Diego bajaba las escaleras sosteniendo una caja contra el pecho. En cada paso que daba, un olor a limón se desprendía cerca de la cocina. No era un alimento con limón, sino del producto de limpieza con el cual estaba aseando el mesón para que estuviera libre de manchas y bacterias. Ahora estaría, aparentemente, limpiando años de matrimonio.
Él se quedó mirándola por unos segundos, continuando su rumbo hacia el umbral, donde se detuvo observando varias cajas apiladas de forma simétrica, una encima de la otra. Luego de soltar su último suspiro, logró escuchar el zumbido de la refrigeradora mezclado con el tic lento del reloj en la sala. La casa nunca había sido tan silenciosa; siempre había algún caos gestándose dentro de ella. Pero ahora la quietud reinaba por completo en el hogar.
Diego dejó la caja junto a las demás y se dio cuenta de que una tenía una etiqueta particular que decía: Objetos personales - revisar.
—¿No quieres quedarte con algo de esto? —preguntó con suavidad.
—No —respondió en seco—, son tus cosas y no quiero tener problemas después.
No la vio llegar. Clara apareció en el marco de la puerta con una libreta en mano y un lapicero encajado detrás de la oreja. Siempre con su cabello recogido a la perfección, sin dejar escapar un solo mechón. Diego la miró con curiosidad.
—¿Te hiciste otro agujero en la oreja?
Los hombros de ella se sacudieron en una carcajada muda, mientras que sus labios permanecían sellados en una línea de decepción. Cruzó sus brazos, dirigiendo su mirada hacia las hortensias que empezaban a florecer.
—Lo hice hace cinco meses, Diego —anunció con desánimo—. De verdad, eres un tonto.
Diego asintió, no porque estuviera de acuerdo con el insulto, sino porque no sabía cómo escapar de la situación sin provocar una discusión por algo que él sí había cometido. Disimulando que buscaba algo en la caja, encontró la punta de un objeto rígido que sobresalía entre las pertenencias.
—La verdad, sí me di cuenta… —intentó disculparse por su poca atención a los detalles.
—En serio, ya no importa eso —interrumpió Clara de inmediato—. Por algo nos divorciamos, ¿no?
—Bueno… es que… —empezó a tartamudear.
Desde la escalera, Leo observaba, apoyándose contra el barandal. Tenía el celular en la mano, pero no estaba mirando la pantalla.
—Como siempre, discutiendo por lo más mínimo —comentó con ironía.
Clara, apenas lo escuchó, se dio la vuelta y, con una mirada fija en él, dijo:
—Si no vas a ayudar…
—Ya le ayudé a mi papá, ahora estoy guardando en mi memoria el último recuerdo como pareja —refutó con una media sonrisa.
—Tantos recuerdos mejores que tenemos y prefieres quedarte con este —Clara alzó la voz.
—Clara, deja al muchacho tranquilo —dijo Diego, tratando de calmar la situación.
—Tú, como siempre, haciéndome quedar como histérica —siguió Clara, levantando sus manos cada vez que decía una palabra—. Siempre quieres quedar como el bueno, ¿verdad?
Diego, con firmeza, golpeó la pared, haciendo que Clara diera un leve salto en su sitio. Se dio la vuelta; en su mirada se podía apreciar la furia contenida. Leo se quedó quieto al ver a su mamá; él sabía lo que podría suceder.
—¡Te volviste loco! —alzando la voz, alertó a los vecinos.
Antes de que Clara continuara con la discusión, una figura más pequeña apareció detrás de Leo. Maya descendió un escalón, luego otro, abrazando su peluche con una oreja caída.
—Papi…
Diego la miró; su carita redonda y esas mejillas rojizas lo eclipsaron en un solo segundo.
—¿Sí, cariño? —dijo, agachándose.
—¿También te vas a llevar mis pijamas? —preguntó con ingenuidad y una sonrisa.
Aquella pregunta flotó en el aire, mientras los demás se quedaban en silencio, sin saber qué decir. Clara respondió:
—Esas se quedan aquí, están en el segundo cajón, lado derecho.
Maya frunció el ceño como gesto de desaprobación y azotó su peluche contra su pierna.
—Pero si quiero usarlas cuando esté con mi papi…
Diego sonrió al escucharla y palmoteó su cabeza con delicadeza.
—Entonces compramos otras, con estrellas, flores o hadas —pronunció con entusiasmo.
Maya no pudo contener la risa ante su papá, pero el agarre de su peluche era más fuerte. Clara se dio cuenta de eso y colocó su mano en su hombro. Ella miró hacia abajo y, cuando iba a hablar, de pronto, un carro con música a alto volumen empezó a acercarse. Diego apretó la sonrisa, al igual que Clara, porque sabían quién era. Al mismo tiempo, Leo torció los ojos. Maya solo se quedó observando.
El carro se estacionó frente a ellos; de ahí bajó Hugo con una sonrisa de oreja a oreja, en su mano una caja de cerveza y el entusiasmo de alguien que siempre había considerado la vida como una fiesta interrumpida.
—¡Hey, compadre! —anunció—. ¿Dónde está el hombre liberado?
Diego giró a ver a Clara, quien tenía el rostro demasiado tenso. A ella ya no le agradaba Hugo desde el día de su boda, y cada vez que lo veía, lo recordaba.