Cuando el Corazón Recuerda

Capítulo 39 El Hilo que no se Rompió

Unos días después, en una cafetería donde el vapor de las tazas empañaba los ventanales y el murmullo de conversaciones ajenas parecía una lluvia suave.

Andrés e Isabela están sentados frente a frente.
El mundo alrededor huele a café recién molido. La máquina de expresso resopla cada tanto, como un gigante impaciente.
Isabela mantiene la vista clavada en un punto invisible más allá del cristal; su dedo traza círculos lentos sobre el borde de la taza. Andrés, en cambio, mira cómo el vapor sube y desaparece, como si pudiera esconderse en él.

Hasta que Isabela levanta la mirada y lo corta de raíz.

—¿Por qué?

Él parpadea, como si lo hubieran sorprendido robando algo en su propia conciencia.

—Tenía miedo —responde, acomodándose en la silla, sin atreverse a verla del todo.

—¿Ahora no?

Andrés aprieta los labios. Se pasa la mano por la nuca, gesto automático de nervios.

—Claro que tengo miedo. Tengo miedo de perderte.

Isabela deja salir una sonrisa seca, sin calor.

—Nunca me has tenido —dice. Luego baja la vista, respira hondo—. Y tú lo sabes. Lo que no sabes, o no quieres saber, es lo que quieres realmente. Es más cómodo no revisar tus propios errores. Esa mujer… No necesito saber lo que pasó. Pero sé que tu hijo la necesita. Y tú también.

Andrés baja los ojos hacia sus manos, que ahora entrelaza con torpeza.

—No es tan simple… —murmura.

Ella continúa:
—Aún la amas. Lo sé. Lo noto. Pero has dejado que tus sentimientos —como ella— queden suspendidos. Y yo no soy un parche, ni una sustituta, ni la amante de nadie.

Andrés respira hondo. El sonido de una taza chocando contra un platillo en la mesa de al lado lo sobresalta ligeramente.

—Es difícil verla así —susurra, acariciando sin querer la cucharita, moviéndola, volviéndola a girar.

Isabela gira su taza entre las manos.

—¿Y Lucas?

Él se encoge de hombros, con una sinceridad casi infantil.

—Es pequeño… no entiende mucho.

—Ojalá tú tuvieras esa misma esperanza.

La máquina de café vuelve a bufar. Andrés se frota los ojos, cansado.

—Marlene… —su voz se entrecorta, como si el nombre le rascara la garganta—. Ella… era luz. Mucha luz. A veces demasiada para mí. Hacía fácil lo difícil.
Cuando nació Lucas… —se ríe un poco, nervioso— fue la segunda vez más feliz que he sido. La primera… cuando Marlene y yo nos casamos.

Isabela espera. No lo presiona. Le deja espacio.

Andrés continúa, torpe, revolviendo su café aunque ya está frío.

—Cuando Lucas tenía cuatro… hubo un accidente. Él lloraba, estaba inquieto, Marlene dijo que tenía fiebre. Yo… yo solo miré para atrás un momento. No había nada en la carretera. Solo quería ver si él se había calmado… —traga saliva—. Solo fueron unos segundos.
Y luego… luego fue ese resplandor. Las luces. Y no vi nada por semanas.
Lucas… él salió bien. Ni un rasguño.
Pero Marlene… —su voz se rompe en un punto que ni él esperaba—. Y no supe qué decirle a Lucas. Le dije que dormía. Y él… lo creyó.

Silencio.

Isabela respira hondo. Luego le toma la mano, despacio, como quien toca algo delicado.

—La amas —dice sin dureza—. Mucho. Lo veo. Lo escucho. Has vivido bajo una sombra que no te corresponde. Hiciste lo mejor que pudiste por Lucas, y él es lo que es gracias a ti: dulce, despierto, hermoso.
Pero no deberías apartarlo de su madre. Ni tú.
Tal vez, si le hablas… si le cuentas lo que eran… quizás ella escuche.

—¿Y si no despierta nunca? —pregunta él, mirando por primera vez directo, sin escudo.

—Entonces sabrás que estuviste ahí. Y Lucas también lo sabrá.

—Nunca los he abandonado.

—Lo sé —responde ella—. Pero entre la escalera y la sala, has dejado un abismo.

Él se queda quieto. Luego pregunta, casi en un hilo:

—¿Estarás conmigo?

Isabela sonríe leve, triste, y niega con la cabeza.

—Esta es tu historia, Andrés. Tu desafío. Yo… yo sigo anclada a otro mar.

En esos días finales, el invierno parecía caminar con pasos cansados. Las mañanas seguían frías, pero a mediodía una claridad nueva se colaba por las ventanas, empujando el polvo a bailar. No pasaba nada extraordinario, y aun así todo insinuaba que algo estaba por cambiar: el hielo tardaba menos en rendirse, los pájaros probaban sus voces, y el mundo entero parecía respirar un poco más hondo, como quien se prepara para despertar.

La habitación de Marlene estaba sumergida en una penumbra tibia. La luz entraba por la ventana en líneas delgadas, como si el día dudara antes de tocarla. Las máquinas emitían un murmullo constante, casi un arrullo mecánico.

Andrés estaba sentado a su lado. Tenía la mano de Marlene entre las suyas, cálida pero quieta, sin fuerza propia. Con el pulgar trazaba un gesto suave, lento, casi reverencial.




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