El despacho de la abogada Martínez tenía un olor particular a madera mezclado con el aromatizador en una esquina de la habitación. Cada espacio estaba cautelosamente ubicado, nada fuera de lugar, tal cual le gustaba a Clara, quien, con postura erguida, revisaba su reloj por primera vez en los últimos dos minutos. No lo hacía para saber la hora exacta, sino para saber cuándo se acabaría aquella incomodidad de estar sentada al lado de Diego, quien revisaba una revista de leyes que no entendía en lo absoluto, pero que necesitaba mantenerse distraído.
Diego, de reojo, miró a su todavía esposa. En ese momento llevaba el cabello recogido con un moño tan firme que parecía imponer rigidez. A él siempre le había gustado cuando ella se lo soltaba al final del día, cuando algunos mechones caían con delicadeza sobre su rostro. Pero eso solo quedaría en sus recuerdos. Levantó la mirada de la revista y observó un cuadro abstracto colgado frente a ellos: una especie de figura de la justicia hecha de trazos, con una mancha roja de fondo.
—¿Cuánto crees que le habría costado ese cuadro a la abogada? —preguntó con suavidad.
Clara asintió sin verlo, ajustó su chaleco con la precisión de un reloj suizo y, de manera tajante, respondió:
—Pregúntale a ella.
Otra vez se sumergieron en un silencio absoluto. Ninguno de los dos se miraba; simplemente actuaban como si no estuvieran en el mismo espacio. Desde la recepción podían escuchar el tecleo constante de la secretaría, que en otras circunstancias habría pasado desapercibido, pero ahora era el compás que marcaba el ambiente.
—Fueron doce años —dijo Diego sin pensarlo.
Al darse cuenta de lo que había dicho, dio un pequeño salto y giró la cabeza hacia Clara, quien, con los labios apretados, evitaba pronunciar palabra, manteniendo la mirada en el cuadro. Diego giró el torso dispuesto a hablar, pero justo en ese momento se abrió la puerta.
—Señor Morales y señora Montalvo —anunció una voz femenina, firme y profesional.
Clara se puso de pie de inmediato. Diego tardó medio segundo más; ese acto siempre había sido su marca personal durante los doce años de matrimonio. La abogada los saludó con una sonrisa profesional que no comprometía ninguna emoción.
—Por favor, tomen asiento.
Martínez era una mujer demasiado experta en divorcios; por ende, el caso de ellos sería el número cuatrocientos. Su entonación era la misma que usaría con sus hijos mientras les ayudaba con los deberes. Les entregó una carpeta a cada uno, dentro de la cual se encontraba el escrito.
—Procederemos a revisar el acuerdo final de disolución de bienes y custodia compartida.
Clara la tomó con ambas manos y comenzó a seguir cada línea con la punta de los dedos, inspeccionando de manera metódica cada palabra plasmada en el papel. Con cada frase de la abogada, el peso sobre sus hombros parecía aumentar, algo que intentaba ocultar mientras mantenía su postura recta. Diego, en cambio, había descubierto un pisapapeles sobre el escritorio: una esfera negra con pinceladas azules y verdes.
—Qué rápido pasaban los años, ¿verdad? —comentó, mirando a la abogada con una sonrisa que buscaba complicidad, pero no la encontró.
Martínez continuó leyendo sin variar el tono.
—Cláusula catorce: distribución de bienes muebles…
Para Diego, las palabras flotaban en el aire. Tantos términos técnicos le parecían un idioma nuevo que intentaba aprender al mismo ritmo en que eran pronunciados. Ambos permanecían concentrados a su manera, hasta que un detonante llegó a ellos como una flecha directa al corazón.
—El juego de cristalería española permanecerá en la residencia familiar hasta que decidieran…
Por un segundo, Diego levantó la vista; a la par, Clara hizo lo mismo. Sus miradas se conectaron y fue inevitable que recordaran su boda, donde recibieron aquel regalo de ambos abuelos. Diego apartó la mirada, y sus ojos comenzaron a humedecerse al recordar las palabras de Aurelio Montalvo.
—Si alguna vez dejas de amar a mi nieta, que sean estos cristales los que se rompan… y no ella.
Clara notó la reacción de Diego y carraspeó, haciéndolo volver en sí. La abogada siguió hablando, cláusula por cláusula, especificando cada detalle para que ambos lo tuvieran claro. Martínez dejó de leer y, por un segundo, el silencio volvió a llenar la habitación. Colocó la carpeta frente a ellos, sacó un bolígrafo de su cajón derecho y lo dejó al lado del escrito. Luego, sus palabras sonaron en cámara lenta.
—Firmen, por favor —señaló el lugar.
Clara firmó primero. Su trazo fue firme, decidido y tan presionado que la tinta pareció intentar atravesar la hoja. Cuando terminó, dejó el bolígrafo alineado con el borde de la carpeta. Diego lo tomó; aún conservaba el calor de la mano de Clara. Los recuerdos llegaron a su mente, atormentándolo en cada movimiento previo a la firma. Miró el nombre de ella en la hoja, luego el suyo. Dudó.
Pero firmó rápido, con la mano temblorosa, dejando una línea irregular, como si quisiera escapar del momento. La abogada cerró la carpeta con un sonido seco y definitivo.
La rigidez en el rostro de Clara desapareció; sus ojos ya no transmitían la firmeza que la caracterizaba. Diego, por su parte, perdió la sonrisa ingenua que había mantenido. Ambos comprendieron, sin decirlo, que lo que pensaban que les daría calma les había generado más preocupación.