Cuando Deje de Nevar

26— Curiosidad mórbida.

_“Jugar con fuego frente a la ex de tu prometido es peligroso. Pero descubrir que tu cómplice es el hijo pródigo de la familia Harrington… eso es directamente una condena a muerte.”_

— Holly Anderson.

Mi mente sufrió un cortocircuito. Me quedé clavada en el suelo, con la respiración atascada en los pulmones y los ojos muy abiertos, mirándolo como una absoluta idiota. Tommy… o más bien, el mismísimo hijo de Richard Harrington, me devolvió la mirada con un gesto rebosante de diversión. Una sonrisa ladeada, cargada de esa picardía canalla que tan bien conocía, se dibujó lentamente en su rostro.

Él había sabido quién era yo desde el primer segundo. Había jugado conmigo todo este tiempo.

James, ajeno al pánico que me estaba paralizando la sangre, reaccionó antes que yo, y por primera vez en el día agradecí su impulsividad. Con un par de zancadas, acortó la distancia y envolvió a su hermano en un abrazo genuino y entusiasta.

—¡Qué bueno que al fin estás aquí, hermano! —exclamó James, dándole un par de palmadas fuertes en la espalda.

Liam le devolvió el abrazo con fuerza, pero por encima del hombro de James, sus ojos avellana no se apartaron de los míos ni un solo milisegundo. Me miraba como un depredador que acaba de acorralar a su presa favorita.

A mis espaldas, el roce de la seda contra el suelo delató un movimiento. No me molesté en girarme para saber de quién se trataba; el asfixiante perfume a jazmín me lo advirtió un segundo antes de que hablara.

—Ustedes dos ya se conocían, ¿verdad?

La voz melosa y afilada de Sabrina resonó justo sobre mi hombro. Aunque fingió que era un susurro cómplice, moduló el tono lo suficientemente alto como para que la pregunta cayera como una bomba en medio del salón.

James se separó de su hermano y se giró hacia nosotras, con el ceño fruncido, dispuesto a negar semejante locura. Pero antes de que pudiera abrir la boca, sus ojos escrutaron mi rostro. Debió leer el terror puro y la culpa brillando en mis pupilas, porque las palabras murieron en su garganta, reemplazadas por un destello de profunda curiosidad.

Tragué saliva. Mis labios estaban resecos, pegados el uno al otro, y mi mente trabajaba a mil por hora buscando una mentira piadosa. Pero antes de que lograra articular sonido, Liam dio un paso al frente, llevándose toda la atención de la sala, y asintió con un orgullo descarado.

—En eso tienes toda la razón, Sabrina —soltó con una seguridad envidiable, metiendo las manos en los bolsillos de sus jeans—. Holly me conoce. Pero digamos que me conoce a medias. Jamás le mencioné que compartía sangre con los Harrington.

La indignación me devolvió el habla de golpe.

—Tampoco me dijiste que tu verdadero nombre era Liam, si vamos a ser honestos —le solté a modo de reclamo, cruzándome de brazos, intentando disimular el temblor de mis manos.

Él soltó una carcajada ronca que vibró en el aire tenso de la habitación. Con un dramatismo digno de un galán de cine clásico, fingió quitarse un sombrero imaginario, hizo una reverencia doblándose por la cintura y volvió a erguirse, mirándome con chispas de pura diversión.

—Me disculpo profundamente por esa omisión, preciosa. Mi verdadero nombre es Liam Thomas Harrington. Un absoluto placer conocerte de nuevo.

A mi lado, James pareció unir las piezas de un rompecabezas invisible.

—Espera… —murmuró James, mirándome con los ojos entrecerrados—. ¿Entonces este es el amigo del que me hablaste hoy? ¿El que te acompañó en el pueblo?

El aire se volvió denso. El que me acompañó a la ecografía.

—Exacto —asentí, manteniendo la voz lo más firme posible—. Solo que yo lo conocía como Tommy.

—Y eso es una excelente señal, querida —intervino Richard Harrington con una sonrisa amplia, aunque una extraña nota de nostalgia suavizó su habitual tono autoritario—. Él no deja que casi nadie lo llame así. Solo los más íntimos.

El patriarca se volvió hacia Liam, con los ojos brillando de orgullo paternal.

—Dime, muchacho… ¿no es bueno estar de regreso en casa, bajo el mismo techo y junto a tus hermanos?

El silencio que siguió a esa pregunta duró apenas un segundo antes de ser acribillado por la frialdad de Beatrice.

—Él no es de esta familia, por mucho que te empeñes en convencernos de lo contrario, padre —siseó Bea, resoplando por la nariz con un desprecio aristocrático que me revolvió el estómago—. Yo solo tengo un hermano en este mundo, y es James.

—¡Beatrice! —bramó James, fulminándola con una mirada letal—. Mide tus palabras.

—No, está bien, James. Déjala —interrumpió Liam. Su voz era un mar de paciencia, pero había un filo cortante bajo esa aparente calma. Se encogió de hombros con desinterés—. Yo no vine a obligar a nadie a que me acepté aquí. Sé muy bien dónde piso.

Sabrina, viendo la oportunidad perfecta para clavar las garras y defender a su aliada, dio un paso al frente, señalándonos a Liam y a mí con un ligero movimiento de cabeza. Su sonrisa era puro veneno destilado.

—Ya veo perfectamente por qué ustedes dos se conocían de antes y se llevan tan bien —ronroneó la pelirroja—. Después de todo, entre huérfanos sin linaje se entienden a la perfección.

La humillación intentó trepar por mi garganta, pero antes de que James o yo pudiéramos saltar a destrozarla, Liam soltó una risita burlona, completamente inmune a su ataque.

—Y yo entiendo perfectamente por qué tú y mi hermana se llevan tan de maravilla —contraatacó Liam. La palabra "hermana" sonó forzada, casi irónica entre sus labios—. Entre arpías se comprenden de maravilla. Aunque, si me permiten un consejo, chicas... deberían tener mucho cuidado de no morderse la lengua. No vaya a ser que tanto veneno termine por matarlas.

El rostro de Sabrina se desfiguró por la ira.

—Tú eres un maldito…

—¡Suficiente! ¡Ya basta todos! —el grito de Richard hizo temblar los cristales del ventanal, imponiendo un silencio sepulcral al instante. El patriarca se masajeó el puente de la nariz, exhausto, y se dirigió a James—. ¿Cuándo volverá tu madre? Necesitamos estar todos presentes.




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