El restaurante tenía luz tenue, de esas que hacen que todo parezca más honesto de lo que uno quisiera. Afuera, una lluvia primaveral caía despacio, y el cristal empañado separaba el mundo de lo que estaba a punto de decirse.
Adrián jugueteaba con la servilleta, doblándola y desdoblándola sin darse cuenta.
—Clara está distinta —murmuró—. Más callada… como si estuviera esperando algo de mí.
Ricardo sostuvo la mirada un segundo más de lo normal antes de bajar la vista.
—Porque espera —respondió—. Y esperar cansa.
Adrián sonrió apenas, una sonrisa rota.
—Nunca quise hacerle daño.
—Lo sé —dijo Ricardo—. Pero el daño no siempre es intencional.
Pidió dos cafés más al camarero, ganando tiempo.
—Ella habla mucho contigo —continuó Adrián—. Confía en ti.
Ricardo apretó la mandíbula.
—Sí. Me cuenta cosas que no se atreve a decirte.
Adrián lo miró.
Ricardo dudó. Cuando volvió a hablar, su voz era más baja.
—Como la soledad que siente cuando estás a su lado.
Adrián respiró hondo.
—Yo intento estar —susurró—. Pero siento que le miento cada vez que la abrazo.
Ricardo cerró los dedos alrededor de su taza caliente. Respiró hondo, como quien cruza una línea invisible.
—Yo la escucho —dijo—. Y me importa más de lo que debería.
No dijo más. No hizo falta.
Adrián sostuvo su mirada, entendiendo.
—Te importa ella.
Ricardo no negó.
—Me importa verla apagarse al lado de alguien que no puede darle lo que necesita.
Las palabras no eran una confesión directa, pero todo se entendía.
—Entonces soy yo el problema —dijo Adrián, con una calma que no sentía.
—No —respondió Ricardo con firmeza—. El problema es que estás intentando amar desde un lugar vacío. Y ella… ella merece plenitud.
Adrián apoyó la frente contra el dorso de su mano.
—Hay alguien más —admitió—. No sé quién es. Solo la veo a veces. Y cuando aparece… todo en mí se desordena.
Ricardo lo miró.
—Eso explica por qué Clara me mira como si buscara permiso para sentir algo distinto.
Adrián cerró los ojos.
—Entonces dilo —pidió—. Dime la verdad.
Ricardo habló despacio, sin alzar la voz.
—Si sigues con ella por miedo a estar solo, no solo la pierdes tú… la estoy perdiendo yo también.
El café llegó a la mesa. Nadie lo tocó.
La verdad ya estaba ahí.
—Entonces… —murmuró Adrián— estoy ocupando un lugar que no me pertenece.
Ricardo lo miró con una mezcla de tristeza y lealtad.
—Estás aferrándote a una ilusión porque es lo único que te resulta seguro.
Adrián asintió lentamente. Por primera vez, no huyó del dolor.
—Tal vez perder la memoria no fue lo más cruel —dijo—. Tal vez lo es seguir viviendo una mentira solo por miedo a lo que no recuerdo.
La tarde avanzó sin pedir permiso, marcando un antes y un después.
Clara estaba sentada en el borde del sofá cuando Adrián llegó. Al oír la puerta, no se giró de inmediato.
Adrián dejó las llaves sobre la mesa. El sonido fue demasiado fuerte en aquel silencio.
—Estuve con Ricardo —dijo.
Ella siguió mirando la televisión…
—¿De qué hablaron? —preguntó, tratando de sonar indiferente.
—Hablamos de muchas cosas… y de ti.
Clara se volvió despacio. Lo miró como si llevara tiempo esperando ese momento sin atreverse a imaginarlo.
Adrián respiró hondo.
Ella lo miró en silencio.
—Nunca pudiste amarme en verdad —dijo de pronto.
Adrián asintió.
—No te amo como mereces ser amada.
El golpe fue visible. Clara apretó los dedos contra la tela del sofá.
—¿Y todo este tiempo? —susurró—. ¿Qué fue entonces?
Adrián dio un paso más cerca, pero se detuvo.
—Fue refugio. Fue gratitud. Fue miedo a estar solo en una vida que no recuerdo. Y fingirlo me está rompiendo… y también sé que no es justo para ti.
Clara dejó escapar una risa breve, quebrada.
—¿Sabes qué es lo peor? —dijo—. Que siempre lo supe. Siempre sentí que no estabas conmigo.
Adrián bajó la mirada.
El silencio se llenó de todo lo que no vivieron.
—Hay alguien más, ¿verdad? —preguntó Clara, sin mirarlo.