El Jardín Olvidado temblaba.
Las raíces del Gran Árbol se agitaban bajo la tierra como si intentaran escapar de una fuerza invisible. El cielo era una mezcla de luz y oscuridad. A un lado, el resplandor dorado del Corazón de la Luz; al otro, la inmensa grieta de la que emergía el Caos.
Emma sostenía la llama entre sus manos.
Era pequeña.
Frágil.
Sin embargo, cada latido de su corazón parecía alimentar aquel fuego.
Noah corrió hacia ella.
—¿Estás bien?
Emma levantó la mirada.
—No lo sé...
La llama está cambiando.
Ambos observaron el pequeño resplandor.
Dentro del fuego comenzaron a aparecer imágenes.
Primero vieron a un niño compartiendo el último trozo de pan con su hermana.
Luego a una médica que permanecía junto a un paciente cuando todos los demás habían huido.
Después, una anciana abrazando a una mujer que acababa de perder a su hijo.
Miles de escenas aparecían una tras otra.
Personas comunes.
Actos sencillos.
Gestos de amor que habían sobrevivido incluso durante el caos.
Gabriel sonrió.
—¿Lo entienden ahora?
Emma no apartaba los ojos de la llama.
—Cada vez que alguien ama...
La Luz crece.
—Exactamente.
El Caos jamás pudo destruirla por completo porque siempre hubo alguien dispuesto a hacer el bien, incluso cuando parecía inútil.
Un rugido sacudió el jardín.
La inmensa sombra descendió unos metros más.
Los ojos rojos se abrieron completamente.
El aire se volvió pesado.
Todos los presentes sintieron el mismo pensamiento invadir sus mentes.
"Ríndanse..."
"Ya han sufrido demasiado..."
Muchos de los Hijos del Vacío dejaron caer sus armas.
Algunos comenzaron a llorar.
Otros se arrodillaron.
La voz del Caos no obligaba.
Convencía.
Prometía descanso.
Prometía olvidar el dolor.
El padre de Noah cayó de rodillas.
Se sujetó la cabeza con ambas manos.
—¡Haz que se calle!
—¡Por favor!
Noah corrió hacia él.
Era la primera vez que veía a su padre luchar contra aquella influencia.
—Papá...
El hombre levantó lentamente la vista.
Sus ojos alternaban entre el negro absoluto y el color marrón que Noah recordaba de su infancia.
—Hijo...
No dejes...
No terminó la frase.
La oscuridad volvió a apoderarse de él.
Con un grito desesperado empujó a Noah lejos de su alcance.
—¡ALÉJATE!
En ese instante, una columna de sombras descendió desde la grieta.
Golpeó directamente el Gran Árbol.
Un sonido seco atravesó el jardín.
Una enorme grieta apareció en el tronco.
Las hojas comenzaron a desprenderse como lluvia.
Gabriel cerró los ojos.
Sabía lo que significaba.
—No...
Emma sintió que el Corazón de la Luz perdía intensidad.
La pequeña llama apenas podía mantenerse encendida.
Entonces recordó las palabras de la figura luminosa que había visto en la biblioteca.
"El amor será la última esperanza de la humanidad."
Miró a Noah.
Él también la estaba mirando.
Durante todo el viaje habían compartido miedo, hambre, pérdidas y esperanza.
Nunca se habían atrevido a ponerle nombre a lo que sentían.
Quizá porque ambos temían perderlo.
Emma dio un paso.
Luego otro.
Hasta quedar frente a él.
El ruido del jardín desapareció.
Solo existían ellos dos.
—Si este es el final...
No quiero irme sin decirte la verdad.
Noah sintió un nudo en la garganta.
Emma respiró profundamente.
—Te amo.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
No eran un impulso.
Eran una decisión.
Una verdad nacida entre las ruinas del mundo.
Noah sonrió con los ojos llenos de lágrimas.
—Pensé que nunca volvería a escuchar esas palabras.
Tomó el rostro de Emma entre sus manos.
—Y yo también te amo.
En el instante en que sus frentes se unieron, el Corazón de la Luz estalló en un resplandor tan intenso que todo el jardín quedó iluminado.
Las flores marchitas volvieron a florecer.
Los arroyos recuperaron su transparencia.
Las ramas secas comenzaron a cubrirse de hojas plateadas.
Incluso algunos Hijos del Vacío retrocedieron, confundidos por aquella energía.
El Caos rugió con una furia que hizo temblar las montañas.
No soportaba aquella luz.
Porque el amor verdadero era lo único que no podía controlar.
Sin embargo, la alegría duró apenas unos segundos.
Gabriel observó la llama con preocupación.
Había recuperado su brillo.
Pero también estaba consumiéndose más rápido.
El anciano comprendió algo que no había visto antes.
Palideció.
Emma notó su expresión.
—¿Qué ocurre?
Gabriel tardó varios segundos en responder.
La verdad era demasiado cruel.
Finalmente habló.
—La Luz ha despertado completamente...
Pero exige un precio.
El silencio cayó sobre el Jardín.
Noah sintió un escalofrío.
—¿Qué precio?
Gabriel bajó lentamente la cabeza.
—Para sellar el Caos para siempre...
Alguien deberá entregar voluntariamente su propia vida.
El viento dejó de soplar.
Nadie dijo una palabra.
Emma miró a Noah.
Noah la miró a ella.
Y ambos comprendieron, al mismo tiempo, que el sacrificio ya había comenzado mucho antes de que alguien pronunciara esa sentencia.
Porque amar de verdad también significaba estar dispuesto a perderlo todo por la persona que se ama.
A lo lejos, la grieta del cielo siguió abriéndose.
Y el Caos sonrió por primera vez.