Valentina aceptó asistir a una cena en la mansión Santamaría solo por una razón: necesitaba respuestas.
La casa era enorme, fría, impecable. Un lugar donde todo brillaba, excepto las personas.
Don Arturo Santamaría la recibió con una sonrisa educada.
—Así que usted es la joven Ríos.
Valentina notó la forma en que pronunció su apellido.
—Y usted es el padre de Leonardo.
—Entre otras cosas.
Leonardo estaba tenso. Isabella no levantaba la mirada.
La cena fue una coreografía de mentiras elegantes. Don Arturo hablaba de negocios, de arte, de la importancia de la familia. Pero cada palabra parecía esconder una amenaza.
—Su madre era una mujer muy talentosa —dijo de pronto.
Valentina dejó los cubiertos.
—¿La conoció?
Leonardo miró a su padre con dureza.
Don Arturo sonrió.
—Todos en esta ciudad conocían a Emilia.
—Esa no fue mi pregunta.
El silencio cayó sobre la mesa.
Don Arturo bebió vino con calma.
—Cuidado, señorita Ríos. Algunas preguntas abren puertas que después nadie puede cerrar.
Valentina entendió entonces que su madre no era un recuerdo.
Era un secreto.
Leonardo llevó a Valentina al jardín después de la cena. La noche estaba fría y las luces de la mansión parecían demasiado lejanas.
—No debiste venir —dijo él.
—No debiste ocultarme que mi madre conocía a tu familia.
Leonardo se pasó una mano por el rostro.
—No quería lastimarte.
Valentina soltó una risa amarga.
—Esa frase siempre llega antes de una mentira.
Él la miró dolido.
—No todo es tan simple.
—Entonces hazlo simple. Dime qué pasó.
Leonardo abrió la boca, pero una voz los interrumpió.
—Leonardo siempre ha tenido debilidad por mujeres rotas.
Don Arturo apareció en el jardín.
Valentina sintió asco.
—No soy una mujer rota.
—Todos lo somos, querida. Algunos solo sabemos disimular mejor.
Leonardo dio un paso hacia su padre.
—Basta.
Don Arturo lo ignoró.
—Mi consejo, Valentina: no confundas culpa con amor. Mi hijo no te quiere. Quiere perdonarse a través de ti.
La frase la atravesó.
Valentina miró a Leonardo.
Y él no lo negó.