Rebeca cerró la puerta del dormitorio. El clic del picaporte sonó exageradamente claro en la habitación, como si marcara el fin de una función. Dejó el bolso sobre la cómoda, junto a los frascos de perfume alineados, y se quedó mirando en el espejo.
La mujer que tenía delante no parecía haber perdido nada. El peinado seguía impecable, el labial en su lugar.
Se quitó las perlas despacio. Una a una, las esferas resbalaron entre sus dedos hasta caer en su mano con un leve chasquido. Las dejó sobre el tocador, donde quedaron ordenadas como un pequeño círculo roto. Por un instante, el peso ausente alrededor del cuello la hizo sentirse menos protegida. Se llevó la mano a la clavícula, como si buscara recuperar esa armadura fría.
Se sentó en la orilla de la cama, con la espalda muy recta, y apoyó las manos sobre la colcha perfectamente extendida.
Alzó la vista hacia el lado del armario de Anselmo. La puerta estaba entreabierta. Vio un traje que no alcanzó a meter en la maleta. Le molestó que se hubiera ido dejando cosas. Le molestaba, aún más, que eso le diera esperanza de que volvería.
Pensó en Adrián, en cómo la había mirado al preguntarle si estaba bien. Había en esos ojos una mezcla de ternura, y distancia.
Miró el portarretrato en la mesa de noche: Adrián niño, con el uniforme impecable, entre ella y Anselmo. Los tres sonriendo a la cámara, congelados en una versión de familia. Sintió la tentación de llorar, pero la desechó con un gesto mínimo, casi imperceptible. Llorar era admitir pérdida, y ella se había prometido no perder nunca.
Se permitió un suspiro, apenas audible. Fue lo más parecido a una confesión que se concedió esa noche. Aún no estaba lista para que nadie —ni siquiera ella misma— la viera derrumbarse.
El mundo parpadeó: para ella la noche caía como un telón, para los demás, el día se alzaba como un escenario recién encendido.
El día es agradable, en la bahía, Anselmo descansa en la terraza como si el invierno se hubiera resignado a quedarse en la ciudad. Sin embargo, unas nubes grises se deslizan por el cielo y le recuerdan que la primavera aún está lejos.
Un golpe de viento le eriza la piel. Instintivamente, extiende la mano hacia el respaldo de la silla contigua, donde solía esperarlo una manta doblada.
La soledad no hace ruido, pero está en todas partes: en la silla vacía, en la mesa demasiado ordenada, en el frasco de medicinas que nadie le recuerda tomar.
Anselmo deja escapar una sonrisa torcida.
Rebeca habría aparecido ya en la puerta, con el ceño fruncido, la manta en una mano y las pastillas en la otra. “Abrígate, Anselmo. Y toma tus medicinas”.
Respira hondo.
—Mujer mandona… no dejas de dar órdenes —susurra, como si ella todavía pudiera oírlo desde algún rincón de la casa.
Se levanta con desgano, toma el abrigo y sale. No lo decide; más bien, sus pies lo llevan. Tiene ganas de caminar por la playa, aunque sabe que la arena y el mar también guardan memoria.
Los pescadores lo saludan con respeto, otros le invitan un trago en la cantina. Él responde con una sonrisa breve, pero no acepta. No quiere enfrentarse a las preguntas que le rondan desde hace años y que, en boca ajena, se vuelven insoportables.
El tiempo pasa así: indiferente, lento, pesado. Días grises, con apenas algunos destellos de luz cuando el cielo se despeja por un momento.
Creyó encontrar la paz, pero no era paz: era solo cansancio. Los pensamientos y la culpa siguen ahí, tercos, sentados a su mesa, durmiendo en su cama, esperándolo cada mañana.
Recuerda las palabras de Adrián: “El hombre más íntegro que conozco”. Resopla. El título se le incrusta en el pecho como una piedra húmeda. La integridad pesa más cuando uno sabe lo que ha callado.
Tal vez por eso, sin pensarlo demasiado, una tarde cambia el rumbo de su caminata y se encamina hacia la cantina del muelle. Había olvidado —o fingido olvidar— el olor espeso de la pesca, mezclado con el humo del tabaco y el filo agrio del licor. Todo se le pega a la ropa, a la piel, a los recuerdos.
Al entrar, el murmullo de voces, el entrechocar de vasos y el chasquido de las fichas de dominó lo reciben como a un viejo conocido. Se sienta en un rincón, tratando de hacerse pequeño, pero no puede. Su presencia se impone, aunque él no lo desee: hombre grande, macizo, con el cabello blanco perfectamente peinado, como si aún debiera dar ejemplo a alguien. En sus ojos, el cansancio ha hecho nido.
Los pescadores van llegando después de una jornada larga en alta mar. Traen el aroma del mar en la ropa, en las manos, en la voz. Entre ellos viene un viejo pescador, de nombre Manuel, fue él quien encontró a Adrián en la orilla de la playa.
Lo ve entrar y sabe, sin lugar a dudas, que ya no puede seguir esquivando el tema. El hombre sin que lo inviten corre una silla y se sienta frenta a Anselmo, pide una botella, que se agota casi sin que lo noten.
Hablan de cosas pequeñas, del clima, de la pesca, de motores que fallan y redes que se rompen. La conversación avanza despacio, tropezando con silencios densos.
Entonces llega la segunda. El mesero la deja y se aleja sin hacer ruido. Manuel la observa un segundo, rompe el sello y sirve en ambos vasos.