Era un domingo tibio. Adrián salió temprano y cerró la puerta con cuidado, como si así pudiera contener la distancia que crecía entre él y Clara.
Apenas la puerta se cerró, Clara abrió los ojos. Se sentó al borde de la cama y apoyó los pies en el suelo. La casa estaba en silencio. Escuchó el rumor lejano del tráfico, una puerta de auto, una voz en la calle. Se acercó a la ventana. Afuera, el cielo prometía lluvia. Pensó que Adrián estaría en alguna parte de la ciudad, caminando sin rumbo. A veces volvía con los ojos enrojecidos; otras, con la mirada perdida en un punto cualquiera de la habitación.
Sabía que él necesitaba salir, alejarse, inventarse otro aire. Y ella, aunque no quería admitirlo, agradecía tener la casa solo para ella, para pensar qué hacer con todo eso que aún no se atrevía a reconocer.
Lo suyo había sido un espejismo: él se aferró por necesidad; ella, por miedo a volver a estar sola. Y entonces la mirada de Ricardo regresó con fuerza.
Afuera empezaron a caer las primeras gotas.
Adrián se sentó en una banca a mirar a la gente. Les inventaba historias. Vio a una pareja de ancianos tomados de la mano. Respiró hondo, sonrió.
Las nubes se cerraron y la lluvia cayó de golpe. Gotas gruesas hicieron correr a la gente: algunos reían, otros maldecían.
Adrián entró a una cafetería. Dejó el abrigo en el espaldar de la silla. Dentro, todo era normal: un enjambre de murmullos, muchas voces… El aroma cálido del café, la televisión encendida sin volumen a un costado… Fue entonces cuando la vio: la mujer que formaba parte de sus recuerdos más recientes.
Isabela estaba sentada frente al ventanal, absorta, mirando las gotas caer danzantes por el vidrio. Para Adrián, todo pareció detenerse. La mesera avanzaba lenta, la campanilla sonaba lejos, la música flotaba baja.
Ella llevaba el cabello lacio sobre los hombros, como si la lluvia hubiera acariciado su melena castaña. Él se quedó observando su perfil: el rostro, el cuello, la caída de los hombros. Ella llevó una mano a la nuca; algo adentro le pedía mirar hacia atrás.
Sus miradas se cruzaron apenas un instante, suficiente para que Adrián sintiera que algo se abría en esos ojos, algo que lo esperaba desde antes. Ella desvió la vista hacia el ventanal mientras apretaba una servilleta. La música sonaba baja. Afuera, el mundo era una sombra tras el vidrio empañado.
La mesera tomó el pedido de Adrián... Cuando alzó de nuevo la vista, el rincón estaba vacío.
Se levantó sin saber para qué y se quedó de pie, mirando el rincón. Recordó la mirada de ella: breve, pero lo bastante honda como para desordenarle el día. Esa imagen se mezcló con nombres, lugares y voces que creía borrados. De todo eso, solo ella parecía seguir a flote.
Afuera volvía a llover.
La lluvia cae indiferente, sin memoria ni intención, deslizándose por el día como un huésped que no mira a nadie.
Isabela caminaba por la acera húmeda, y cada paso desprendía un leve aroma a tierra mojada. Las hojas brillaban con restos de agua, y el aire frio le peinaba el cabello, mientras el mundo, todavía somnoliento, recuperaba su ritmo, y ella se dejaba llevar por la incertidumbre silenciosa de haber sobrevivido a otra tormenta.
Pensó en los ojos de Adrián, como si, en algún lugar, él todavía pudiera recordarla.
Empujó la puerta de la pastelería con más fuerza de la necesaria. El olor a vainilla la recibió como de costumbre, pero algo en ella no estaba en su sitio.
Florencia la observó un momento, como si quisiera leerle la cara.
—Sucedió algo, ¿verdad?
Isabela suspiró. No respondió. Se ató el delantal con gesto automático y empezó a preparar los ingredientes para un pastel. Harina, azúcar, huevos. Movimientos conocidos, seguros.
Florencia la siguió hasta la cocina. Se apoyó contra el refrigerador, bloqueando la puerta justo cuando Isabela intentó sacar la mantequilla.
—Dime qué pasó… ¿o tengo que adivinar?
Isabela se quedó quieta, con las manos sobre la mesada. Durante un segundo pensó en mentir, en decir que era solo cansancio, que había dormido mal. Pero la imagen volvió: el sonido de la campanilla, la lluvia detrás del vidrio, esos ojos sorprendidos, como si la reconocieran.
—No tengo que adivinar —dijo Florencia al fin, con una certeza tranquila—. Estás así por un hombre. Y no es Andrés.
Isabela levantó la vista de golpe.
Florencia sostuvo la mirada.
—Lo viste —dijo—. Eso es seguro.
Isabela apretó el borde de la mesada hasta que los nudillos se le pusieron blancos. No estaba lista para nombrarlo en voz alta.
Mateo llegó resoplando, sacudiéndose la chaqueta, diciendo que la chatarra de auto se había quedado en panne a mitad de la calle. Se quedó en silencio al verlas tan calladas. Carraspeó, dijo cualquier cosa:
—Me pilló la lluvia…
Florencia soltó una risotada, como para cambiar el ambiente. Puso música. La vergüenza no detuvo a Mateo, y bailaron un improvisado rock and roll. Isabela respiró hondo y rió al verlos.
Afuera se mezclaban la nostalgia, la lluvia y el ritmo de la música.