—¿Y eso se supone que es una buena noticia, Gremlin?

​—Depende completamente de la perspectiva.

​—¿De qué depende exactamente?

​—De si hereda también tu terquedad infantil para admitir cuando estás equivocado.

​—Tengo que informarte que ya la heredó por completo —respondió él con dramatismo.

​—Lando, el niño tiene apenas un año. No puede ser tan terco.

​—Tiene un año y ya muestra una determinación inflexible cada vez que me quita los juguetes —insistió el piloto.

​Solté una risa suave. Luca, al ver mi reacción, soltó una carcajada cristalina imitando el tono de mi voz. Lando lo levantó de inmediato por los costados, alzándolo sobre su cabeza.

​—¿Lo ves, Amelia? ¿Estás presenciando esto?

​—¿Qué se supone que estoy viendo?

​—Me está dando la razón abiertamente frente a ti.

​—No te está dando la razón, Norris. Se está riendo claramente de tus caras.

​—Absolutamente no. Es un pacto entre hombres de esta casa.

​—Que sí, Lando. Se ríe de ti.

​—Que no, Carter. Me está respaldando.

​Luca volvió a reír con ganas al escuchar nuestras voces superpuestas. Lando lo miró con ternura y negó con la cabeza.

​—Este niño está completamente de mi lado en todas las discusiones.

​—Pobre de mi hijo, las cosas que tiene que aguantar —bromeé acercándome para darle un beso en la coronilla al pequeño.

​DOS MESES DESPUÉS

​La exigente temporada de Fórmula 1 había llegado finalmente a su fin. Y por primera vez en muchísimos años... la agenda estaba en blanco. No había horarios estrictos que cumplir en el simulador, ni vuelos de madrugada, ni sesiones interminables en los circuitos, ni entrevistas programadas con la prensa especializada. Tampoco había obligaciones promocionales.

​Solo estábamos nosotros tres.

​Una mañana de diciembre, Lando se presentó en mi apartamento y me pidió con aire misterioso que preparara una maleta ligera para mí y otra para Luca.

​—¿Se puede saber exactamente a dónde vamos a viajar? —pregunté con intriga mientras doblaba una chaqueta.

​—Es un secreto. No puedo decirte absolutamente nada.

​—¿Otra de tus famosas sorpresas improvisadas, Norris?

​—Exactamente. Una sorpresa en toda regla.

​—La última sorpresa que organizaste terminó en la pista de karting de Bristol —le recordé cruzándome de brazos.

​—Y admitamos que fue una experiencia bastante buena para los dos —respondió él con una sonrisa confiada.

​—Fue una gran tarde porque estaba yo presente.

​—Fue una gran tarde porque yo organicé todo el plan —contraatacó guiñándome un ojo.

​—Eso también influyó un poco —admití sonriendo.

​Lo miré fijamente a los ojos durante un segundo.

​—¿Cinco segundos de confianza?

​Lando esbozó una sonrisa cálida.

​—Cinco segundos exactos.

​Esta vez el viaje lo hicimos juntos desde el primer minuto. Volamos de manera privada con Luca durmiendo plácidamente durante la mayor parte del trayecto. Cuando el vehículo que nos recogió en el aeropuerto se detuvo frente al destino, reconocí de inmediato el paisaje.

​No era la pista de Bristol, ni la ostentación de Mónaco. Era una pequeña villa privada escondida en los acantilados de la Costa Amalfitana, en Italia. Tranquila, discreta, rodeada de vegetación y con una vista panorámica espectacular sobre la bahía del Tirreno. Lando había alquilado la propiedad completa durante todo el fin de semana largo para asegurarnos absoluta privacidad.

​La primera noche, una niñera de absoluta confianza que habíamos contratado para el viaje se hizo cargo de acostar a Luca en la habitación secundaria. Nosotros nos sentamos a cenar en la terraza exterior, al borde de la piscina que daba directamente hacia el mar. La mesa estaba iluminada por la luz tenue de varias velas y el sonido constante y rítmico de las olas rompiendo abajo en las rocas llenaba el ambiente.




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