Cuando Deje de Nevar

25—Jaque a la reina y el comodín.

_“En esta casa, el sabor de la victoria apenas dura lo suficiente para tragarlo, antes de que un nuevo secreto entre por la puerta principal dispuesto a asfixiarte.”_

— Holly Anderson.

Apenas las pesadas puertas de roble de la mansión se cerraron a nuestras espaldas, bloqueando el viento helado de la montaña, un sonido cortó el silencio sepulcral del vestíbulo.

Eran risas.

Una de ellas era la inconfundible y altanera risa cristalina de Beatrice. La otra era más suave, más oscura y peligrosamente seductora.

El cuerpo de James, que segundos atrás estaba relajado y cálido junto al mío, se convirtió en una estatua de piedra. Sentí cómo la sangre abandonaba su rostro y la mandíbula se le tensaba con tanta fuerza que temí que se partiera los dientes. Su mano, que aún sostenía la mía, se volvió un agarre rígido y helado.

—Sabrina.

Fue lo único que salió de sus labios, apenas un siseo ronco que se perdió en el inmenso techo abovedado, pero fue suficiente para que el mundo se detuviera.

El estómago se me contrajo de golpe. Los celos, crudos y abrasadores, arañaron mi pecho con la ferocidad de un animal acorralado. Esa mujer, el fantasma que lo había traicionado y que amenazaba mi frágil paz, ya había cruzado las líneas enemigas. Estaba aquí, sentada en la casa del hombre que amaba. Pero mientras observaba la respiración agitada de James y la furia contenida que oscurecía sus ojos, los celos fueron aplastados por un instinto mucho más fiero y primitivo: la necesidad absoluta de protegerlo.

Él había sido mi escudo contra Chris. Él había saltado frente al fuego cruzado de su propia familia para defenderme. Ahora era mi maldito turno.

Deslicé mi mano libre sobre la suya, obligándolo a aflojar los puños, y entrelacé nuestros dedos con firmeza, anclándolo a la realidad.

—Tranquilo —le susurré, acercándome a su oído para que solo él pudiera escucharme—. No estás solo en esto. Yo estoy aquí. Estamos aquí.

Corregí la frase en el último milisegundo, dándole a la palabra un peso absoluto, un recordatorio directo del pequeño milagro que crecía en mi vientre y de la ecografía que él tenía en el bolsillo de su abrigo.

La tensión en los hombros de James cedió una fracción. Me miró desde su altura, y el fuego salvaje de sus ojos se suavizó al comprender mi mensaje. Una sonrisa diminuta, cargada de una gratitud abrumadora, curvó la comisura de sus labios.

—Gracias, de verdad —murmuró, apretando mi mano con devoción.

Levantó el mentón, recuperando al instante su máscara de hielo de CEO implacable, y comenzamos a avanzar. Caminamos a la par, inseparables, resonando nuestros pasos sobre el piso de mármol del pasillo. Doblamos hacia la izquierda, guiados por el eco de las voces, y entramos al imponente salón de invierno.

El lugar era una oda a la opulencia rústica. Una gigantesca chimenea de piedra negra dominaba la pared principal, con leños crepitando y devorando las llamas que bañaban la habitación de un resplandor dorado. Frente a ella, un enorme y mullido sofá seccional de terciopelo beige invitaba a perderse en él, contrastando con las pesadas cortinas color borgoña que enmarcaban el ventanal principal.

Justo allí, junto al cristal empañado que daba hacia los jardines cubiertos de nieve, estaban sentadas.

Alrededor de una elegante mesa ratona de cristal y bordes de bronce, con un juego de té de porcelana humeante entre ellas, se encontraban Beatrice y su invitada de honor. Al principio, solo vi un abrigo de diseñador impecablemente entallado, pero cuando la mujer ladeó el rostro para continuar su charla con Bea, el aliento se me atascó en los pulmones.

Un escalofrío glacial me recorrió la espina dorsal.

El cabello cobrizo, brillante como el fuego líquido, caía en ondas calculadas sobre sus hombros. Su piel era de una palidez de porcelana perfecta, y sus rasgos, afilados y aristocráticos, parecían esculpidos para intimidar. No necesitaba presentaciones. El recuerdo de mi primera noche en esta inmensa y aterradora mansión regresó a mí como un latigazo.

Era ella. La misteriosa mujer pelirroja que me había estado observando desde las sombras del salón, evaluándome como a una presa débil, espiando cada uno de mis movimientos con sus fríos ojos de gata mientras yo intentaba sobrevivir a mi presentación en sociedad. Yo creía que era solo una invitada curiosa. Qué estúpida e ingenua había sido. Siempre fue Sabrina.

En el momento exacto en que la suela del zapato de James pisó la gruesa alfombra del salón, la conversación junto al ventanal murió de forma abrupta.

El tintineo de una cucharilla contra la porcelana se detuvo en el aire. El silencio cayó sobre nosotras como una guillotina.

Sabrina giró el rostro lentamente. Sus ojos esmeralda, astutos y cargados de una seguridad venenosa, recorrieron primero la figura imponente de James, destilando una familiaridad que me revolvió el estómago. Y luego, sus pupilas se clavaron en mí, y más específicamente, en nuestras manos firmemente entrelazadas.

A su lado, Beatrice dejó su taza sobre la mesa con una lentitud teatral. Se reclinó contra el respaldo de su silla tapizada y clavó su mirada azul en mí. Su rostro se iluminó con una sonrisa torcida, arrogante y bañada en una suficiencia absoluta. Era la sonrisa de quien acaba de colocar a la reina en el tablero, convencida de que su movimiento final me había hecho jaque mate.

—Hermano querido, qué maravilla que ya regresaste —anunció Beatrice, poniéndose de pie con una lentitud calculada, colocándose hombro a hombro junto a su invitada. Saboreaba cada sílaba, convencida de que nos estaba tendiendo una emboscada maestra.

La mano de James apretó la mía con firmeza, pero su rostro era una máscara de hielo impenetrable.

—Beatrice —respondió él, con una tranquilidad tan fría que podría haber congelado el fuego de la chimenea—. De haber sabido que estabas entreteniendo visitas de tu pasado, nos habríamos ahorrado la molestia de interrumpir.




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