Abro la puerta y me la encuentro a ella.
Aurora. En pijama, con una coleta mal hecha y los ojos encendidos. Detrás, su compañera de piso la mira por encima del hombro como si acabara de ponerle su serie favorita en directo.
Hace un segundo estábamos ensayando. Tres golpes en la puerta y todo se ha quedado en silencio.
—Tú —dice Aurora, frunciendo el ceño.
—Yo —respondo, apoyándome en el marco—. Qué casualidad.
—Somos las del segundo —añade, cruzándose de brazos—. Las que estamos intentando dormir mientras hacéis temblar el edificio.
Vecinas. Perfecto. Rival en la oficina y, encima, alérgica a los ensayos del grupo. Muy bien, Liam, elección de piso impecable.
—Estamos ensayando —digo—. No sacrificando cabras.
La compañera de piso suelta una risita nerviosa. Aurora ni se inmuta.
—Lleváis más de una hora —continúa—. La batería parece que esté en mi mesilla de noche. Te estoy pidiendo que bajéis el volumen, no que dejéis la música para siempre.
Suena razonable. Bastante.
Pero cuando algo me descoloca, saco el escudo.
—Ensayamos dos noches a la semana —respondo—. Tampoco es que montemos un festival diario.
—Dos noches a la semana en las que no se puede pegar ojo —replica—. Madrugo, Liam. Trabajo. Necesito descansar.
Que diga mi nombre así, tan cargado, me da de lleno. Así que, en vez de aflojar, aprieto más. Muy yo.
—Igual el problema no es la música —suelto—. Igual es que vienes ya enfadada de casa.
La otra chica abre mucho los ojos.
Aurora también, pero en los suyos no hay sorpresa: hay chispa.
—¿Perdona? —pregunta despacio.
Podría recular. No lo hago.
—Este edificio siempre ha sido ruidoso —añado—. Quien vive aquí convive con eso.
—Quien vive aquí —responde ella, acercándose medio paso— también paga alquiler y tiene derecho a dormir. No te estoy pidiendo nada del otro mundo, solo que bajéis un poco. Un mínimo de respeto.
Nos quedamos unos segundos en silencio. Siento a Eddie, Maya y Tom detrás de mí, callados, esperando a ver si la bomba explota o no.
Podría decirle que vale, que ahora mismo bajo el volumen. Podría.
En lugar de eso, escucho salir mi propia voz:
—Estamos acabando —miento—. En nada paramos.
—Eso llevas diciendo desde las diez —responde, con una sonrisa fría—. Prometer que acabas “en nada”.
—Venga, vamos —dice su compañera en voz baja, tocándole el brazo—. Mañana madrugas.
Aurora respira hondo, sin apartar la mirada de la mía.
—Perfecto —dice al final—. Si mañana sigo sin dormir, ya veré qué hago.
Se gira un poco, como si estuviera a punto de irse.
—Buenas noches, Aurora —digo, porque al parecer todavía me queda una pizca de estupidez por gastar.
—Imposible —contesta—. Pero gracias por intentarlo.
La réplica se queda flotando entre los dos.
No digo nada más.
Cierro la puerta.
El silencio pesa más que la música.