Cuando el Caos Aprendió a Amar

El día en que el mundo dejó de hacer ruido

El cielo tenía un color extraño.

No era gris por la lluvia ni rojo por el atardecer. Era un tono metálico, como si una enorme placa de acero hubiera cubierto el horizonte. Durante días, los meteorólogos intentaron explicar el fenómeno. Hablaron de tormentas solares, contaminación y cambios atmosféricos. Pero ninguna explicación logró tranquilizar a la gente.

La sensación era otra.

Era como si el mundo estuviera conteniendo la respiración.

Emma caminaba sola por una avenida donde antes circulaban miles de personas. Los escaparates estaban rotos, los semáforos apagados y el viento arrastraba hojas, papeles y fotografías de familias que probablemente ya no volverían a reunirse.

Hacía seis meses que todo había cambiado.

Nadie sabía exactamente cómo había empezado. Algunos culpaban a una guerra. Otros aseguraban que un virus desconocido había desatado el pánico. También circulaban rumores sobre un apagón global que destruyó las comunicaciones y dejó a los gobiernos sin capacidad de respuesta.

La verdad se había perdido entre el miedo.

Emma llevaba una mochila gastada sobre la espalda. Dentro guardaba una botella de agua casi vacía, un cuchillo, una linterna que apenas funcionaba y una pequeña libreta donde escribía cada noche.

Era lo único que la hacía sentir viva.

Cada página comenzaba igual:

"Si alguien encuentra esto, quiero que sepa que alguna vez existió un mundo lleno de risas."

A veces escribía recuerdos de su infancia. Otras veces describía los lugares abandonados que encontraba. Tenía miedo de olvidar cómo era la vida antes del desastre.

Mientras avanzaba, el silencio la inquietaba más que cualquier ruido.

No había motores.

No había música.

Ni siquiera ladraban los perros.

Solo el viento.

Se detuvo frente a una cafetería destruida. Detrás del mostrador aún había una vieja máquina de café cubierta de polvo.

Sonrió con tristeza.

Recordó las mañanas en las que su padre insistía en invitarla a desayunar antes de ir a trabajar.

—Un café no arregla los problemas —le decía él riendo—, pero ayuda a enfrentarlos.

Emma cerró los ojos.

Todavía podía escuchar su voz.

Pero al abrirlos, la realidad volvió a golpearla.

Estaba sola.

Desde que perdió a su familia, había aprendido que el dolor no desaparecía. Solo cambiaba de forma.

Un ruido metálico rompió el silencio.

Giró de inmediato.

Tomó el cuchillo.

Esperó.

Nada.

Respiró lentamente y continuó caminando.

No sabía que alguien la observaba desde el segundo piso de un edificio.

Noah llevaba varios minutos siguiéndola.

Desde su escondite la había visto detenerse, mirar las ruinas y escribir unas líneas en aquella libreta.

No parecía peligrosa.

Pero en aquel mundo nadie sobrevivía siendo ingenuo.

Él había aprendido esa lección demasiado tarde.

Antes del caos era ingeniero. Tenía una casa, un trabajo estable y una mujer con la que soñaba formar una familia.

Todo desapareció en una sola semana.

Ahora llevaba la barba descuidada, la ropa desgastada y una vieja mochila donde guardaba las pocas cosas que le quedaban.

Cuando vio que Emma entraba en un supermercado abandonado, decidió seguirla.

No por curiosidad.

Por necesidad.

La comida escaseaba.

Dentro del edificio reinaba una oscuridad espesa.

Los estantes estaban casi vacíos.

Emma encontró una lata de conservas escondida detrás de unas cajas caídas.

Sonrió.

Aquella pequeña victoria significaba un día más de vida.

Justo cuando iba a guardarla, escuchó pasos.

Se giró rápidamente.

Frente a ella apareció un hombre alto, cansado y con la mirada llena de desconfianza.

Ambos levantaron sus armas al mismo tiempo.

Ninguno habló.

Durante unos segundos solo existieron sus respiraciones.

Emma fue la primera en romper el silencio.

—Si vienes por la comida... podemos dividirla.

Noah la observó sorprendido.

En aquel mundo nadie compartía.

Nadie.

Bajó lentamente el arma.

—¿Por qué confiarías en mí?

Emma tardó unos segundos en responder.

—Porque estoy cansada de vivir en un mundo donde todos creen que el otro es un enemigo.

Aquellas palabras quedaron suspendidas entre los dos.

Noah sintió algo extraño.

No era confianza.

Era el recuerdo de lo que significaba ser humano.

Antes de que pudiera contestar, un estruendo hizo temblar todo el edificio.

El suelo vibró.

Los cristales restantes explotaron en mil pedazos.

Desde el exterior llegó un sonido profundo, imposible de describir.

No parecía un trueno.

Tampoco una explosión.

Era algo diferente.

Algo antiguo.

Ambos corrieron hacia la puerta.

Cuando salieron, levantaron la vista.

En el cielo había aparecido una inmensa grieta de luz que atravesaba las nubes de un extremo al otro del horizonte.

La gente que aún seguía con vida comenzó a salir de sus escondites.

Nadie hablaba.

Nadie entendía lo que estaba viendo.

Entonces, por primera vez desde que el mundo cayó en el caos, empezó a llover.

Pero no era agua.

Miles de pequeñas partículas luminosas descendían lentamente del cielo, iluminando las calles destruidas como si fueran estrellas cayendo sobre la Tierra.

Emma extendió la mano.

Una de aquellas luces se posó sobre su piel.

No quemaba.

No era fría.

Simplemente brillaba.

Noah dio un paso atrás.

Sintió un miedo que jamás había experimentado.

Porque comprendió algo antes que los demás.

Aquello no era el final.

Era el comienzo de algo mucho más grande.

Y ninguno de los dos imaginaba que, desde ese instante, sus destinos quedarían unidos para siempre.




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