Valentina no pensaba llamarlo. Lo repitió diez veces. Veinte. Cien.
Pero al tercer día, estaba sentada frente a Leonardo en una cafetería pequeña, preguntándose en qué momento había perdido la batalla contra la curiosidad.
—¿Por qué quiere el cuadro? —preguntó ella.
Leonardo sostuvo la taza entre sus manos.
—Porque me recuerda algo.
—¿A qué?
—A una culpa.
Valentina frunció el ceño.
—Esa no es una respuesta normal.
—Nunca he sido un hombre muy normal.
Ella sonrió sin querer.
Por primera vez, Leonardo pareció relajarse.
Hablaron de arte, de ciudades, de la lluvia, de la infancia. Valentina contó poco, pero lo suficiente para sentirse vulnerable. Leonardo escuchaba como si cada palabra importara.
—Usted mira como si estuviera esperando que todos se vayan —dijo él.
Valentina bajó la mirada.
—Y usted mira como si ya hubiera perdido a alguien.
Leonardo no respondió.
Pero sus ojos lo dijeron todo.
Cuando se despidieron, él rozó suavemente su mano.
Fue apenas un segundo.
Pero a Valentina le tembló el corazón toda la tarde.
Matías apareció en la galería con un ramo de flores blancas y una sonrisa ensayada.
Valentina sintió rabia antes que sorpresa.
—No deberías estar aquí.
—Solo vine a hablar.
—Ya hablaste suficiente cuando intentaste vender lo único que me quedaba de mi madre.
Matías bajó la mirada, fingiendo culpa.
—Cometí errores, Vale.
—No me digas Vale.
Él dejó las flores sobre el mostrador.
—He cambiado.
—Yo también. Por eso no te quiero cerca.
Matías apretó la mandíbula. Durante un instante, su máscara amable se rompió.
—Estás conociendo a alguien, ¿verdad?
Valentina se quedó quieta.
—Eso no te importa.
—Si es Leonardo Santamaría, debería importarte a ti.
El nombre la golpeó.
—¿Qué sabes de él?
Matías sonrió con tristeza falsa.
—Más de lo que imaginas.
Valentina no quiso mostrar miedo.
—Vete.
Matías caminó hacia la puerta, pero antes de salir dijo:
—Ten cuidado, Valentina. A veces el hombre que parece salvarte es el mismo que viene a terminar de destruirte.