Cuando dejé de esperarte (inspirada en Lando Norris)

Epílogo

Amelia

Dicen por ahí que cuando una historia de amor llega a su capítulo final, los protagonistas simplemente caminan hacia el horizonte para vivir "felices para siempre". Nunca he creído en esa premisa tan simplista. La vida real no funciona con guiones perfectos ni con finales cerrados.

Tras la emotiva boda en Bristol vinieron días verdaderamente maravillosos, pero también otros llenos de caos. Hubo discusiones tontas por quién dejaba las llaves del auto fuera de su sitio, viajes agotadores por el calendario de la Fórmula 1, victorias que celebramos hasta la madrugada, noches eternas en vela con Luca despierto por la fiebre, primeros pasos tambaleantes grabados en vídeo, las primeras palabras inteligibles del niño y ese inevitable y emotivo primer día de colegio. Y, por supuesto, cientos de fotografías archivadas en mi estudio.

Sin embargo, a pesar del ajetreo cotidiano, existía una constante que jamás volvió a quebrarse: nos elegíamos conscientemente cada mañana.

Luca ya tiene cuatro años y ha entrado en esa maravillosa fase infantil en la que comienza a formular preguntas existenciales completamente imposibles de responder sin sonreír.

—Mamá... —dijo una tarde, apoyando los codos sobre la mesa de la cocina.

—¿Qué pasa, corazón? —respondí separando la mirada de la pantalla de mi ordenador.

—¿Papá era una persona mala cuando era chiquito?

Alcé la mirada hacia la sala, donde Lando está plácidamente tirado en el sofá viendo las 24 horas de Le Mans. Él también escuchó la pregunta y se incorporó de inmediato, frunciendo el ceño.

—¿Por qué exactamente preguntas semejante tontería, Luca? —intervino Lando.

El niño caminó hacia el mueble de la entrada y señaló con su pequeño dedo un retrato encuadrado. Era la icónica y famosa fotografía de nuestra infancia en el kartódromo: ambos cubiertos de barro hasta las orejas tras una jornada lluviosa en la pista.

—Porque en la foto papá tiene cara de enojado y parece que está llorando —observó Luca con absoluta lógica.

Lando se cruzó de brazos, ajustándose la camiseta con dignidad fingida.

—No estaba llorando, campeón. Estaba seriamente concentrado.

Luca lo miró fijamente con sus ojos azules, idénticos a los de su padre.

—Sí estabas llorando, papá. Tienes los ojos rojos.

Me tapé la boca con la mano para ahogar una risotada.

—Lo que pasa, Luca, es que ese día tu padre quedó en segundo lugar de la carrera —le expliqué con ternura.

—¿Y quedar en segundo lugar es algo malo? —preguntó el pequeño con verdadera inocencia.

Lando suspiró dramáticamente, recostándose de nuevo.

—Para mí, en aquel entonces, quedar segundo era prácticamente el fin del mundo.

Luca negó con la cabeza, mostrándose en desacuerdo.

—Pues yo creo que quedar segundo también es ser muy rápido y es bueno.

Lando me miró con desamparo cómico.

—Gremlin, tu hijo está cuestionando abiertamente mi filosofía competitiva de vida.

—Y me parece brillante que lo haga —reí, acariciando el cabello de Luca—. Alguien tiene que ponerte los pies en la tierra.

Luca sonrió victorioso al sentirse respaldado y volvió a mirar el marco.

—Mamá, ¿tú ya conocías a papá cuando se tomaron esa foto?

—Sí, cariño. Fue el día que nos conocimos.

—¿Cuántos años tenían?

—Ocho años, mi amor.

Luca abrió los ojos de par en par, sorprendido por la magnitud de los números.

—¿Y desde los ocho años ya eran novios?

Lando y yo cruzamos una mirada rápida y nos echamos a reír casi al unísono.

—¡No! —respondimos al mismo tiempo.

—¿Entonces qué eran si no eran novios? —inquirió Luca, completamente confundido.

—Mejores amigos —le expliqué sentándolo en mi regazo—. Los mejores amigos del mundo.

—¿Y después qué pasó?

Lando se levantó del sofá, caminó hacia la cocina y tomó mi mano por encima de la barra.

—Después, tu madre y yo tardamos diecisiete años enteros y absurdos en darnos cuenta de que en realidad estábamos profundamente enamorados el uno del otro.

Luca se quedó en silencio durante unos segundos, procesando la información con total seriedad británica.

—La verdad es que son bastante tontos los dos —sentenció solemnemente.

Lando soltó una carcajada limpia que resonó por toda la casa.

—Sí, hijito. Tienes toda la razón. Fuimos bastante tontos durante mucho tiempo.

En la tarde preparamos una sorpresa muy especial para Luca en la terraza. El paquete había llegado por correo esa misma mañana y Lando había insistido celosamente en que el niño no podía ver nada hasta que estuviera colocado en su sitio. Yo, por mi parte, sé perfectamente que Luca terminaría descubriéndolo en menos de cinco minutos porque ha heredado exactamente la misma impaciencia que su padre.

—¿Ya puedo abrir los ojos, mamá? —preguntó Luca, tapándose el rostro con las manos mientras daba saltitos en el sitio.

—Todavía no, Luca —respondió Lando sujetando la gran caja de cartón.

—¿Y ahora ya puedo?

—Que no, campeón. Aguanta un poco.

—¿Y si cuento cinco segundos, ya puedo abrirlo? —propuso el niño con picardía.

Lando se detuvo y me miró con una ceja alzada.

—Vaya... eso ha sido un golpe bajo y muy inteligente por su parte —admitió.

Luca no perdió el tiempo y comenzó a contar en voz alta a toda prisa.

—¡Uno!

—Luca, espera a que termine de cortar la cinta... —pidió Lando.

—¡Dos!

—Luca Norris, hazle caso a tu padre —intervine con falsa seriedad

—¡Tres!

No pude contener la risa ante su entusiasmo.

—Está bien, Lando, déjalo que cuente.

—¡Cuatro!

Lando alzó las manos en señal de derrota, soltando el cúter sobre la mesa.

—De acuerdo, tú ganas.

—¡Y CINCO! —gritó el niño, abriendo de golpe las solapas de la caja.

En el interior descansaba un pequeño casco de karting, réplica exacta del de su padre, pero con su propio toque personal. En la parte posterior, pintado en letras amarillas brillantes, se lee claramente: LUCA NORRIS.




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