El “escribiendo…” desaparece.
Me quedo paralizada, con el móvil temblando entre los dedos.
¿Qué cojones…?
Vuelve a aparecer.
Vuelve a desaparecer.
Siento cómo se me acelera el corazón. El aire se me queda atascado a medio camino.
Bloqueo la pantalla de golpe. Cuando la vuelvo a encender, el “escribiendo…” ya no está.
Necesito salir de mi cabeza.
Me levanto de la cama casi sin sentir las piernas y cruzo el pasillo a oscuras. Lolo se queda en la puerta, mirándome como si entendiera que algo no va bien.
Toco a la puerta de Paula con los nudillos, suave al principio.
—¿Pau? ¿Estás despierta?
—Sí, claro, entra —responde enseguida.
Abro la puerta. Está en la cama, con el portátil apoyado en las piernas y el pelo recogido en un moño deshecho. En cuanto ve mi cara, cierra el ordenador sin preguntar.
—¿Qué ha pasado? —pregunta, dejando el portátil en la mesilla—. Tienes la misma cara que cuando suspendiste mates en primero de bachiller.
Intento reírme, pero no me sale.
—Es… Cristian —consigo decir.
Solo su nombre ya me sabe a hierro en la lengua.
Los ojos de Paula se ablandan.
—Ven aquí —dice, dándome sitio a su lado.
Me siento en la cama, con el móvil aún en la mano, como si se me hubiera pegado a la piel. Se lo enseño. El chat abierto, los últimos mensajes suyos de hace meses. “Háblame, por favor”. “No quiero que las cosas terminen así”. “Te quiero”.
Y ahora, el vacío. Ni un mensaje nuevo. Solo ese “escribiendo…” que ha aparecido y desaparecido como un fantasma.
—Estaba conectado —digo, notando cómo se me quiebra la voz—. Ha empezado a escribir. Lo he visto. Y después nada.
Paula guarda silencio unos segundos.
—¿Y tú? —pregunta al final, con suavidad—. ¿Qué has hecho?
—Nada —respondo, sintiendo la vergüenza subir a las mejillas—. Nada, Pau. Me he quedado mirando la pantalla como si… —trago saliva— como si tuviera quince años otra vez.
Ella no dice “no pasa nada”. No dice “es normal”. Solo se queda mirándome, esperando. Sabe que hay más.
Respiro hondo.
—Es que… —empiezo, y noto cómo se me hace un nudo en la garganta—. Todavía no entiendo qué pasó.
Las palabras salen torpes, pero salen.
—Un día estábamos haciendo planes. Y al siguiente me miró a los ojos y me dijo que ya no sentía lo mismo. Así. Como si… como si se hubiera despertado un día y se le hubiera acabado el amor de repente.
Paula se queda muy quieta.
—No me dio opción a pelear —continúo—. Ni a preguntar. Ni a intentar arreglar nada. Solo… “lo siento, Aurora, ya no te quiero”. Y yo… —me llevo una mano al pecho— yo me quedé ahí, plantada, como una idiota, sin saber qué decir.
Las lágrimas empiezan a caer, silenciosas, sin que pueda detenerlas.
—Y desde entonces —susurro— no puedo dejar de pensar que la culpa es mía. Que algo hice mal. Que fui demasiado. O que no fui suficiente.
Paula niega con la cabeza, con fuerza.
—No —dice—. No, Aurora.
—Es que yo lo quería tanto… —la voz se me rompe del todo—. Le di todo, Pau. Todo. Cada trocito de mí. Y el día que se fue, me dejó vacía. Como si yo también me hubiese ido con él.
Me cubro la cara con las manos. Siento que me estoy deshaciendo en su cama, en otro país, en otra vida, y aun así es como si estuviera de vuelta en aquel salón, con la maleta al lado de la puerta y su mirada evitándome.
—Y ahora —continúo entre sollozos— aparece ese “escribiendo” de mierda y… se me enciende una parte de mí que odio. La parte que piensa “igual se ha arrepentido”, “igual quiere saber de ti”, “igual…” —sacudo la cabeza—. Y al mismo tiempo, otra parte me grita que ni se le ocurra, que no quiero volver a romperme así.
Paula se acerca y me aparta con cuidado las manos de la cara. Me limpia las lágrimas con los pulgares.
—Mírame —dice, suave pero firme.
Levanto la vista.
—Lo que hizo fue una mierda. Y no fue culpa tuya —dice despacio, marcando cada palabra—. Él tomó la decisión de irse sin darte la oportunidad de entender nada. Eso habla de él. No de ti.
Niego, muy despacio.
—¿Y si sí? ¿Y si yo fui demasiado intensa? ¿Demasiado pesada? ¿Si agobié? ¿Si…?
—¿Si fuiste humana? —me interrumpe—. ¿Si quisiste mucho? ¿Si te hizo ilusión construir una vida con él? Eso no es un defecto, Auri. Es tu forma de querer.
Vuelvo a llorar. Más fuerte. Como si me estuvieran arrancando algo que llevaba demasiado tiempo encajado a presión en el pecho.
—Yo… tengo miedo —confieso en un hilo de voz—. Miedo de volver a querer así. Miedo de no ser suficiente. Miedo de que… de que se vayan otra vez.
Paula me abraza entonces, fuerte, como si quisiera pegar mis trozos con sus brazos. Apoyo la frente en su hombro y dejo que el llanto salga por fin, sin control.
—Te juro —susurra cerca de mi oído— que no estás rota. Que no eres menos por lo que ha pasado. Que no fue porque tú no valieras.
—Pero… —intento decir.
—No —repite, con más firmeza—. Él se fue, sí. Y duele. Y vas a seguir echándolo de menos un tiempo. Y vas a seguir revisando si está en línea, y vas a seguir viendo su nombre y sintiendo que te falta el aire. Todo eso es parte del duelo. Pero tú no eres esa chica a la que dejaron y ya. Eres mucho más que eso.
Cierro los ojos. Me aferro a sus palabras como quien se agarra a una tabla en mitad del mar.
—No sé… no sé cómo dejar de sentirme culpable —susurro.
—No tienes que saberlo hoy —responde—. Hoy solo tienes que llorar lo que no has llorado. Lo demás iremos viendo cómo se hace. Poco a poco.
Asiento contra su hombro. No tengo fuerzas para más. El cansancio me cae encima de repente, junto con toda la tristeza que he ido guardando estos meses para “estar bien”, para “seguir adelante”, para no preocupar a nadie.
Paula se tumba un poco más en la cama y me hace hueco. Me acomodo a su lado, de lado, en dirección a la pared. Ella se queda detrás de mí, en cucharita, y empieza a acariciarme el pelo despacio, una y otra vez, desde la raíz hasta las puntas.