El amanecer llegó envuelto en una niebla tan espesa que el mundo parecía haber desaparecido.
Emma abrió los ojos antes que Noah. Durante unos segundos permaneció inmóvil, escuchando el silencio. La figura de luz de la noche anterior seguía grabada en su memoria.
"El amor será la última esperanza de la humanidad..."
Aquellas palabras no dejaban de repetirse en su cabeza.
Noah terminó de guardar las pocas provisiones que tenían.
—Debemos partir ahora.
Emma asintió.
—¿Crees que el mensaje de la radio era real?
Él tardó unos segundos en responder.
—No lo sé... pero es la única pista que tenemos.
Salieron de la biblioteca mientras la niebla cubría las calles destruidas.
Cada edificio parecía un fantasma.
Cada sombra podía esconder un peligro.
Durante horas caminaron sin hablar. El cansancio comenzaba a hacerse notar. Sus mochilas pesaban más que el día anterior y el hambre volvía a recordarles que el mundo seguía siendo cruel.
De repente, Emma se detuvo.
En el suelo había pequeñas flores blancas creciendo entre las grietas del asfalto.
Era imposible.
Todo había muerto meses atrás.
Se agachó y tocó uno de los pétalos.
Estaba vivo.
—Noah...
Él se acercó.
—¿Las ves?
Noah permaneció en silencio.
Donde antes solo había cemento roto, ahora crecían decenas de flores.
—Esto no tiene sentido...
Mientras observaban aquel pequeño milagro, una voz anciana habló detrás de ellos.
—La Tierra está despertando.
Ambos se giraron de inmediato.
Un hombre de cabello completamente blanco los observaba apoyado en un bastón de madera.
Llevaba un abrigo viejo, pero limpio. Su mirada transmitía una tranquilidad que parecía imposible en aquel mundo.
—¿Quién es usted? —preguntó Noah.
El anciano sonrió.
—Alguien que lleva demasiado tiempo esperando que ustedes llegaran.
Emma sintió un escalofrío.
—¿Nos conoce?
—Más de lo que imaginan.
Noah dio un paso al frente.
—¿Qué ocurrió con el mundo?
El anciano levantó la vista hacia el cielo.
—La humanidad no fue destruida por una guerra... ni por un virus...
Hizo una pausa.
—Fue destruida cuando dejó de amar.
Emma frunció el ceño.
—No entiendo.
—Durante siglos el odio, la ambición y el miedo crecieron más rápido que la compasión. El caos que ven afuera comenzó mucho antes, dentro del corazón de las personas.
El viento agitó las flores.
—¿Y las luces? —preguntó Emma.
—Son un regalo.
—¿De quién?
El anciano sonrió, pero no respondió.
En ese instante un fuerte rugido sacudió la ciudad.
Los tres levantaron la vista.
A lo lejos, una enorme columna de humo negro comenzaba a elevarse.
El anciano cambió por completo su expresión.
—Ya vienen.
—¿Quiénes? —preguntó Noah.
—Los que quieren impedir que la esperanza vuelva a nacer.
Sin decir una palabra más, comenzó a caminar.
Emma y Noah lo siguieron.
Después de varias calles llegaron a un viejo puente parcialmente derrumbado.
Del otro lado, sobre un acantilado, podía verse un faro.
Su luz estaba apagada.
—Ese es el Faro de Santa Elena... —susurró Emma.
El anciano asintió.
—Allí encontrarán respuestas.
Antes de cruzar, Noah notó algo extraño.
Había huellas recientes.
No estaban solos.
De entre los vehículos abandonados comenzaron a aparecer varias personas armadas.
Sus rostros estaban cubiertos con máscaras negras.
Ninguno hablaba.
Solo avanzaban lentamente.
El anciano cerró los ojos.
—Corran.
Emma dudó.
—¡Pero usted...!
—No miren atrás.
Los primeros disparos rompieron el silencio.
Noah tomó la mano de Emma y ambos comenzaron a correr sobre el puente.
Las tablas crujían bajo sus pies.
El viento soplaba con fuerza.
Detrás de ellos se escuchaban gritos y disparos.
Cuando estaban a pocos metros del otro lado, una explosión sacudió la estructura.
El puente comenzó a derrumbarse.
Emma perdió el equilibrio.
Su pie quedó atrapado entre los tablones rotos.
El vacío se abría debajo de ella.
Noah, sin pensarlo, se lanzó para sujetarla.
Durante unos segundos quedaron suspendidos sobre el abismo.
—¡No me sueltes! —gritó Emma.
—Nunca lo haré.
Con todas sus fuerzas, Noah logró levantarla.
Los dos cayeron sobre la roca del otro lado del puente justo cuando la estructura se desplomó detrás de ellos.
El ruido fue ensordecedor.
Los hombres enmascarados quedaron atrapados al otro lado.
Respirando con dificultad, Emma miró a Noah.
Tenía una herida profunda en el brazo.
La sangre comenzaba a empapar su ropa.
—Estás herido...
Él sonrió por primera vez desde que se conocieron.
—Mientras sigas viva... vale la pena.
Emma sintió que algo cambiaba dentro de ella.
Por primera vez desde el inicio del caos, alguien había arriesgado su vida para salvar la suya.
No dijo nada.
Solo tomó su mano.
Y juntos caminaron hacia el faro, sin imaginar que detrás de aquella vieja puerta los esperaba una verdad capaz de cambiar el destino de la humanidad... y el suyo para siempre.