Valentina debió alejarse.
Lo sabía.
Pero Leonardo estaba demasiado cerca. Su perfume, su respiración, esa forma de mirarla como si ella fuera una pregunta que llevaba años intentando responder.
—No puedo confiar en ti —susurró ella.
—Lo sé.
—Entonces no me hagas sentir esto.
Leonardo levantó una mano y acarició apenas su mejilla.
—Créeme, he intentado no hacerlo.
Valentina cerró los ojos.
Fue él quien se inclinó primero, pero fue ella quien terminó de romper la distancia.
El beso fue lento al inicio, casi doloroso. Luego se volvió urgente, cargado de todo lo que no se habían dicho. Valentina sintió miedo, deseo, rabia y ternura al mismo tiempo.
Cuando se separaron, Leonardo apoyó su frente contra la de ella.
—Esto no debió pasar —murmuró.
Valentina abrió los ojos.
—Entonces no vuelvas a besarme.
Leonardo la miró con tristeza.
—No puedo prometer eso.
Al otro lado de la ventana, alguien los observaba.
Matías sonreía en silencio.
Isabella Santamaría llegó a la galería una mañana con un vestido claro y una mirada nerviosa. Valentina supo de inmediato quién era. Tenía los mismos ojos tristes de Leonardo.
—¿Eres Valentina? —preguntó.
—Sí.
Isabella apretó su bolso con fuerza.
—Tienes que alejarte de mi hermano.
Valentina sintió un nudo en el estómago.
—¿Leonardo te mandó?
—No. Él jamás me perdonaría por venir.
—Entonces habla.
Isabella miró hacia la puerta, como si temiera que alguien la hubiera seguido.
—Mi familia destruye todo lo que toca. Y Leonardo… él cree que puede protegerte, pero no puede proteger ni siquiera a sí mismo.
Valentina se quedó helada.
—¿Qué tiene que ver mi madre con ustedes?
El rostro de Isabella palideció.
—¿Él no te lo dijo?
Valentina sintió que el piso desaparecía bajo sus pies.
—¿Decirme qué?
Isabella comenzó a llorar.
—Que el nombre de Emilia Ríos nunca debió volver a esta casa.