La lluvia caía con furia sobre la ciudad, golpeando los cristales de la galería como si quisiera entrar y arrasar con todo. Valentina Ríos cerró la puerta principal, apagó las luces del salón y suspiró.
Otra noche sola.
Estaba acostumbrada. La soledad, con el tiempo, se había vuelto una compañía silenciosa. No preguntaba, no exigía, no traicionaba.
Tomó su abrigo y salió a la calle. Apenas dio unos pasos, un auto negro frenó bruscamente frente a ella. Valentina retrocedió asustada. La puerta del conductor se abrió y un hombre bajó bajo la lluvia.
—¿Está bien? —preguntó él, con voz grave.
Valentina levantó la mirada. Era alto, elegante, de ojos oscuros y expresión atormentada.
—Casi me atropella —respondió ella, molesta.
—Lo siento. No la vi.
—Eso ya lo noté.
Él la miró con una intensidad extraña, como si hubiera reconocido algo en ella. Valentina sintió un escalofrío que no venía del frío.
—Déjeme llevarla —dijo él.
—No subo al auto de desconocidos.
El hombre sonrió apenas.
—Entonces permítame presentarme. Leonardo Santamaría.
El nombre cayó entre ellos como un trueno.
Valentina no sabía todavía que aquella noche no solo había conocido a un hombre. Había abierto la puerta al secreto más doloroso de su vida.
Al día siguiente, Valentina intentó convencerse de que Leonardo Santamaría no había significado nada. Solo un hombre elegante bajo la lluvia. Solo una mirada incómodamente profunda. Solo un nombre que parecía pertenecer a otro mundo.
Pero cuando abrió la galería, él estaba allí.
De pie frente a una pintura azul, con las manos en los bolsillos y la misma tristeza en los ojos.
—¿Me está siguiendo? —preguntó Valentina.
Leonardo giró lentamente.
—Vine por el arte.
—Qué casualidad.
—No creo mucho en las casualidades.
Valentina cruzó los brazos.
—Yo tampoco.
Él observó las paredes llenas de cuadros.
—Tiene talento para escoger obras que duelen.
La frase la desarmó por un segundo.
—El arte no siempre está para decorar. A veces está para decir lo que uno no puede.
Leonardo la miró.
—Entonces usted debe guardar demasiadas cosas.
Valentina tragó saliva. Nadie la leía tan rápido. Nadie tenía derecho.
—¿Quiere comprar algo o vino a analizarme?
—Quizá ambas cosas.
Ella quiso molestarse, pero algo en él la detenía. Leonardo no parecía arrogante. Parecía perdido.
Y Valentina sabía demasiado bien cómo lucía una persona que estaba sobreviviendo.
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Hellouuu... chicas hermosas, aquí yo de vuelta... espero me hayan hechado un poquito de menos jajajaja... porque yo anda perdida mucho tiempo. Aquí volvemos con historias nuevas y si me sigues por mis redes, sabras que se vienen más cositas :)
Espero que la historia les guste, será corta y si no es mucho pedir, regalenme sus estrellitas ;)