Cuando el corazón despierta

Capítulo 14 - Liam

Me despierto con el móvil vibrando sobre la mesita. Miro la pantalla entrecerrando los ojos. Mamá. Otra vez.
—Joder… —murmuro, pero deslizo para coger la llamada igualmente—. Hola.
—Buenos días, cariño —dice ella con esa voz que siempre suena a domingo por la mañana—. ¿Te he despertado?
—Un poco —respondo, despeinándome aún más el pelo—. Pero da igual. ¿Qué tal?
La oigo moverse por la cocina, el ruido de una taza, el grifo. Me la imagino allí, con la bata de flores y el pelo recogido de cualquier manera. Me muerdo el interior de la mejilla. La echo de menos.
—Todo bien. Georgina se ha ido ya a la uni —dice—. Está con los exámenes. Está nerviosa perdida.
—Dile que no dramatice tanto —contesto—. Siempre aprueba todo.
—Eso le he dicho yo —responde, con una pequeña risa—. Pero ya sabes cómo es. Se agobia por todo.
—Me suena.
—¿Hoy tienes club? —pregunta, cambiando de tema.
—Sí. Esta noche. Tres horas de música en directo. Si salgo vivo, te escribo —bromeo.
—Te irá bien. Siempre te va bien cuando tocas —dice con un orgullo que casi me molesta—. ¿Y en el trabajo? ¿Cómo va?
Mi mente se va directa a Aurora. A su cara anoche, al otro lado de la puerta. A cómo apretaba la mandíbula cuando me gritaba por el ruido. A cómo se le encendían los ojos.
—Bien —respondo, demasiado rápido—. Mucho curro. Ya sabes.
Hay un silencio pequeño. El silencio en el que sé lo que viene después.
—Liam… —empieza—. ¿Has hablado con tu padre?
Cierro los ojos. Ahí está.
—No.
—Cariño, podrías…
—No, mamá —la corto, más brusco de lo que debería—. No pienso hacerlo.
Ella suspira al otro lado. Es un suspiro cansado, de años.
—Solo te digo que te lo plantees. No por él. Por ti. Pero… —se calla un segundo— sabes que respetaré lo que decidas.
Trago saliva. Miro el techo. Me gustaría que fuese tan fácil como “planteárselo”.
—Lo sé —respondo, más bajo—. ¿Está bien?
—Está… como siempre —dice, sin añadir nada más. Y eso ya lo dice todo—. No quiero que discutáis. Solo… cuídate, ¿vale?
—Tú también. Y dile a Georgina que me escriba cuando tenga un rato.
—Se lo diré. Te queremos.
—Yo también —respondo, antes de colgar.
Dejo el móvil en la cama y me quedo unos segundos mirando el techo. Podría quedarme así toda la mañana. Pero tengo trabajo. Y esta noche tengo club.
Me ducho, me visto con lo primero que pillo: vaqueros, camiseta negra, sudadera. Cojo la guitarra un segundo, abro la funda y paso la mano por el mástil. La revisaré después, cuando vuelva. Hoy llegaré justo: salir de la editorial, pasar por casa, cambiarme, coger la guitarra e ir directo al club para ensayar antes del concierto.
Ojalá el día pasase tan rápido como acabo de planearlo en mi cabeza.
*
Cuando llego a la oficina, Aurora ya está ahí. La veo a través del cristal de su despacho: sentada, concentrada en unos papeles, el ceño fruncido. Parece tranquila. Muy distinta a la chica que anoche me estaba echando una bronca en el rellano.
No puedo evitar acordarme de su cara cuando abrió la puerta y me vio. Primero sorpresa. Luego rabia pura. Y debajo de todo eso, algo más. Algo que no sé nombrar, pero que me pica por dentro.
No es frágil. Solo parece que lo es.
Me acerco a la máquina de café. Aprieto dos veces el botón. Dos vasos. No sé muy bien por qué lo estoy haciendo. Podría perfectamente ignorarla. Probablemente sería lo lógico. Pero la imagen de sus ojos anoche me viene a la cabeza otra vez: rabia, sí. Pero también… cansancio.
Cojo los dos cafés y camino hacia su despacho. En la puerta hay un post-it de Neil pegado en el marco. Ni me molesto en leerlo. Llamo con los nudillos y abro.
Aurora está sentada en su mesa, rodeada de carpetas. Tiene ojeras marcadas y la piel un poco hinchada alrededor de los ojos. Como si hubiese llorado. Más de lo que le gustaría admitir.
Y ahí está, en la esquina de su escritorio: el Funko de Harry Potter. El mismo que tengo yo en mi estantería de casa. Una coincidencia estúpida, pero la veo igual.
—Toma —digo, dejando un vaso a su lado—. Por si anoche no dormiste mucho.
Ella me mira un segundo, como si intentara averiguar qué pretendo exactamente. Luego baja la vista al café y vuelve a mí. De cerca se le notan aún más los ojos rojos.
—Gracias —responde, escueta—. De verdad.
Silencio. Podría irme ya. Debería irme ya. Pero la pregunta se me escapa.
—¿Estás bien, Aurora?
Ella aprieta los labios, como si no le gustase nada que le haga esa pregunta yo, precisamente yo.
—Estoy bien —dice al final—. Gracias por el café. Ya puedes irte.
Podría picarme el orgullo. Podría soltar algún comentario sarcástico. En su lugar, asiento despacio.
—Intentaré no tocar hasta tan tarde y bajar el volumen —añado, apoyado en el marco de la puerta—. Lo del grupo.
Su mirada chispea un segundo.
—Haz lo que quieras —responde—. No tienes que darme explicaciones.
Trago una sonrisa que intenta asomar. Vale. No quiere tregua. Perfecto.
—Como quieras —digo, neutral.
Salgo del despacho y cierro la puerta detrás de mí. Me quedo un segundo en el pasillo, con el café en la mano, mirando el cristal desde fuera. Ella se sienta, coge un bolígrafo y se inclina sobre los papeles, como si necesitara concentrarse en cualquier cosa que no sea… lo que sea que le pasa.
Doy un sorbo a mi propio café.
No me gusta meterme en la vida de nadie. Mucho menos en la de una compañera de trabajo que ya ha decidido que soy el enemigo. Bastante tengo con mis propios desastres: un padre al que no quiero ver, una madre que se parte en dos intentando sostenerlo todo, una hermana que cree que puedo salvar el mundo con una canción.
Y aun así… ahí estoy. Pensando en los ojos hinchados de Aurora. En cómo se defendía anoche, como si todo dependiera de no ceder ni un milímetro. En cómo, detrás de esa cara de niña buena, hay algo que no encaja con la palabra “fragilidad”.
Me recoloco la guitarra imaginaria en el hombro. La de verdad me espera en casa.
Este proyecto tiene que ser mío. Eso lo tengo claro.
Nunca me ha importado competir. Hasta ahora.




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