Llevo más de media hora moviendo papeles de un lado a otro de la mesa, pero en realidad lo que estoy haciendo es repetir sus palabras en mi cabeza.
“Qué ironía que compitamos por algo que tengo que explicarte yo.”
Vuelvo a leer una de las hojas que me ha dejado: esquema del flujo de trabajo, plantillas de informes, claves del servidor. Todo perfectamente ordenado, con instrucciones claras. Tiene letra bonita, para colmo. De esa pulcra, inclinada, que da rabia.
Si antes pensaba que era insoportable, ahora tengo claro que también es un engreído.
Coloco las carpetas en una bandeja metálica, apilo los diccionarios, dejo a Harry Potter vigilando desde la esquina del escritorio y abro un documento en blanco para empezar a organizarme.
Pero mi estómago decide que ya es suficiente organización por hoy y protesta con un rugido bastante poco discreto.
Miro la hora. Es casi la una. Perfecto.
Recojo el móvil y el abrigo, apago la pantalla del ordenador y salgo del despacho. He quedado con Paula para comer en un ramen del Soho que, según ella, “te cura traumas y resacas”. No sé qué tipo de carta terapéutica tienen, pero a mí me vale.
Cojo el autobús y voy pegada a la ventana, viendo cómo las calles cambian. Cada barrio tiene su olor, su ruido, su propio idioma.
Cuando llego al restaurante, el escape de vapor de la puerta ya huele a caldo y salsa de soja. Es pequeño, con mesas de madera apretadas y farolillos rojos colgando del techo. En la mesa del fondo, Paula me hace señas con los brazos como si el local no tuviera quince metros cuadrados.
—Aquí, aquí —dice, como si no la hubiese visto.
Me quito el abrigo y me siento frente a ella.
—Tienes ojeras de novela rusa —comenta, mirándome de arriba abajo—. ¿Qué tal la mañana?
—Intensa —respondo, dejando el bolso en la silla—. He estado organizando todo lo que me ha dado Liam.
—Ah… —alarga la sílaba con intención—. El compañero encantador.
Pongo los ojos en blanco.
—Encantador no es la palabra. Me ha explicado el sistema como si tuviera cinco años. Y luego ha soltado una frase condescendiente sobre lo irónico que era que compitiéramos.
Paula chasquea la lengua.
—Qué majo. Dan ganas de invitarlo a una caña. Y luego tirarlo al Támesis.
Me río, porque me la imagino perfectamente haciéndolo.
Nos traen la carta, pero ni la miramos demasiado. Paula pide su ramen favorito “el picante, pero no tanto como para morir” y yo la imito. Confío en ella en estas cosas. En hombres, no tanto, pero en comida sí.
Cuando el camarero se va, apoyo los codos en la mesa.
—No puedo con el tema de la música, Paula.
—¿Otra vez estuvieron anoche? —pregunta.
—Sí. Hasta tarde. Y yo con los nervios del curro, pues maravilloso combo. ¿Tú nunca les has dicho nada?
Paula niega con la cabeza.
—La verdad es que no. He coincidido con él un par de veces en el ascensor desde que vivo allí, pero ya está. Siempre me ha parecido majo, algo tímido. Y no ensayan todas las noches, eh. Suelen ser un par de veces a la semana.
—Bueno, pues si sigue así, como esto me toque otra vez encima de la cabeza hasta las once de la noche, subo a decirles algo —digo, cruzando los brazos.
Paula sonríe de lado, esa sonrisa de cuando ve una buena escena venir.
—No eres capaz.
La miro, ofendida.
—¿Perdona?
—Que no, que tú eres muy mona, muy educada, muy de hablar bajito —dice, burlona—. Pero de subir cabreada a un tercero a poner a caldo a un grupo de música… no te veo.
—Apunta y subraya —respondo—. Como hoy vuelvan a empezar, subo.
—Vale, vale —rie ella—. Yo, por si acaso, me pongo detrás con el móvil grabando. Para la posteridad.
Nos traen los boles de ramen y el olor me golpea de lleno. Caldo humeante, noodles, huevo marinado, cebollino, un toque de picante. Doy un sorbo con los palillos torcidos y casi se me saltan las lágrimas de lo bueno que está.
—Madre mía —murmuro—. Creo que me acabo de enamorar.
—¿Ves? El Soho siempre soluciona cosas —dice Paula, orgullosa.
Pasamos la comida entre sorbos, risas y quejas varias sobre la vida adulta. Hablamos de Lily, del hospital, de mis amigas de Barcelona, de lo de siempre. Lo de siempre.
Cuando volvemos a casa ya es de noche. Nos damos una ducha rápida cada una, nos ponemos el pijama y montamos una especie de cena de picoteo sobre la mesa del salón. Abro la bolsa con los productos que traje de España: jamón, queso, aceitunas, picos, una lata de mejillones que mi madre habría aprobado.
—Esto sí que es alta cocina —dice Paula, con un trozo de queso en la mano.
—Lily se va a hacer adicta a los picos —añado mientras abro otra bolsa—. Tiempo al tiempo.
Ponemos una serie de fondo, comentamos chorradas, y por un rato todo es sencillo. Me olvido de Cristian, de Liam, del proyecto, de las dudas.
Hasta que la guitarra empieza a sonar.
Primero floja, como un murmullo. Luego la batería. Luego una voz probando el micrófono. Y, de repente, el techo vuelve a vibrar como si estuviéramos viviendo dentro de un amplificador.
Paula me mira con media sonrisa.
—Bueno… ya está sonando tu grupo favorito.
Aprieto la mandíbula.
—No puedo más, de verdad. Hoy no.
Paula se cruza de brazos, disfrutando demasiado.
—No eres capaz.
Es la segunda vez que me lo dice en el día. Me levanto del sofá de golpe.
—Abrigo no hace falta, ¿no? —mascullo.
—¿En serio vas a subir? —pregunta, pero ya se está levantando también.
—En serio voy a subir.
Abro la puerta del piso y el sonido se hace aún más nítido en la escalera. Subo los peldaños del segundo al tercero con el corazón acelerado, no sé si por la rabia, los nervios o las dos cosas.
Paula viene detrás, casi pisándome los talones.
—Te juro que si te da cosa, yo hablo —susurra.
—No, no. Hablo yo —respondo, apretando los puños.