Esa noche, Valentina volvió a casa con la mente llena de Leonardo. Odiaba admitirlo, pero aquel hombre la inquietaba. Había algo en su presencia que la hacía sentirse vista, y eso era peligroso.
Preparó té, se sentó junto a la ventana y miró la ciudad mojada.
Entonces sonó su celular.
Matías Ferrer.
El nombre le apretó el pecho.
No contestó.
Matías había sido su promesa rota. El hombre que juró amarla mientras negociaba a sus espaldas la venta de la galería de su madre. El hombre que la abrazaba con una mano y con la otra firmaba su traición.
Valentina cerró los ojos.
—Nunca más —susurró.
Había prometido no volver a entregar su confianza. No volver a mirar a alguien como si pudiera quedarse.
Pero Leonardo había llegado con esa mirada triste, como si también conociera el dolor.
El celular volvió a sonar.
Valentina lo apagó.
Sin saber que Matías no había vuelto por amor.
Había vuelto porque alguien le estaba pagando para acercarse a ella.
Leonardo regresó a la galería dos días después. Esta vez no sonrió. Caminó directo hacia el fondo, donde había una pintura antigua que Valentina nunca había querido vender.
Era un cuadro sin firma: una mujer de espaldas frente al mar, con un vestido blanco y el cabello suelto al viento.
—Quiero este —dijo Leonardo.
Valentina se tensó.
—Ese no está en venta.
—Todo tiene un precio.
—No mis recuerdos.
Leonardo la miró con atención.
—¿Es suyo?
—Era de mi madre.
El rostro de Leonardo cambió apenas. Fue un gesto mínimo, pero Valentina lo notó.
—¿Cómo se llamaba?
—Emilia Ríos.
El silencio se volvió pesado.
Leonardo apartó la mirada.
—Bonito nombre.
—¿La conocía?
—No.
Respondió demasiado rápido.
Valentina sintió que algo no encajaba.
—Señor Santamaría, si vino por ese cuadro, perdió su tiempo.
Leonardo asintió, pero antes de irse dejó una tarjeta sobre el mostrador.
—Llámeme si cambia de opinión.
Valentina tomó la tarjeta después de que él salió.
En el reverso había una frase escrita a mano:
“Hay recuerdos que no deberían quedarse solos.”