La mañana amaneció con esa luz opaca que no llega a ser realmente luz. Todo parecía suspendido. Las ventanas empañadas escondían conversaciones tibias, y el mundo afuera seguía, como si estuviera esperando a que alguien encendiera algo, aunque fuera una sonrisa.
En casa de Adrián, donde el tiempo parece haberse detenido en aquel cuarto del segundo piso.
—Buenos días, Marlene —saludó, Berta—. Ya amaneció, dijo corriendo las cortinas.
La mujer en la cama no se movió. El pelo, limpio pero apagado, se abría sobre la almohada. El rostro tenía la calma rígida de quien lleva demasiado tiempo inmóvil.
La mayor se sentó en la silla junto a la cama. Se quedó un momento en silencio, como si esperara una respuesta que sabía que no llegaría.
—Vino anoche —murmuró al fin—. Llegó tarde, pero vino.
Miró las manos de la mujer dormida. Las tomó entre las suyas. Eran livianas, tibias.
—Se quedó en la puerta, como siempre —continuó—. La abrió, miró para adentro y se quedó ahí, parado. No dijo nada. Yo tampoco.
Suspiró, sin soltarle las manos.
—Él sigue teniendo miedo —dijo—. A lo que pasó. A lo que puede pasar si despiertas. O si no despiertas nunca.
Alzó la vista hacia el techo, como si buscara paciencia ahí.
—Te traje té. Ya sé que no vas a tomar, pero igual lo hago. Una se acostumbra. A veces pienso que el olor te llega, quién sabe. Hoy huele a canela.
Se inclinó hacia ella, como si hablara a alguien que solo pudiera oír de cerca.
—Él está intentando hacer una vida —añadió, en voz baja—. Baja, enciende la chimenea, juega con el niño, se ríe con esa muchacha… Isabela. Es buena, se le nota. Te gustaría. O tal vez no. Tal vez la odiarías un poco, al principio.
Sonrió, casi a destiempo.
—No sé qué es lo correcto. No lo supe cuando te ingresaron, no lo sé ahora. Solo sigo poniendo alarmas, calentando agua, cambiando sábanas. A eso sí me acostumbro.
Le acarició el cabello con cuidado, apartando un mechón de la frente.
—Si pudieras verlo… Anoche bajó con los ojos rojos, pero no de llorar. De cansancio. Hay cansancios que son peores que llorar, ¿sabes? Se sentó al lado de la otra, la miró un rato, como si buscara algo que le falta. Y después se quedó dormido en el suelo, junto al sillón. Siempre a mitad de camino, ese muchacho. Ni aquí ni allá.
Se quedó callada unos segundos, escuchando el respirador ligero, la cadencia apenas perceptible del pecho subiendo y bajando.
—Si vas a despertar, hazlo pronto —dijo al fin, sin dureza—. Y si no… ten piedad. De él, de ti, de todos. Esto de esperarte se está volviendo una forma rara de vivir.
Le apretó las manos un poco más fuerte, como si probara que seguían ahí.
—A veces pienso que escuchas —continuó—. Sobre todo cuando hablo de él. No sé si es idea mía, pero tu cara cambia un poco. O será la luz, que engaña.
Se puso de pie para acomodar las almohadas. Con gesto automático, le humedeció los labios con una gasa. Luego alisó las sábanas a los lados del cuerpo.
—Él tiene derecho a reírse, ¿no? —preguntó en voz baja—. A encariñarse con otro perfume, otro modo de mirar. Una no puede vivir solo de pasillos de hospital y fotos enmarcadas.
Miró la mesita, donde había un retrato: la misma mujer de la cama, despierta, sonriendo, abrazada a Andrés. Pasó el dedo por el vidrio, quitando una marca invisible.
—Tampoco tú tenías pensado esto —añadió—. Nadie se casa diciendo “cuando caiga en cama y no despierte, quiero que el otro se quede congelado ahí, a mi lado, hasta volverse piedra”. No. Una quiere que la lloren un tiempo razonable y luego que sigan. Que vivan. Creo. Pero claro, nadie firma papeles pensando en los detalles.
Se volvió de nuevo hacia ella.
—Si pudieras hablar, ¿qué le dirías? —susurró—. ¿Que espere? ¿Que se vaya? ¿Que te perdone? ¿Que se perdone?
Hizo una mueca breve.
—Mira, yo ya estoy vieja. No estoy para filosofías. Solo sé que lo quiero vivo. Y a ti… también. Pero no sé si se puede todo al mismo tiempo.
Se inclinó y le acomodó el cabello detrás de la oreja, con un gesto maternal.
—Hoy no va a subir —dijo—. No después de anoche. A veces necesita varios días para reunir valor. Cuando vuelva a hacerlo, yo ya sabré por tu cara si tengo que dejarlo pasar o cerrarle la puerta. Siempre te miro primero, por si acaso.
Le soltó una mano y tomó la taza de té de la bandeja. La acercó un poco a la mujer dormida, como si se tratara de un brindis mínimo.
—Brindemos igual —murmuró—. Por algo que cambie. Lo que sea. Hacia donde sea.
Dejó la taza de nuevo en la mesa. Corrió un poco más la cortina. El día seguía gris, pero la luz era más clara.
—Voy a bajar a poner la olla —dijo, al levantarse—. Ese niño se despierta con hambre. Y él también, aunque no lo admita. Si alguna vez decides abrir los ojos, avisa de alguna forma. Un parpadeo, un gesto. Algo. No me hagas adivinar tanto.
Se detuvo en la puerta antes de salir.