Cuando el Corazón Recuerda

Capítulo 37 Lo que se Rompe en Silencio

El día amaneció con esa luz limpia que queda cuando la lluvia se ha ido. Los charcos marcaban las aceras y la gente caminaba esquivándolos. El olor a humedad seguía presente. No había mucho ruido; solo autos pasando y algún pájaro madrugador.

Mateo camina rápido, cargando un par de cajas contra el pecho; la humedad le pega la camisa a la espalda. El vapor dulce que se escapa de la pastelería le promete un refugio tibio...

Y la sonrisa de Florencia es como el sol en pleno julio.

Mateo ha ordenado los pasteles en el mostrador y atiende con gentileza; las clientas se marchan riendo, encantadas, llevando más de lo que pensaban comprar. Él sonríe, y cuando la puerta se cierra, exhala con alivio.

Florencia alza las cejas, señalando la pared.—Pondremos un retrato tuyo como empleado del mes.

Mateo sonríe.—Soy encantador.

—Lo sé —dice ella, sin solemnidad.

Él la abraza.—¿Vamos a la parte de atrás?

Florencia se aparta, riendo.—Hoy cerraremos temprano. Isabela tiene una cita con Andrés.
Mateo mueve algunas cajas, y murmura algo.
—Por qué estás refunfuñando ¿Y esa cara?, pregunta Florencia al notar un gesto en el rostro de Mateo.
Él se encoge de hombros.—Ese tipo no termina de convencerme.
—Es a Isabela a quien tiene que convencer —contesta ella, divertida.

Mateo vuelve a hacer una mueca.—Llegó como un cachorro: cabizbajo, temeroso… Esa clase de sujetos no es de fiar. Es como un lobo con piel de oveja.

Florencia respira hondo y le acaricia el brazo.—Dime qué te pasa.

Mateo respira y sonríe, con un dejo de tristeza.—Adrián era diferente. Nunca fingió su afecto. Era un buen amigo, me daba consejos, ¿sabes?

Ella alza las cejas. Él continúa:—Me decía que si tanto me gustabas, me decidiera y te declarara mi amor.

—Isabela nunca me dijo nada —murmura Florencia.

Mateo sonríe apenas.—Le hice prometer a Adrián que no le dijera. Y él cumplió su promesa. Siempre las cumplía.

—Entiendo que no te agrade Andrés, pero Adrián ya tomó otro camino. Dejemos que Isabela también encuentre el suyo.

La lluvia comienza a caer indiferente, sin memoria ni intención, deslizándose por el día como un huésped que no mira a nadie.

Parece que no dejará de llover, nunca, reclama Florencia.
Pues a mi me gusta, dice Mateo, así podemos dormir abrazaditos.

Mientras, en el otro extremo de la ciudad, Rebeca elige manteles, servilletas, el servicio completo, incluso el sabor de la torta. Clara camina un paso detrás, respira hondo y se distrae con las flores. Rebeca habla sin pausa: no pregunta, ordena. Cuando mira hacia atrás, Clara ya no está.
—La señorita se fue hace un momento —dice una muchacha.
Rebeca parece maldecir, pero conserva el porte.

El último hilo de luz se quebró sobre el horizonte y, en ese respiro, el azul se volvió profundo. Las primeras estrellas parpadearon tímidas, como si probaran el silencio antes de conquistarlo por completo.

En casa de Andrés, la chimenea ardía, incapaz de llenar los huecos que antes llenaba una voz.
Isabela miraba el baile hipnótico del fuego, las llamas la abrazaban con la nostalgia de un ayer que alguna vez fue suyo.
Andrés se inclinó para besarla. Fue un beso leve, por instinto o por lo que sea, ella desvió el rostro.
Él se apartó con la frustración apenas contenida en los ojos.
—Otra vez el cansancio… —murmuró, con una risa seca que no llegó a ser risa.
Ella no contestó. No podía.

El abrazo seguía, tibio, pero sin refugio; como un gesto mecánico que intentaba sostener lo que nunca fue. Andrés apoyó la frente en su hombro, sin sospechar que la piel de ella temblaba por otra memoria.
—Solo quiero sentir que estás aquí conmigo, —dijo Andrés, en voz baja.
Ella tragó saliva, deseando decir algo que no sonara a mentira ni a despedida.
Escucharon pasos torpes en la escalera.
Lucas apareció, somnoliento, con su peluche en la mano. Se dejó caer en medio de los dos.
Terminaron viendo caricaturas.

Cuando por fin Lucas se durmió, Andrés lo tomó en brazos y subió con él. Isabela quedó sola en el sillón, con el vino a medio terminar y la mirada fija en la chimenea. Pensó en desviar la mente, pero volvieron los ojos de Adrián, breves, confundidos.

Se quedó dormida así, con el vaso en la mano.

Andrés regresó un rato después. La encontró en la misma posición, la cabeza ladeada, el brazo suelto. Le quitó el vaso con cuidado, lo dejó sobre la mesa y la cubrió con una manta. La besó en la frente. Sonrió con una leve decepción que no sabía bien a quién iba dirigida: a ella, a sí mismo o a alguien que no estaba allí.

Respiró hondo y subió al segundo nivel. Cada escalón lo alejaba del murmullo de la chimenea y de la luz cálida de la sala. A mitad de la escalera el aire cambió: más frío, más quieto.

Arriba, la casa parecía otra. El pasillo estaba en penumbra. Caminó hasta el final y se detuvo frente a la puerta.

Una mujer mayor salió con una bandeja entre las manos. Había olor a medicamentos y a algo dulce. Lo miró. Su rostro estaba inmóvil.
Él miró la puerta cerrada. Empujó la manilla y la entreabrió. Desde el umbral vio la cama, la silueta quieta bajo las sábanas, la cortina apenas movida por el aire. Por un momento pensó en entrar, decir su nombre, acercarse a la orilla y tomarle la mano. Imaginó sus ojos abriéndose, la primera vez que lo miraría después de tanto tiempo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.