Cuando entramos en casa, cierro la puerta con más fuerza de la necesaria. El corazón me late demasiado rápido.
—Vale, Aurora, ¿me quieres explicar qué coño ha sido eso? —pregunta Paula, plantándose en medio del salón con los brazos en jarras.
Suelto el aire despacio y me paso una mano por el pelo, colocándome un mechón detrás de la oreja.
—No me puedo creer que esto me esté pasando a mí —murmuro, más para mí que para ella.
—Ya, ya, pero es que yo tampoco me lo creo —insiste—. ¿Quién es? ¿Desde cuándo lo conoces? ¿Por qué parece que estéis en medio de un capítulo de culebrón?
Me dejo caer en el sofá, todavía con el pijama puesto y las pulsaciones por las nubes. La música sigue sonando arriba, algo más baja, pero sigue ahí, vibrando en el techo.
—Es mi compañero de trabajo —digo al fin, mirándola—. El traductor. El idiota con el que me choqué el primer día. Ese.
Paula parpadea varias veces, como si necesitara unos segundos para procesarlo.
—¿Perdona? —pregunta al final—. O sea… ¿el tío con el que trabajas… es el vecino del tercero que monta conciertos en casa?
Asiento.
—Efectivamente. Bienvenida a mi vida.
Paula se deja caer a mi lado, con los ojos muy abiertos.
—Tía, esto es una telenovela argentina de las buenas. Solo falta que en realidad sea millonario y tenga un gemelo malvado.
Me sale una risa corta, tensa.
—¿Tú has escuchado cómo me ha hablado? —pregunto, sintiendo la rabia subir otra vez—. O sea, como si la rara fuera yo, como si pedir dormir fuera un crimen. ¿Con qué derecho me habla así?
—A ver, también lo habéis hecho fatal los dos —dice Paula, levantando las manos—. Tú has subido con el modo drama activado y él tiene pinta de tener el ego más grande que el propio edificio.
—Pues que se lo meta en una caja fuerte —respondo, cruzándome de brazos—. Porque encima mañana me toca verlo en la oficina como si nada.
Me imagino entrando en mi despacho, recibiendo un “buenos días” suyo como si anoche no me hubiera soltado lo de que estoy “tensa”. Me hierve la sangre solo de pensarlo.
—Bueno —dice Paula, dándome un pequeño empujón con el hombro—. Por lo menos tienes algo de emoción en tu vida sentimental.
—No es mi vida sentimental —protesto enseguida—. Es… mi vida laboral. Y mi descanso. Y mi salud mental.
—Ya, ya —responde ella, con media sonrisa—. Llámalo como quieras.
Negaré esto siempre delante de ella.
No pienso analizar nada de eso.
La música sigue sonando de fondo, aunque noto que han bajado un poco el volumen. A los diez minutos, por fin, cesa del todo. El silencio se cuela en el salón como si alguien hubiera apagado también una parte de mí que estaba en tensión constante.
—Voy a acostarme —digo, levantándome—. Mañana me espera el genio del tercer piso y el maravilloso proyecto de traducción.
—Cualquier cosa, me llamas —dice Paula, poniéndose de pie también—. Y si mañana te mira mal, le lanzo por la ventana desde el segundo.
Sonrío.
—Trato hecho.
La abrazo despacio y me voy hacia mi habitación. Lolo sale de debajo de la cama justo cuando abro la puerta, con las orejas levantadas y ese trote que tiene cuando se emociona.
—Hola, pequeño —susurro, agachándome para acariciarle—. Menos mal que tú no haces ruido por las noches.
Él solo me mira, parpadea y me sigue hasta la cama como una sombra blanca. Dejo el móvil en la mesita, pero después de unos segundos lo cojo de nuevo.
Abro WhatsApp y entro en el chat de mi madre.
“Mañana te llamo, pero todo va bien. El trabajo está siendo mejor de lo que pensaba. Te quiero”, escribo.
Le doy a enviar y cierro la conversación. Basto con eso por hoy. Con saber que está ahí, al otro lado.
Deslizo el dedo por la pantalla y, casi sin querer, el chat de Cristian aparece justo debajo. El nombre aparece en la pantalla.
No entro. No puedo.
Pero veo la última línea: “escribiendo…”
Y en ese momento, todo mi mundo se congela.