Leonardo vio a Matías salir de la galería.
No tenía derecho a sentir celos. Se lo repitió mientras observaba desde el otro lado de la calle. No tenía derecho a reclamarle nada a Valentina, ni a exigirle explicaciones.
Pero cuando ella salió minutos después, con los ojos brillantes de rabia contenida, Leonardo cruzó la calle.
—¿Estás bien?
Valentina se sorprendió al verlo.
—¿Ahora también vigilas mi galería?
—Pasaba por aquí.
—Mentira.
Leonardo respiró hondo.
—¿Quién era?
Valentina alzó una ceja.
—No sabía que debía darte informes.
—No debes.
—Entonces no preguntes como si tuvieras derecho.
Leonardo dio un paso hacia ella.
—No me gusta verte sufrir.
La lluvia empezó a caer de nuevo, fina y fría.
—No sabes nada de mi sufrimiento —susurró ella.
—Sé reconocerlo.
Valentina quiso responder, pero la cercanía de Leonardo la dejó sin fuerza.
Él levantó una mano, como si quisiera tocar su rostro, pero se detuvo.
—Dime que me vaya —murmuró.
Valentina no pudo.
Y ese silencio fue más peligroso que cualquier beso.
Valentina no soportaba los hombres que hablaban con medias verdades. Ya había amado a uno así. No iba a repetir la historia.
Por eso citó a Leonardo en la galería después del cierre.
—Quiero saber qué ocultas —dijo sin rodeos.
Leonardo la miró desde el centro del salón.
—Todos ocultamos algo.
—Yo no estoy intentando entrar en tu vida con secretos en los bolsillos.
Él sonrió con amargura.
—No estoy intentando entrar en tu vida.
Valentina sintió el golpe.
—Entonces sal de ella.
Leonardo cerró los ojos un segundo.
—Valentina…
—No. No me mires así si luego vas a irte. No me hables como si te importara si no piensas quedarte.
La voz se le quebró, y eso la enfureció más.
Leonardo se acercó lentamente.
—Ese es el problema.
—¿Cuál?
—Que sí me importas.
El aire cambió entre ellos.
Valentina sintió que todas sus defensas se agrietaban.
—Entonces dime la verdad.
Leonardo bajó la voz.
—Todavía no puedo.
Y aquella respuesta fue casi una confesión.